Sí, acepto, para seguir el camino

Sí, acepto, para seguir el camino

No se trata de resignarse y quedarse de brazos cruzados sino de cerrar o estar en paz con lo que no podemos cambiar, con el fin de comenzar a modificar aquello que sí podemos y queremos.

Diana Chiani

Diana Chiani

@milyunrelatos Correo: escribime@milyunrelatos.com

Son muchas las cosas que recuerdo de mis abuelas. Pero hay dos –una de cada una- que viajan conmigo casi a diario. No porque haya logrado imitarlas, pero sí porque sus modos y palabras aún me conmueven.

En especial, me muestran su sabiduría. Esa de la que no es preciso alardear porque, en parte, a veces no se tiene consciencia de la misma por ser tan “natural” como creo que era para ellas una suerte de conexión personal a la que llamo corazón pero tiene tantos nombres como cada uno guste (alma, espíritu, consciencia, intuición, energía, etc.).

Y aunque las dos eran muy diferentes, sus dos actitudes me llevan a la palabra aceptación. Una, eligió reírse de sí misma cuando el paso del tiempo vino con pérdidas de memoria: “¿Qué, ya te lo pregunté?”, decía al percibir una respuesta escueta o de fórmula. Y se reía francamente cuando escuchaba que sí, que ya lo había preguntado. Y esa risa simplemente iluminaba el lugar y me hacía olvidar sus olvidos.

A la otra siempre le admiré su capacidad para no luchar contra lo que no había caso. Y no digo que no se quejaba a veces de la política (leyó el diario hasta sus 98, prácticamente) o de cosas menores, pero jamás la vi oponerse a las contingencias de la vida. Y no es que no le doliera la muerte –con casi 100 años vaya si vivió algunas- pero no luchaba contra ella porque sabía que era lo que era, por más tristeza que le causara.

Elegí traerlas hoy porque todos conocemos a personas sabias que viven en paz o alegría sin, necesariamente, tener riquezas, altos estudios o millones de seguidores. También sabemos, tenemos cerca o hemos estado en contacto con quienes han atravesado verdaderos dramas de vida y no solo pueden sostenerse en pie sino que han logrado repararse para dejar una huella y que otros se nutran de sus aprendizajes.

Tal vez no sea solo eso. Sin embargo, creo que la palabra que rondaba a mis abuelas y a las personas que logran salir fortalecidas de las adversidades es aceptar. Lo que no implica resignar sino asumir lo que sucede, pese a que lo deseamos  diferente.

¿Cuántas veces luchamos, resistimos o negamos lo que pasa? Y puede ser desde una relación terminada al malestar por no haber cumplido con lo que queríamos, la tristeza por las pérdidas que en estos tiempos parecen a la orden del día, el enojo con alguien o con nosotros, el arrepentimiento y hasta el haber usado palabras duras para las personas erradas.

Pretender que nada de eso sucede, mirar para otro lado o esconderlo bajo la alfombra cuando realmente está pasando, no hace que desaparezca sino que –de algún modo- el malestar se hace grande hasta convertirse en mochila insoportable que, aunque a veces requiere de actos de valentía para enfrentarlo, en otras oportunidades se resuelve con una conversación, un pedido de perdón o un barajar y dar de nuevo.

No hay fórmulas ni cosas más sencillas que otras. Cada uno lidia con lo suyo con lo mejor que puede y tiene. Ni mejor ni peor y, por tanto, en el momento justo para ese aprendizaje.

No sé si podré aprender a reírme más de mí como lo hacía “Ua” o vivir a pleno en el presente, como Tita. Tampoco imagino qué haría si me tocara alguno de esos dramas para los que no hay palabras. Sin embargo, creo que un lugar por donde comenzar, empieza con la palabra “acepto”: sé que no puedo cambiar lo sucedido o lo que está pasando, pero puedo empezar a construir un significado diferente para –primero- encontrar paz y –luego- empezar a caminar hacia la salida.

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