Cuando reclamar es lo más parecido a una charla de sordos

Una serie de ¿ficción? lleva al extremo el tenso ida y vuelta de un consumidor insatisfecho que quiere dar de baja un servicio y un operador que no puede -o no quiere- allanarle el camino.
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Rubén Valle

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Desde el vamos sabemos que estamos ante una ficción. Una serie que se puede ver en Netflix y que tiene el gancho extra de que es argentina. Se llama Encerrados y fue creada por Benjamín Avila.

Voy al grano. El primer capítulo, titulado "Bajas", conmueve por varias razones. Fundamentalmente porque no es imposible que alguien pueda llevar al extremo su enojo. Para evitar la tentación o la boutade del spoiler, resumo: un cliente llama para hacer un reclamo a una firma de servicios de internet y telefonía. Exige la baja inmediata del servicio y quien lo atiende -un tal Juan- le explica que no está en sus manos la solución. Para eso, le aclara, debe enviar un mail.

A partir de ahí se dispara un tenso ida y vuelta que muchos conocemos de sobra por haberlo padecido... de ambos lados. Si nos ponemos en consumidores defraudados, sentiremos que ese desgastado hombre que reclama nos representa. 

Coincidiremos con él en que todo ha sido hábilmente confeccionado para jodernos la vida y que somos los miopes más tontos de la cuadra porque no supimos ver en la letra chica que nuestro derecho al pataleo era más chico aún.

Del otro lado del mostrador, el joven telemarketer tiene que recitar un credo aprendido de memoria que establece que lo último que debe mostrar es empatía por quien reclama o se queja. De ahí a que se transforme rápidamente en un receptáculo de agresiones y cuestionamientos, habrá un solo paso. Tarea que, hay que reconocerles, en muchos casos desemboca indefectiblemente en el popular síndrome de desgaste profesional​​ o, más cortito, el "burnout".

En definitiva, una de guerra de nervios entre consumidor y empleado que esta historia de ¿ficción? lleva a un límite extremo: el de la vida. ¿Exagerado? Sin duda, pero hagamos un necesario mea culpa: quién no se sulfuró en una situación así, donde tanto uno como el otro sintieron que no estaba siendo escuchado. O peor, que lo tomaban de tonto.