Matemos a la prevención (o la insoportable inevitabilidad del consumo de drogas)

Matemos a la prevención (o la insoportable inevitabilidad del consumo de drogas)

La prevención no es impacto sino proceso. Construir una verdadera cultura del cuidado requiere anticiparse al daño, no promocionarlo.

Esteban Wood

Para bajar los índices de siniestralidad y mortalidad en los pasos a nivel de una ciudad del oeste del conurbano (de la que hoy no recuerdo el nombre), un grupo de intelectuales ideó la teoría de que la mejor forma de reducir estos incidentes (o al menos evitar mayores daños) era brindando a las personas diversas herramientas y habilidades para esquivar al tren antes de ser embestidos.

Abandonar el vehículo sobre las vías, correr, saltar al costado del terraplén y agitar un trapo para lograr que la formación aminore la marcha fueron algunas de las medidas impulsadas por estos alegres teoricistas. Frente a algo socialmente normalizado, naturalizado e inevitable como lo eran estos accidentes y ante el incuestionable derecho de las personas a decidir sobre sus vidas, el plan perfecto consistió en migrar de una política de intervención a una de mera contemplación.

En esta ciudad del oeste del conurbano (de la que hoy no recuerdo el nombre), a nadie se le ocurrió que la mejor forma de abordar este fenómeno era fortaleciendo las estrategias de prevención primaria: educando desde muy temprana edad, sensibilizando a la comunidad, reprochando ciertas conductas temerarias y elevando la percepción del enorme riesgo que reviste cruzar un paso a nivel con las barreras bajas.

Con las políticas públicas de reducción de la demanda de drogas pareciera suceder algo no muy distinto por estos días. Así como aún persiste la tensión ideológica entre prohibir o permitir, entre reprochar o legalizar, entre el sanitarismo y el progresismo a medias, la nueva grieta que nos divide es prevención primaria versus reducción de daños.

Por supuesto que, desde un torcido enfoque de derechos, es mucho más sencillo cruzarnos de brazos y no intervenir. Hacernos bajar los brazos es justamente lo que buscan quienes sostienen que el uso de alcohol, marihuana y otras sustancias es un desenlace inevitable en todos nuestros jóvenes, que tarde o temprano todos experimentarán, que ya no es necesario medir el fenómeno (última encuesta nacional en estudiantes secundarios data del 2014), y que lo mejor que se puede hacer es desterrar el “no” y apuntalar las intervenciones que reduzcan los daños asociados.

La prevención no es impacto sino proceso. Construir una verdadera cultura del cuidado requiere anticiparse al daño, no promocionarlo. Porque ciertos posicionamientos institucionales, bien intencionados pero a la vez contradictorios, son usados por los mismos adolescentes para blindar el sistema de creencias que regula su comportamiento social, los códigos que comparten entre pares, los valores que validan el ser y el pertenecer a un grupo, y todo aquello que ellos dan por verdadero por más que sea falso. No interesa si el sustento de esos comportamientos surge de un mito, de una falacia o de una posverdad. Una vez que la inevitabilidad del consumo sedimenta y echa raíces, desarraigarla para devolverle el sentido a las cosas exige desandar el mismo e idéntico camino previo que se usó para su construcción.

*Esteban Wood es Magíster en políticas públicas y especialista en asuntos sobre drogas, adicciones y narcotráfico.

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