Despedida: el desapego del adiós

Las despedidas de alguna manera implican un duelo, y por tanto se atraviesan fases similares.
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M. Girolamo y C. Saracco

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Despedida: el desapego del adiós

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Despedida: el desapego del adiós(publicada por narrativabreve.com)

Despedida: el desapego del adiós | publicada por narrativabreve.com

Por: Carina Saracco y Mauricio Girolamo

Licenciados en Psicología

En la estudiada vida del hombre, existen patrones constantes en cuanto al desarrollo de su existencia en el paso por este mundo. Así como las crisis inevitables por la que invariablemente se debe atravesar, de la misma manera y a consecuencia de las mismas, es que podemos observar que al final de una etapa se encuentra el comienzo de la otra. Basta con pensar el fin de la escuela secundaria, de la universidad, de un trabajo importante, de los 9 meses de embarazo, el final de una relación, vender una casa plagada de recuerdos, concluir la escritura de un libro, terminar con la práctica de un deporte de años, dejar el barrio de la infancia, separarse de amigos entrañables o seres queridos que han partido. Estas y otras situaciones, contemplan la, muchas veces negada, evitada o minimizada, instancia de la despedida.

Las despedidas de alguna manera implican un duelo, y por tanto se atraviesan fases similares. Hasta que se logra la aceptación, incorporando la pérdida como parte del crecimiento, que permitirá comenzar una experiencia distinta. Así es como despedirse significa primero que nada, aceptar. Y la aceptación contempla el hecho del dolor, la asunción del mismo, la conexión con él y la apertura a vivirlo como tal. Nadie quiere sufrir y por eso las despedidas suelen ser complicadas, porque en general vienen acompañadas de una cuota de angustia, añoranza o melancolía por lo que se está dejando y los recuerdos de lo vivido. Cada despedida es diferente dependiendo del grado de compromiso afectivo que se ha tenido con la experiencia que se extingue. Es necesario abrir el espacio mental y emocional de lo que se deja atrás. No para vivir en el recuerdo, sino para curar la herida que deja el final.

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Sin embargo, las despedidas no solamente conllevan la característica del dolor. Pues poseen un lado ampliamente positivo. Despedirse puede contener la necesaria grieta que inicia el proceso por el cual, algo nuevo nacerá. Así, cuando un bebé nace, el embarazo finaliza y comienza la infancia. Muchas veces saber despedirse a tiempo es muy importante para respetar y proteger el camino transitado. Si no se respeta el final del embarazo, ese medio que permitió el desarrollo del bebé, justamente podría dañarlo. Con esto queremos ejemplificar lo necesario de saber reconocer el final de cada etapa, y entender que sin ello, no sería posible el crecimiento ni el desarrollo. Y así, transgredir el límite puede provocar perjuicios en el camino transitado de manera irreversible, arruinando lo construido. Desapegarse sanamente no significa restar valor a lo alcanzado, sino poder enmarcarlo dentro de los límites de lo que fue, con su principio, desarrollo y final. De hecho, justamente el final ayuda a dar el marco necesario que lo realza en su contenido y significado.

Las despedidas no borran el camino recorrido, lo que se escribe siempre deja huellas en la historia de cada uno. Despedirse significa cambiar de estado, poner lo anterior a ser parte del pasado, dejando el espacio suficiente para escribir algo nuevo en el presente. Las despedidas implican soltar, dejar ir, sin retener. Quizás llorar lo suficiente, reír lo necesario o añorar lo justo. Pasos ineludibles para partir. Es importante entender los finales como nuevos comienzos. Un potencial para renacer que se da en todo proceso de adaptación que requiere el cambio.

Las despedidas siempre implican reencuentro, o un despedirse para reencontrarse con aquel al que alguna vez se dijo adiós, o un reencuentro con uno mismo, modificado por el hecho de haber vivido aquello que hoy toca su fin. En toda obra, relación, tarea o evento, llega un momento propicio para el adiós. Y es cuando se debe confrontar con la confianza y satisfacción de lo alcanzado hasta ese momento. A veces las despedidas son inminentes y no aceptarlas es de necios. Para no estrellar la nave, sin reconocer el freno, es vital comprender cuándo detenerse. Identificar el momento para decir basta, hasta acá se llega, este es el estadio final.

Se habla de la necesaria madurez emocional para hacer frente a las despedidas, aprendiendo a desapegarse y a su vez concibiéndolas como experiencias de aprendizaje. Reconocer vulnerabilidad también es reconocer las verdaderas fuerzas, sentir es humano, y nos capacita para ser flexibles y poder adaptarse de esta manera al cambio que conlleva toda despedida.

Quizás de eso se trata. De generar nosotros mismos la etapa siguiente a una despedida. Construir una nueva posibilidad de algo, lo que sea, que permita tomar lo nuevo y hacer experiencia de lo anterior. Pues quedarnos en el crudo recuerdo de la finalización, no hará otra cosa que quitar la costra de una herida eternamente sangrante. Quizás justamente porque a la vida hay que construirla constantemente. Hay que cargarla de vivencias, sabiendo y tolerando que jamás sea del todo llena. Pero sintiendo el orgullo y placer que genera la movilidad, buscando y promoviendo lo nuevo. Transitando siempre una etapa más en este amplio despliegue de oportunidades que nos da la vida. Éste tránsito del despedirse, tendrá su corolario en la medida que hayamos aprendido a vivir los despegos de una manera comprensible, permitida, legitimada y sin parálisis. Entendiendo el sentir dolorosamente caprichoso, pero racionalmente convencido, de que las etapas tienen su razón de ser. No forzando. No insistiendo. No negando. Una puerta difícil de cerrar, emprendiendo la salida de un lugar al que ya no se pertenece. En el sano camino de dejar atrás lo vetusto, acabado y concluido. Pagando el precio doloroso de extirpar de raíz, aquello que ya no da más brotes. Pero valorando que haya llegado a ocurrir lo que hoy concluye.