Canción encabronada contra la Navidad

Sin renos, ofertas, campanitas, sidras y estrellas de Belén. Un texto que carece por completo de espíritu navideño. Nada en él resultará reconfortante ni celebratorio de esta Nochebuena. Si aun así, querés leerlo, bienvenido seas.

REDACCIÓN MDZ ONLINE

Canción encabronada contra la Navidad

Din, don, dan; din, don dan, vamos a cantar; la alegría de este día hay que festejar. Navidad llegó y llegó la paz y sobre la tierra, hay felicidad ”.

El 48% por ciento de los niños de Argentina son pobres, según cifras de Unicef.

Metete el pan dulce, las campanitas, la sidra, los villancicos y la estrellita en el or… No, bueno, perdón, ¡perdón! De ninguna manera puede iniciar así una nota de 24 de diciembre. Empecemos de nuevo.

Din, don dan; din don dan : ojalá esta noche se nos atragante el pollo relleno; ojalá nos ahoguemos con el champán; ojalá se quemen las luces del arbolito y los animales defequen en el pesebre y el bebé ruede hasta el barro; ojalá no se cumplan ninguno de nuestros egoístas deseos y que el gordo de rojo con risa idiota choque con sus renos contra el edificio Gómez o mejor: que se le caigan todos los paquete al pasar sobre Los 5000 Lotes o el barrio Pappa, donde nunca se detiene y ojalá lo saqueen mal, al muy cínico (Papá Noel, ya sabemos, es una fantochada gringa para nenes bien como los nuestros).

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Ojalá se nos aparezca Jesucristo a las doce de la noche y nos cague a palos y, con su teléfono, nos saque fotos de los hocicos sangrantes y arrepentidos, al pie de nuestras opulentas mesas fariseas. Ojalá nos vayamos todos de una buena vez al infierno.

Din, don dan; din don dan : ojalá que Dios, si acaso existe, no nos perdone y que el Diablo se vuelva nuestro compadre. Y ojalá que, si le quedan ganas, el Pescador de Hombres, también cague a palos a tanto cura pedófilo suelto violando niñas y niños, en su nombre y ojalá ponga una bomba en el Banco Vaticano y otras en las mansiones de los curas evangélicos millonarios.

Perdón, perdón, otra vez, con sincera congoja. Comencemos de nuevo.

Todo el mundo, hasta mis amigos judíos, quieran o no, festejan esta noche el cumpleaños del tal Jesús. Supongamos por un rato, entonces, que la Navidad en verdad se trate de eso y no de una bochornosa noche con consumos y recuerdos.

Jesús, el Cristo, es uno de los personajes más extraordinarios de la historia. De cómo aquel tremendo rebelde antisistema terminó siendo idolatrado y convertido en símbolo del sistema, habla del enorme descaro, la ironía y la carencia de valores que nos constituye como raza. Jamás acertarán a aceptar las iglesias cristianas, que el tipo es justamente aquello que rechazan: un subversivo, alguien a quien jamás sentarían a su mesa, alguien que, además, los vomitaría como un adolescente en pedo.

En fin, disculpen. Esto va mal. Los cristianos no aprobarán que se los deslegitime de este modo, que se les patee el trasero como si fueran mercaderes de templos, pues ellos se consideran herederos de aquel muchacho y llevan cruces en el espejo retrovisor de sus autos y camionetas.

Vamos de nuevo, intentando mejorar.

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A algunos, sencillamente, les molestó que Jesús fuera tan hippón, tan sucio y desprolijo, y que tuviera una novia prostituta y feminista. Les molestó que no se conformara con aprender el oficio de carpintero, como algunos de sus varios hermanos y que cambiara a su numerosa familia por un desierto y un grupo de impresentables amigos, igual de hippies, igual de sucios y desprolijos.

Solamente eso, ya era suficiente para crucificarlo cuarenta veces, entre ladrones de celulares, trapitos, travestis de la Rodríguez Peña y saqueadores de supermercado.

Según parece, nunca repararon sus seguidores -incluso los atildados legos- en que el muchacho de una sola túnica realmente odiaba a los tibios y a los compradores de aires acondicionados, vacaciones en Reñaca o Miami, camionetas 4x4, zapatos taco alto, jamón crudo, cremas corporales, lencerías eróticas y promociones del Black Friday.

Jesucristo fue, aprendiz de carpintero o algo así o un vago. Sin embargo, se constituyó en el mayor dolor en la entrepierna del Imperio Romano. Si hoy viniera, si resucitara como Juan Gabriel, Víctor Sueyro o el Gato Félix, no leería diarios digitales ni los escribiría ni sería conservador ni bilingüe ni se vestiría bonito ni en su día ni iría a misa a Jesuitas ni viviría en el Dalvian ni en la Quinta ni sería supernumerario del Opus Dei y estaría sin laburo, recorriendo el cinturón urbano y sus amigos serían negros chimbas con aritos, tatuajes tumberos y gorritas al revés en las cabezas y chicas morochas teñidas de rubio y con caderas francotiradoras y con ellos, a la tardecita, tomaría unas birras en las esquinas de las barriadas más humildes y ahí, recién ahí, se dedicaría a deshilachar sus parábolas contra el orden constituido.

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Navidad: hoy es el cumpleaños de aquel muchacho tan digno. Sin embargo, la historia, escrita desde siempre por los vencedores, nos hizo construir otra imagen y semejanza de aquel vehemente profeta que odió la vulgaridad y la avaricia de los que acumulan electrodomésticos, como televisores de 55 pulgadas comprados en Chile y celulares chinos y microondas y lavavajillas y heladeritas para conservar el malbec a 14 grados.

Para neutralizar la culpa, el oficialismo cristiano -secular siempre, poderoso, negador y canónico hasta lo insostenible- lo prefirió extraordinario, medio mago, medio adivino, medio fachero, medio superhéroe, casi intangible, hijo de un dios, sanador inverosímil, multiplicador inexplicable, volvedor de la muerte y obrero, al fin, de insólitos milagros.

Nunca, jamás, en la historia humana se ha obrado ni siquiera un milagro, ni siquiera uno modesto y probado; jamás de los jamases lo maravilloso ha sido parido por esta estúpida raza a la que pertenecemos. Nuestro decurso es un manojo de obviedades mórbidas.

Bueno, igual, ya se sabe: si tenés el poder, la manera de persistir en el tiempo es consagrar lo insostenible y convertirlo en ley y nombrarte en autoridad, en dueño de la palabra. Nada mal le ha ido a las religiones y realezas con esta ominosa receta.

Descansemos un poco.

Ayer, domingo, juro por dios, fui a un cumpleaños y, en la mesa, había vacío. Bueno, también había vino y ensaladas y gaseosas, champagne y postres, ya saben, una obscenidad culinaria más. También había una pileta, una PlayStation 4 y pelotas y música festiva. Allí, en la sobremesa, sabiendo que laburo en las cárceles, una sobrina me hizo conocer a Cristo: tiene 22 años y vive, ahora, en la prisión mendocina San Felipe.

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Cristo es marrón, ciertamente lábil y le cuesta vincular unas palabras con otras. Tiene una familia destruida de dieciséis hermanos, algunos con discapacidades severas. Jamás fue a la escuela, sus hermanos fueron repartidos en hogares estatales, nunca ha estado “inserto” en el “sistema”, cometió el pecado de chorear lo ajeno y la primera vez que subió a un auto, fue a un móvil policial. Su madre, la prolífica y Santísima Virgen, vivió una vida corta, llena de dolores: toda caricia que tuvo, todo lo que en realidad tuvo, sus manos, fueron destinadas a sus muchos hijos; si ellos no son aún peores, es gracias a esas manos que murieron rápido.

Nada, ninguna expectativa, ningún presagio de sonrisa, ninguna puta vestida de verde -como llamaba Cortázar a la esperanza- le aguarda a Jesús en el futuro, con los brazos abiertos o cerrados. Nada preparado tenemos para contener a los profetas.

Es Jesús, amigos, Jesús el Cristo, el preso reciente de San Felipe, el muerto de pena y soledad. Y juro por Él que ninguna de estas palabras es exagerada o falta a la Verdad.

Pues bien, el asunto es así: si no te atrevés a reconocerte en él, en sus horribles tatuajes o en sus caries; si no te atrevés a encontrar tu prójimo en cualquier distinto de vos, pues, entonces, me cago bien cagado en la Navidad y en toda misa de Nochebuena; me cago en las estrellas de Belén, los putos renos y los tres reyes, las multiplicaciones de los panes y los peces, los buenos augurios, los villancicos y los abrazos familiares.

Avanza el día y mi familia hace un repaso de la obscena mesa que pondremos.

Estamos perdidos. Si quisiéramos, a las doce de la noche, encontrarnos con ese Fulano divino, si acaso nos interesara hacerlo, hoy o cuando sea, deberíamos ir a buscarlo entre ese 48% de niños pobres que habitan en Argentina y, si estuviésemos dispuesto a seguirlo, pero de verdad, lo primero será renunciar a las posesiones, empezando por el smartphone, la misa como anestesia, DirecTV, los psicofármacos, la cuenta en dólares, las tarjetas de crédito y los sistemas de alarmas.

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El que quiera encontrar al Cristo, diríamos entonces, que vaya a buscarlo a El Algarrobal, La Estanzuela, La Isla, Resurrección, Puente de Hierro o las cárceles o los hospitales públicos, en cuyas maternidades, esta noche, nacerán -gracias al manifiesto empeño de salvar dos vidas- decenas de Cristos marrones a los que, dentro de un tiempito, querremos que la policía les meta bala en las cabezas porque, si nos vamos de vacaciones a Playa del Carmen, Papudo o Varadero, todas las posesiones que tenemos, lo conseguimos con tanto esfuerzo, puede caer en manos de estos atorrantes, buenos para nada, que levantan el parquet para hacerse un asado.

Oremos: Dios nos libre del mal, de los temblores, de que algo malo les ocurra a quienes amamos y también líbranos de los pobres.

Din, don, dan; din, don dan, vamos a cantar; la alegría de este día . Hay una grieta, amiguis, claro que la hay: de un lado, atiborrados, estamos todos los cabrones y, del otro, como en una isla todavía no descubierta, ha de haber algún puñado de buenos de corazón, despojados y apacibles, vestidos con túnicas sucias y desprolijas, porque toda regla tiene su excepción. Bienaventurados los pobres de espíritu y de billetera, porque de ellos es el reino de los cielos.

Ulises Naranjo .

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