Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas

La tragedia es una forma del amor con serios problemas de comunicación. Aquí, una historia de amor sobreviviendo a las agendas dolarizadas.
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Ulises Naranjo

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Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas(anbariloche.com.ar)

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas | anbariloche.com.ar

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas(Publicada en Infobae)

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas | Publicada en Infobae

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas

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Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas(Publicada en TN)

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas | Publicada en TN

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas(Anuario Diario Mendoza)

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas | Anuario Diario Mendoza

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas(Publicada en Diario Río Negro)

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas | Publicada en Diario Río Negro

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas(La Campiña del Sur.)

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas | La Campiña del Sur.

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Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas(anbariloche.com.ar)

Beto y el tremendo amor salvado de las cenizas | anbariloche.com.ar

Habida cuenta de las múltiples estrategias humanas para escaparse de uno mismo –el fútbol, las compras, Dios, la cosmética, la gastronomía, la paternidad y la maternidad, el periodismo, el amor, la muerte y las drogas– no es cosa sencilla, en plena vacación, encontrarse con un tipo que, simplemente, aprendió que lo importante de la vida, en su caso, corre por cuenta de aquello que, por herencia simbólica y mera disposición, habrá de derramar en sus hijos. Y más: que las mejores magnolias son aquellas del pantano.

Qué habrán de hacer nuestros hijos con esos breves lapsos de tiempo en que acariciarán el cuero planetario, mucho tiene que ver con nosotros. Cada frustración y cada enseñanza que les dejemos sobre la mesa serán mensajes intravenosos inyectados en sus ojos. Como mujeres y hombres de aparente bien, asumir esta sencilla evidencia puede ser el ábaco que resuma las cuentas de un mundo mejor o peor, de aquel que conocimos.

Beto y Claudia, su mujer.

Beto es chocolatero y vive todo el año en la indecible La Angostura, Neuquén, sur, Patagonia. El hombre tiene un pequeño emprendimiento familiar de chocolate artesanal y, hace un tiempo atrás, recibió una enseñanza maravillosa que comenzó con un corte eléctrico y el sonido de piedrazos en el techo.

Algo había oído el hombre de un volcán que, como escupida de dragón senil, estertor o simple estornudo, comenzó a arrojar cenizas, desde Chile. La ceniza, que es una arenilla, eso es, no otra cosa, recuerda él, comenzó con piedras en los techos y un corte de luz. Todo se nubló y el gris bajó del cielo se bajó las enaguas, que también eran grises. Los bosques y sus ríos, lagos y animales quedaron granizados.

A veces, las desgracias empiezan con goteos de desgracia y a veces el goteo en incesante, como una música lenta, y así ocurrió con la ceniza, la diarrea nutritiva al fin del Puyehue, que, como nunca, se decidió a asumir la exacta metáfora del tiempo: piedra sobre piedra, como esos relojes que dejan caer el tiempo, para hacerlo puñado de piedras o de tiempo, perdido para siempre.

Beto pensó que ya pasaría todo y así se pasó un día, piedra sobre piedra. Tuvo que cerrar su negocio y todos tuvieron que cerrar los suyos y también las ventanas y las puertas de casa. Y cuando, por designio del cielo o de lo que sea, todos tienen que cerrar sus negocios, es porque, en el fondo, algo bueno está por suceder. Son esas ocasiones de desgracia con suerte; esas que nos hacen perder dinero y ganar moraleja.

Pues bien, el asunto es que –ni bien llegado el amanecer– el chocolatero y todos por allí, en una amplísima zona del país, supieron que el asunto venía en serio.

- Ahí me encontré con que no tenía negocio y los vecinos tampoco y con el pueblo bloqueado por la ceniza. ¿Y sabés qué..? Fue uno de los mejores momentos de mi vida. La vida me estaba dando una oportunidad que no tardé en aprovechar.

Beto se refiere a esa maravilla de parar todo de pronto y mirarse las caras, propios y extraños, hijos y vecinos. La Angostura bajo ceniza, no tardó en organizarse, la gente no tardó en ponerse a trabajar, hermanada. Fue una fiesta que el mantel del Puyehue supo decorar con espectacularidad.

Recordé, entonces, aquello que vivimos el 26 de enero de 1985, cuando un terremoto eligió como epicentro, de entre todos los sitios del fucking mundo, mi barrio, Villa Marini, en Godoy Cruz. Con casi todas las casas rajadas y varias caídas, los vecinos nos vimos, de pronto, todos en la calle, en el inicio de la noche, como perros atropellados, boxeadores groggys o fantasmas con insomnio, ponele, algo así. Y empezamos a hablar; primero del temblor, después del daño y, al final, de nosotros.

Nunca voy a olvidar cuando, al irme cada día a trabajar, muy, muy temprano, gambeteaba carpas verdes sobre las calles Carlos Gardel y Luzuriaga y cada tanto, se oía un despertador perverso gritándole al oído del infortunado obrero de turno: “¡Basta de sueños, éste es el mundo, levántate y anda!”. Y el asalariado se levantaba, claro, repetía ese minúsculo milagro que sostiene el mundo y casi nadie reconoce.

Una de esas noches de verano, pusimos una gran mesa en la calle y todos los vecinos cenamos juntos, lo que cada uno tenía en su cocina. Jamás volvimos a vivir algo así: la tragedia, si la sabemos mirar, es una forma del amor con serios problemas de comunicación; sin embargo, cuando habla, tiene la hondura de un profeta cantando en fondo de un hoyo muy profundo.

- Yo agradezco por lo que pasamos y una de las primeras cosas que pasamos fue que las grandes empresas cerraron las persianas, despidieron gente y se tomaro el buque hasta que todo volvió a la normalidad. Nos protegimos entre todos. Esto es algo de lo que nunca me voy a olvidar. Por eso, defiendo a muerte los emprendimientos de la gente de acá, la que ama este lugar y no sólo lo usa para ganar plata.

Beto tiene una sonrisa en el hocico que, por momentos, no le cabe. Seguramente, siempre la tuvo, pero ahora que, tempranito cierra su negocio para ir a jugar a la play con sus críos cada puto y hermoso día de su vida, esa estupenda sonrisa sonríe más.

Miro al chocolatero tras una vitrina, mientras elige, un kilo y pico de chocolates diversos que habré de llevar de regalo a mis viejos.

Sin decírselo, agradezco a este hombre el hecho de darme a ver que no se ha de olvidar lo imprescindible: nos aguardan volcanes y cenizas y huidas de cabrones, pero también ocasiones de amar mejor a nuestros pollos, de retomar el rumbo, de reconocer al diverso como propio y de determinar con eficacia quiénes son hijos de puta por naturaleza y quiénes no.

Bueno es acotar, ya para cerrar, que no es necesaria una tragedia para abrir los ojos y el corazón. El mero aire, el solo transcurrir, la avaricia del miedo y la vana supervivencia, a veces, son como mantos de ceniza sobre nuestros maltratados corazones. Sólo hay que saber traducirlos y olvidarlos.


Ulises Naranjo.