Caminando por Palestina

Pablo Schreiber escribe su crónica de caminatas por Palestina para MDZ.

REDACCIÓN MDZ ONLINE

Caminando por Palestina

Son las 7 am, tengo 4 minutos de agua tibia, la que no calienta y tampoco refresca.  Después fría, y soy friolento, un baño rápido que tampoco me quiero quedar con el shampoo en el pelo.  Afuera el amanecer está teñido de polvo, de tierra.  Se escuchan bocinas de los pocos autos que pasan por mi calle.  A esta hora, los niños y las niñas van caminando a la escuela y los padres ya fueron a rezar a las 5 am.  Acá no canta el gallo, reza la mezquita.

Salgo del departamento prestado y me saludan los dueños del supermercado de abajo. Aprendimos a comunicarnos con señas, mi árabe sirve sólo para decir gracias, que soy argentino y que estoy feliz.

Tengo 2 kilómetros caminando hasta el jardín de infantes donde pintamos un mural.  Una organización sin fines de lucro nos ofreció esta posibilidad para que diéramos una mano. Nos pidieron colores, alegría, una lavada de cara.

En el camino, siempre aparece alguien que habla inglés y saluda: "Bienvenidos a Hebron, a Palestina, gracias por visitar mi país".  Una y otra vez.  Nos regalan Falafel, piden selfie y, finalmente, nos preguntan de dónde somos:

"De Argentina", respondo.

"Ohh, ¡Argentina! ¡Messi!". Lo aman.  Algunos recuerdan a Maradona pero hoy el que más puertas abre es Messi.  Las calles están colmadas de su camiseta.

Acto seguido:  ¿Por qué estás en Palestina?

Tomate un segundo para pensar en Palestina.  ¿Sabes dónde queda? ¿Qué es lo primero que se te viene a la cabeza?

Tranquilo, a mi me pasaba lo mismo.

¿Por qué vine a Palestina? Vine a descubrir.  A entender y, sobretodo, a aprender.

Siguiendo el camino al jardín, nos cruzamos con el reparto diario de un camión de una de las compañías de gaseosas conocida por todos.  Los bares repletos de tazas de café y alguna que otra shisha mañanera.  Acá no hay alcohol.  Las panaderías reparten pan pitta o nuestro pan árabe (ahora entiendo por qué) a todas las manos.  Ya llegando al centro compuesto por un puñado de cuadras que desembocan en Manara, la rotonda principal, empieza el gentío.  Y acá se consigue de todo, hasta dulce de leche y unos chocolates de una empresa argentina que deleitan a cualquier paladar.  Grata sorpresa.

Sí, Hebron es casi una ciudad común y corriente.  La gente es feliz, ríe, lee el diario a la mañana, salen de compras, se sientan en la oficina, chusmean, los chicos y las chicas van al colegio, aprenden inglés, hacen algún deporte.
Igual que nosotros.

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¿Y por qué digo que casi?

En el centro hay un "checkpoint".   De esos que estaban en Berlín antes de la caída del muro.  Ahí voy todas las mañanas, pasaporte en mano y entro a Israel.  Caminando.  Yo puedo porque soy argentino, los musulmanes / palestinos, a excepción de autorización especial por residencia (los casos son mínimos), lo tienen prohibido.  Cruzo a una de las pocas escuelas palestinas que quedan allí dentro.

Es una ciudad fantasma, le dicen "The Ghost City".  Sin entrar en detalles políticos y/o religiosos relevantes, que conducirían a discusiones interminables, ahí empieza la "guerra".  La que luchan todos los días, a veces en silencio y otras veces no.  Ambos lados.  Por eso es una guerra.

La ciudad está dividida en dos y todo gira en torno a la Tumba de los Patriarcas, el santuario de Abraham que es sagrado tanto para el judaísmo como para los musulmanes.  Depende de qué lado se entre, es una mezquita o una sinagoga.  En el medio, un vidrio antibalas.  Nunca vi algo igual.

Y Hebron es la síntesis de Palestina.  El pais está dividido en dos, partido al medio.  El centro es Jerusalem, o el muro de los lamentos y el monte del templo.

Las ciudades y su gente, como en Hebron,  son súper amigables, aman a los turistas y están deseosos por contar su verdad.   Los israelíes no pueden entrar, los palestinos casi que no pueden salir.  Para cruzar de una ciudad a otra se pueden dar vueltas interminables.  Las líneas rectas no existen.

Descubrí, como tantas otras veces, que el mundo es mucho más lindo cuando uno no ve la CNN.  Y lo experimenta, lo huele, lo escucha.  Y lo camina.

Entendí, qué es lo que está pasando en este lado del planeta.  El famoso Medio Oriente. "Es complicado", me dijeron.  Y sí que lo es.

Aprendí, que los argentinos somos privilegiados, que muchas veces no valoramos todo lo que tenemos, que nos olvidamos de nuestra bandera y todas las cosas que nos unen.  En los tiempos que corren, sería mucho más facil si todos tiráramos para el mismo lado.

Ya lo decía el gaucho Martín Fierro y mi madre:
"Los hermanos sean unidos,
porque esa es la ley primera.
Tengan unión verdadera,
en cualquier tiempo que sea,
porque si entre ellos se pelean,
los devoran los de ajuera"

Aún queda mucho por aprender, descubrir y entender.  Y caminar...

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