Cordial encuentro con la muerte de cada día

Sobra el agobio y los buenos tragos de malas leches. Entonces, ¿qué mejor que ir con tu perro al campo, allá, donde dejaste lo mejor vos? Todo muy lindo, hasta que te encontrás cara a cara con la Segadora, la única entidad vital que no miente ni traiciona.

Ulises Naranjo

Cordial encuentro con la muerte de cada día

Cordial encuentro con la muerte de cada día

El domingo a la mañana, uno cualquiera, hacía frío y, como acostumbro, fui a correr al campo con mi perro Haiku y, en medio de la preciosa nada, me encontré un colega encantador. Allá, en el piedemonte, me lo crucé: overol azul, zapatillas negras, manos en los bolsillos, espalda apoyada contra un madero y gesto canchero en la jeta. El faso le faltaba, nada más, pero, bueno, yo, desde que tuve hijos, dejé de ser eterno y, entonces, dejé de fumar y me he puesto a resguardo, dentro de lo posible, de los encantadores excesos.

Estaba solo el vago, como perro malo, duro en su mueca, contradicho y determinado. Atiné a decirle que siempre estamos solos, que así somos. Le gustó, se sonrió y me invitó a pasar.

Charlamos un buen rato, cara a cara, bajo los lengüetazos del invierno que se va. Charlamos, pero en silencio. Roberto (decidí llamarlo Roberto) resultó bueno para escuchar y yo malo para contar, entonces, el silencio fue una fuente que brotó con la naturalidad de la brisa.

Encontrar gente con la que callar, es, por estos días, un auténtico tesoro.

De lejos, un aguilucho circunspecto nos miraba desde la cresta de un poste y, a punto de irme, Roberto se decidió a hablar.

Me dijo que nadie sale a correr, sino que todos salen a escapar. Recordé que eso me lo dijo una vez mi amiga Licky, tan psicoanalista como encantadora. Roberto me dijo también que los años y la valentía o la ceguera que otorga el tránsito hacia la fosa nos confirman las evidencias: no hay un futuro celeste que suceda a la posible penuria del presente, no hay divinidades protectoras superpoderosas, ni edenes con pastitos cortados por peluqueros ni omnipresencias ni protectorados ni ángeles rubiecitos con trompetas y mucho menos una insólita y desmesurada persistencia del ego individual: sólo persistimos -brevemente, aclaró- por la estúpida caridad de quienes nos aman y también a través de nuestras obras, si es que hemos sido capaces de concretar alguna.

Un jueves con aguacero o un domingo lento, más temprano que tarde, paramos la pata como chanchos viejos y nos dan vuelta la manijita que nos deposita un par de metros bajo tierra en el parque de descanso, rodeados por el silencio de algunos de los nuestros, esto, si es que no fuimos muy cabrones. Y al rato, a otra cosa, mariposa: los nuestros se suben al auto y ponen la música fuerte para no escuchar sus recuerdos.

No hay inmortalidad. Insistió: hay obras y solo persistimos, fugazmente, unos añitos, en la memoria de los que nos aman, esos que, mientras viven, deberán pagar una cuota mensual al cementerio, por mantener teros malhumorados, champas verde artificial, florcitas petulantes y un par de fuentes más o menos limpias con peces aburridísimos, para que, de vez en cuando, a alguien se le ocurra ir a visitar los pocos dientes y osamentas que dejamos en una caja.

Vamos, muchacho, me dijo, “seamos honestos”: no vale mentirse con esperanzas de vida después de la vida, especialmente, porque los únicos asuntos que se resuelven con valía, involucran latidos de por medio. Los eventos post-mortem son como masturbaciones a cadáveres y nadie que nos quiera o nos respete debiera ir más lejos que de la sana despedida.

Hay que dejar ir, soltar, a los que nos precedieron, porque el universo es una inmensidad oscura en movimiento y los recuerdos también. Armonizarse con el todo no es otra cosa que apagarse para ser del mismo cuero que está hecha la ausencia universal.

Las religiones han mentido sistemáticamente, pero no hay que alarmarse, porque nacieron para eso. “El paraíso está acá, compadre (me dijo “compadre”): alrededor tuyo”. Y es hermoso, si bien lo mirás y tenés los poros abiertos a otras representaciones de la belleza. La sabiduría no es más que cierto amontonamiento de prácticas del despojo.

Por eso, no es de gente seria, adulta, decorosa y corajuda andar orando a la bóveda celeste, con ojitos de perro triste, y andar cargándose medallitas milagrosas, como talismanes infantiles, que garanticen un free-pass a un improbable barrio privado de los cielos y, encima, por los siglos de los siglos, amén. Qué barbaridad, las religiones.

El olvido fue, es y será siempre la única piedra conocida, la única certeza de lo contundente. Lo demás, todo el resto, son flores y colibríes, martinetas y aguiluchos, breves como tu asmático suspiro, livianos como la sombra del agua, ineficaces como adjetivos. Escaparle a este bulto o enfrentarlo, mi amigo, será lo que te defina.

Nos veremos, concluyó y ni un abrazo nos dimos al despedirnos y ninguno volteó la cabeza, para extender el momento. “Saber decir adiós es crecer”, dice una canción de un precioso muchacho encajonado. Creo, sin dudarlo, mientras tarareo, que tengo un nuevo amigo: Roberto. 

A ver, mejor, empecemos de nuevo.

No es precisamente apropiado ni seductor, empezar la mañana de esta encabronada manera. Además, no era de Roberto que quería hablar. Cambiemos.

Retomemos, sin ofender a los píos y temerosos de dios, el tema del paraíso. Es verdad que existen los paraísos: son todo aquello que hemos perdido (la idea es de Borges, un señor que escribía).

Yo, por ejemplo, voy al campo a buscar lo que perdí: aquel niño marrón, lábil, mugriento e inmortal. Además, voy al campo, porque en el campo están los chañares. Y los chañares son la encarnación de lo imposible, los seres más sapientes y preciosos jamás concebidos.

Hay, en el campo, hermosos bosques de ellos, paraísos hasta donde llego para acariciar sus cortezas de un verde indecible y permanecer en silencio con mi choco Haiku. Por supuesto, no pienso decirles dónde están los bosques. Eso hay que ganárselo.

No obstante, el otro día no fui al campo por eso, sino porque mi amado tío Nino siente que, casi a los 90, debe partir, como partió mi padre. Han de saber que el tío y mi viejo nos llevaron al campo cada invierno, cuando lloviznaba, para que el olor del tomillo se grababa en nuestra memoria emotiva, como el tatuaje de un hierro en el lomo de las bestias.

Fui al campo para encontrarme con aquel tío y aquel padre y aquel niño que fui, subiendo cerros, esquivando espinas, con mi padre y con mi tío, paso a paso, siguiendo el rastro de una liebre imposible o, quizás, de una martineta, celeste y de vuelo corto, como un dios. 

Los chañares lo saben: fui porque el tío Nino es el ser más puro que jamás ha pisado este planeta y las espinas, los cañadones y las jarillas lo están empezando a llorar, como su puñado de sobrinos alrededor, pero tampoco quiero hablar de esto de modo muy particular. 

Vámonos así o asá, pero vámonos. 

Hay un paraíso, amigos, y debemos delatarlo: son breves bosques de chañares que, ahora, en mi vejez, comparto con mi perro, junto a perfumes de tomillos y jarillas que me devuelven a mi infancia, mientras la Segadora o Roberto, como gusten, nos mira de lejos y espera por nosotros, como un adolescente espera el micro, después de un 15, un domingo al amanecer.

Ulises Naranjo.

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