Presenta:

Federico, el gato que me enseñó a robar (y a hacer justicia)

Tener un gato es mucho más que adoptar un animal. Es forjar un vínculo, aprender a cuidar y compartir con alguien con quien te entendés y acompañás aún sin ser de la misma especie.
El gato Federico poco antes de que lo echen al campo
El gato Federico poco antes de que lo echen al campo

Federico era un habilidoso. Para algunos un ladrón; para mí, un artista de la motricidad fina. Viejo y gordo como estaba tenía el talento de un ninja y se había ganado el odio de la más pesada de nuestro grupo: mi mamá. Él le tenía los movimientos estudiados, un embustero que parecía perezoso pero había ganado una agilidad extraordinaria a fuerza de huir de escobazos y patadas. Fue el primer gato que tuve, cuando nací ya vivía en mi casa y siempre me trató muy bien. Me gustaba que se llame Federico y que mi mamá lo odie. Nos escondíamos juntos abajo de las mesas y las camas. Probablemente él me inició en la comisión de algunos delitos. Simples, sin alevosía. Sólo fui su cómplice. A Federico le gustaba robar. Era cleptómano. No importaba si su plato de comida siempre estaba lleno, el sabor del jamón prohibido que sacaba de la heladera después de cachetear y destruir el burlete era distinto. Pero la historia terminó mal. Fue descubierto mientras robaba milanesas sin empanar y ese día no sólo recibió una cachetada sino que fue condenado al exilio. Tal vez fue culpa mía por no haber llegado a correrlo a tiempo de la escena del crimen. Me distraje.

Tras ser advertido in fraganti lo mandaron al campo, a la casa de mi tío Rubén, un hombre encariñado con el vino que vivía de lo que carneaba y pescaba porque sí, porque lo disfrutaba. A mi tío le gustaba el gato. Hombre rural, con experiencia en supervivencia, le supo valorar el porte al felino y como buen negociador le dijo a mi madre sin titubear "este es bueno para cazar". Así fue que casi al final de su carrera como gato doméstico tuvo que ponerse a trabajar y enfrentarse a un nuevo destino: cazar ratones a campo abierto. 

Probablemente los litigios por la tenencia del gato fueron las primeras batallas enardecidas a las que me enfrenté. No hubo caso, Federico no iba a volver. Yo tenía 5 años, iba a sala verde, pero había aprendido sobre huelgas así que encabecé la primera. Dejé de comer carne para que volviera el gato. Si a él eso le había valido el desalojo, yo quería lo mismo. Un día mi tío llegó de visita, con una mala noticia. Se había prendido fuego la cucha en la que vivía y Federico quizá había huído o quizá no. Con la cucha me refiero a la casa de mi tío. Un lugar de poca estructura, calefaccionado a leña, con mucha mugre, trapo y madera. Un accidente con kerosene, algo típico en los campos. Pregunté por Federico, quise ir a buscarlo, me dijeron que seguro se había escapado, que los gatos no son boludos y que en cuanto sintió el calor probablemente huyó. 

Con Federico había aprendido que la ocasión hace al ladrón así que aproveché y pedí otro gato. Con insistencia, con capricho, con súplica. El Ñato Barbato, el verdulero, tenía, yo sabía. Mi mamá que siempre fue tracción a culpa aceptó y allá fuimos. Pidió unas papas, unas cebollas y un gatito para la nena porque el otro... Barbato no lo dudó, sonrió y se metió en su casa que quedaba al otro lado de la verdulería, separada por una cortina de plástico naranja. Volvió con un gatito, que me dijo que era hembra y, de paso, me ofreció un conejo. Lo del de las orejas largas quedó pendiente de conversación, pero me fui con el gatito y una felicidad que no podría pesarse ni embolsarse. La gata al final fue gato y se llamó José porque mi papá todos los días jugaba conmigo a saludarme con el típico "Hola, Don Pepito / Hola, Don José" y yo quería hacer lo mismo con el minino. Y lo hice. 

José, el gato que me acompañó 16 años

José era blanco y gris, como Federico, pero tenía las manchas distribuidas de otra manera. En el hocico, exactamente en el medio, tenía un lunar. Dormíamos juntos, jugábamos y también nos escapábamos cuando era necesario. Murió cuando yo tenía 20 años así que fue bastante más que un gato para mí. Fue, probablemente, la primera batalla intrafamiliar que gané en mi vida, mi primer cómplice y mi primera gran promesa de amor. José murió de viejo, cuando empezó a enfermar se escondía. Pienso que para que no lo viera. Sin embargo lo llevé a mi cama y le propuse algo: que se quedara conmigo, que se durmiera cuando quisiera pero cerca. A cambio, le dije, siempre cuidaría a los suyos, siempre tendría al menos uno en mi casa. Así fue. Hoy viven conmigo Bonifacio y Ofelia. La historia de amor con gatitos no tiene fin en mi vida. Y si algún día me invitan a algún lugar y me demoro en el camino, probablemente, esté acariciando un gato. O cumpliendo una promesa.

Bonifacio y Ofe