Boca-River y el partido de nuestras vidas

Boca vs River: hemos estado todas nuestras vidas esperando una final de la Copa Libertadores como esta, pero ¿qué significa? La posibilidad de dejar en evidencia la cultura de un país, con sus miserias y maravillas. 

Ulises Naranjo

Boca-River y el partido de nuestras vidas

Boca-River y el partido de nuestras vidas

Amo el fútbol: me enseñó, me divirtió, me dio amigos y también identidad. Lo juego desde que aprendí a caminar y buena parte de los mejores recuerdos de mi vida están ligados al fútbol. Fui un típico niño de barrio obrero: cuando estaba con amigos, jugábamos al fútbol en la calle o en potreros y, cuando estaba solo, en el patio de la casa de la calle Carlos Gardel, jugaba con pelotas de trapo a patear tiros libros a arcos diminutos. En verdad, toda mi vida he estado viendo arcos por la calle e imaginando de qué manera pegarle a la pelota para que se metiera en el ángulo. Después, traté de hacerlo en las canchas y, a veces, incluso, resultó. 

Crecí en un barrio en el que, a bordo de un naturalísimo y extendido machismo, te convertías en “alguien” si sabías jugar a la pelota. Y a mí me tocó saber jugar (no voy a ejercer modestia en esto, no tendría sentido hacerlo) y ser reconocido por este ejercicio: en mi barrio y en los barrios aledaños y después en las escuelas, fui “alguien”, porque jugaba bastante bien a la pelota. El fútbol me dio confianza en mí mismo y cultura barrial y también me hizo entrar en círculos de gentes más favorecidas que yo, a quienes conocí y con quienes compartí muchas cosas desconocidas hasta entonces para mí. 

Y eso fue así, porque una de las cosas más reveladoras que encontré en este juego es que nos iguala, en torno a una pelota. 

El fútbol, además, me ayudó a desarrollar la palabra, el discurso social y la capacidad de liderazgo, porque en las canchas se habla y mucho y se toman decisiones que afectan al grupo y uno, al fin y al cabo, termina, indefectiblemente, mostrándose tal cual es en la vida: lo mejor y lo peor, queda al desnudo, cuando jugamos a la pelota.

Por eso, si tus amigos son amigos del fútbol, es posible que esos tipos y que esas minas te duren para toda la vida.

De hecho, ahora que lo pienso bien, creo que jugar al fútbol es lo que mejor me ha resultado a lo largo de mis días. Ahora que paro la pelota para escribir mirando atrás, reconozco que, prácticamente, la única gran decisión que debí tomar en mi vida fue hace 35 años. Entonces debí escoger si me quedaba en Buenos Aires (donde había ido a probar suerte con el fútbol, mientras vivía en un mugriento conventillo de Barracas) o si volvía a Mendoza y hacía una universidad pública. Ambas faenas eran irreconciliables y, así las cosas, a los 18 años, debí elegir. 

No fue particularmente jodido hacerlo. Por aquellos tiempos, ya escribía poesía y leía a Whitman, a Quevedo, a Baudelaire, a Juarroz y Pizarnik y Lorca y Olga Orozco y escuchaba Pescado Rabioso, Manal, Charly, Vox Dei y Pedro y Pablo y, por eso, elegí el camino de las Letras y siempre he creído, honestamente, que hice lo correcto: me subí en Retiro a un tren que me dejó en la esquinas de Belgrano y Las Heras y, con mis padres, que lloraron de alegría al abrazarme, nos tomamos un micro hasta nuestra casa en Villa Marini. Volví para estudiar y para seguir jugando al fútbol, pero con mis amigos. 

Amo el fútbol, lo sigo amando. El fútbol ha sido y es una actividad constitutiva para mí y, aún hoy, ya viejo, sigo jugándolo cada semana, esta vez, para compartir esa maravilla con mi hijo Eliseo (en mi silencio, anhelo que, cuando él tenga sus crías, niñas o niños, juegue al fútbol con ellos y, tal vez, entonces, recuerde alguna pared conmigo que terminó gol y que festejamos, transpirados, con un abrazo). 

Amo el fútbol y, bueno, soy leproso y bostero; ponele. Fui un fanático, en mi adolescencia, pero ya no: ahora, detesto los fanatismos. Cuando era adolescente, como jugaba en inferiores en Andes Talleres, el carnet me posibilitaba entrar gratis a las canchas y seguía a todo sitio a Independiente Rivadavia; siempre iba solo a la cancha y era uno más en la barra brava, pero no eran tan bravas en aquellos tiempos: recuerdo que con los Caudillos del Parque ocupábamos la tribuna Este del Bautista Gargantini y por ahí, por debajo nuestro, delante de nuestras narices, pasaban las hinchadas contrarias; repaso, por ejemplo, el ver pasar a los Leones del Este ante nosotros y cómo nos intercambiábamos aplausos. 

No soy fanático, ya no. Los años, el sistema, la cobardía oculta en cada libro, las novias con dentaduras perfectas, el rigor psicológico del laburo en blanco, los préstamos bancarios, el amor que me llevó a la reproducción, la televisión a color, mi primer viaje para conocer el mar –a los 18– y tantas vigilias y castigos, me fueron domesticando y ya no volví a ser el que era. 

Año a año, me fui alejando del barrio y también del fanatismo por el fútbol profesional y, de hecho, ahora detesto muchas cosas de él: la guita como único Dios verdadero, los jugadores que fingen lesiones, los hinchas violentos e intolerantes, los punguistas, la ceguera policial, los plateístas conchetos –que son de lo peor–, los frustrados que sólo van a putear, los psicópatas que sólo van a pelear y, desde siempre, los equipos (todos los equipos) resultadistas, esos que se olvidaron de divertirse: los mezquinos, los cagones, los rústicos a cualquier precio. 

No soy fanático, a lo sumo, utilizo mis simpatías por ciertos equipos, como Boca, para comunicarme con gente de River que quiero e intercambiar bromas por whatsapp. Sin embargo, lo cierto es que, en definitiva, me tiene sin mayor cuidado que mi equipo le gane al suyo, porque no dejo ver que, en el fondo de todo esto del profesionalismo, hay afanes excesivos e impropios: el de la identificación que niega a sus opuestos, el del negocio caiga quien caiga, el de la violencia como supuesta épica de la imposición, el de los medios anestesiando multitudes con supuestas épicas. 

Amo el fútbol y mi debilidad (si acaso el lector quisiera aprovecharse de ella) es que me confieso maradoniano de la primera hora: amo aquel Maradona que brilló como exquisito jugador y amo con ternura este Maradona desencajado y excesivo, porque, en su constante extinción en vivo y en directo, no hace otra cosa que ponernos frente a frente con nuestras propias contradicciones y valores: nosotros, los impolutos sancionadores, los probos y bien pensantes, aquellos que pretendemos que un morochón de Villa Fiorito sea ejemplo y prototipo de establisment y se comporte y piense como un señorito inglés, pero, bueno, sólo las pelotas de nuestro pasado son las que no se manchan. 

He envejecido: ya promedio el segundo tiempo y finalmente no soy fanático de nada. Cuestiones que antes me conmovieron, como el rock y las estrategias de seducción, ahora me parecen ingenuidades festivas. 

Hoy, en esta tarde de sábado y también en la tarde del sábado que viene, veré el partido en casa, con mi hijo y festejaremos, si hay algo que celebrar, como cuando festejamos un gol que nosotros mismos hicimos: divirtiéndonos, sin dañar ni ofender a nadie, sin mellar valores ajenos, sin fingir ante los golpes, sin millones en negro y sin intereses políticos. Y si perdemos, pues nos dejaremos gastar por nuestros amigos, porque, a veces, de esta manera es como ellos dicen que te quieren. 

Boca vs River: hemos estado todas nuestras vidas esperando una final de la Copa Libertadores como esta, pero, ya ven, tampoco es para tanto, porque no deja de ser un juego. El verdadero partido de nuestras vidas claramente es otro: reconocer a los rivales como propios; hacer de los distintos parte de nuestra mesa y arriesgarnos a poner en duda todos y cada uno de nuestros valores, ídolos y creencias. 

Ulises Naranjo

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