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Los negros octógonos de la felicidad culposa

Hay cosas que nos hacen mal, que no las debemos comer; pero hay personas que, desoyendo las advertencias del universo, derrapan por el tobogán de la gula.
Octógonos negros que la mismísima ley puso al alcance de mis ojos, para que me entere de lo mal que me hace ese producto alimenticio. Foto: Gentileza Pablo Gómez.
Octógonos negros que la mismísima ley puso al alcance de mis ojos, para que me entere de lo mal que me hace ese producto alimenticio. Foto: Gentileza Pablo Gómez.

Ahí están, los puedo ver. Cinco octógonos negros, que la mismísima ley puso al alcance de mis ojos, para que me entere de lo mal que me hace ese producto alimenticio. Y por si eso no fuera suficiente, dos rectángulos más, para recordarme que no debo darle de eso a menores de edad. Muy bien que me avisen, muy bien; pero sepan que pueden quizá llegar a tener un efecto contradictorio al sano fin que han buscado originalmente, porque con esos octógonos me ayudan a identificar en las góndolas de los supermercados a las cosas más ricas.

Hay gente que anda diciendo por ahí, en algunas redes sociales que “todo lo que me gusta hace mal, o está prohibido, o nació en el siglo XXI”. Y no es que yo sea una de esas personas, no; pero a lo mejor sí me gustan algunas cosas que me hacen mal. Quizá sea un tema darwiniano, y estemos ahora pagando por culpa de nuestros antepasados que se empalagaron de cosas ricas en vez de comer coliflor y mondongo, y que por ese motivo la evolución nos ha preparado genéticamente para que nos hagan mal las cosas ricas, para que no nos abusemos. Todo por culpa de nuestros ancestros.

La evolución nos ha preparado genéticamente para que nos hagan mal las cosas ricas. Foto: Freepick.

Y por si esto fuera poco, en aquellas personas que son de tener fe, su religión (o al menos la más difundida por estos lados) les pone sus siete octógonos negros capitales, y entre ellos el de la gula, que se trata específicamente de no comer productos que vengan señalizados con ese polígono de ocho lados, tan oscuro que es casi la misma ausencia del color, casi como el demoníaco matiz de las tinieblas. 

Pero qué problema: no hay quien niegue el placer que produce el devorar a alguno de esos comestibles estigmatizados; sin importar si son líquidos o sólidos, sus excesos de grasas y de azúcares y hasta sus calorías y sus sales, no hacen más que incitarnos a su consumo, una y otra vez, repitiendo las porciones, abusando de las dosis recomendadas. Y por ahí andan gentes insaciables, deglutiendo chocolates, gaseosas o galletitas, papas fritas o chizitos, sin importar si son dulces o salados, pero eso sí, necesitando imperiosamente rasgar a esos octógonos que brillan en los plásticos envoltorios, para llegar al corazón mismo de los manjares y devorarlos, con prisa pero sin pausa, como si no hubiera un mañana.

Y por ahí andan gentes insaciables, deglutiendo chocolates, gaseosas o galletitas. Foto: Freepick.

No hay balanzas ni riesgos cardíacos que logren parar al desenfreno, ni advertencia que alcance, aunque nadie dude de la veracidad de las mismas: se suelen escuchar exclamaciones del tipo de “ma sí”, o tal vez un “y bueno”, acompañados culposamente por un encogimiento de hombros, pero utilizados todos ellos, en soledad o en conjunto, para anticipar a una boca abierta abusando de unas harinas chocolatadas o de unos líquidos burbujeantes, mientras los plastiquitos caen y las tapitas ruedan por el piso, sabiendo que no habrá descanso hasta que se llegue al fin del recipiente.

Y hace mal a la salud, sí: todo lo antes descripto hace mal a la salud. Por eso es que no se recomienda nada de lo que se declama en párrafos anteriores, no vaya a ser que alguien crea que soy capaz de andar burlando reglas y creencias, que pueda quizá desoír las recomendaciones médicas y las quejas de la familia con tal de clavarme unos maníes salados con una coca mientras miro la tele, como si no hubiera visto los octógonos y los rectángulos negros que me gritan desde sus etiquetas que me van a hacer mal, que nada bueno va a salir de todo esto, como si no fuera capaz de resistirme a mis vicios, pero no por siempre, solo por ahora, hasta que la muerte me separe.

Pablo R. Gómez.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido. 

IG: @prgmez