El trágico destino de una abeja y el riesgo que, algunas veces, tiene transgredir una norma

El trágico destino de una abeja y el riesgo que, algunas veces, tiene transgredir una norma

Transgredir es parte de ser niño y adolescente. El recuerdo de una típica tarde otoñal que pudo terminar en tragedia y un héroe circunstancial que la evitó.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes / tinafunes@gmail.com

Por unos pocos segundos mi vida no terminó en el fondo de un tanque australiano, bajo miles de litros de agua; alrededor, encima y dentro mío.

Debo haber tenido no más de tres años, cuando mis padres y yo fuimos a almorzar, un domingo, a la casa de un pareja de sus más queridos amigos que tenían hijos de mi edad. Era la típica casa con muchos metros de jardín, árboles y hasta un reservorio de agua que servía para regar y para refrescarse en verano. Estaba ubicada en una zona que en aquellos años parecía la frontera con la zona rural de Mendoza y que hoy conocemos como los alrededores de Palmares.

Los domingos con esos amigos eran una postal reiterada en la joven familia que construían mis padres. Era una de esas alianzas soldada a base de confianzas, cariño y actividades comunes; un lazo de unión para intercambiar los secretos del crecimiento de pequeños en etapas similares.

Cuentan que era un día típico de la mejor estación del año para los amantes de Mendoza. Había un aire fresco que acariciaba las mejillas y, sobre un cielo turquesa limpio de nubes, estaba ese sol naranja capaz de entibiar todas las desesperanzas. El otoño estaba completamente instalado en las copas de casi todos los árboles que exhibían con orgullo esas hojas rojas, amarillas, beige, ocres, pero ya no verdes. Se percibía el infaltable olor a leña quemada que perfuma los mediodías domingueros.

El pasto de ese prado se tornaba cada vez más pajizo y recibía la característica alfombra vegetal que entregaban generosos los árboles y el viento suave. Para los niños el jardín era nuestro espacio preferido para estar; no lo cambiábamos por ningún otro. Teníamos tierra, palitas, baldecitos y agua: no necesitábamos nada más. Yo era la única mujer entre tres varones apenas mayores que siempre me recibían felices y con los que nos graduamos de maestros panaderos con especialidad en barro.

Ese almuerzo dominical de los adultos, como cualquier comida en la que los amigos se reúnen en un día en el que no hay que trabajar, se había extendido hasta bien avanzada la tarde. Concluido el postre, ya estaban con el café, el cognac y las masitas; desparramados en los mullidos sillones de un living, donde el fuego de la chimenea templaba el ambiente. Los rayos rojos de un sol que casi se estaba despidiendo por ese día se filtraban por los ventanales. Y la conversación, como cualquier otra en nuestro país desde que tengo memoria, se enredaba intentando determinar el por qué de la inestabilidad del dólar; aventuraba el triunfo de River sobre Boca en el torneo de turno, o tal vez discurría entre posibles destinos para pasar las vacaciones de invierno. 

Los niños dueños de casa habían desaparecido -probablemente huyeron a jugar al fútbol- y yo deambulaba por el parque persiguiendo insectos y recogiendo palitos. Ese recorrido errático me llevó al tanque australiano -al que teníamos absolutamente prohibido acercarnos, siempre con advertencias reiteradas de ser posible en diversos idiomas y carteles luminosos-. No sé cómo me las arreglé para sortear el cierre que siempre tienen piletas y reservorios de agua en casas habitadas por pequeños, pero es evidente que la sed de aventuras y el curioso, desconocido y extravagante mundo de los bichos, ejercían una fascinación feroz y poderosa sobre mí.

Lo cierto es que pude franquear la puerta de acceso al tanque y ahí estaba, en el borde, agachada en cuclillas, maravillada, hipnotizada; admirando cómo una abeja flotaba sobre una hoja mojada, como en un témpano de hielo en el Ártico. Eran unas de esas hojas doradas de un lado y, que por el otro, están recubiertas de un terciopelo impermeable que hace que las gotas de agua resbalen y no las mojen. El insecto libraba una lucha despiadada para conservar su vida; aleteaba intensamente, porque sabía que si no se secaba rápido podía ahogarse; intentaba salir de allí y sacudirse la humedad para zafar de su destino trágico.

Esa vocación temprana por la biología y el maravilloso ciclo vital de los bichos me llevó a transgredir la indicación más importante que me habían dado -junto con la prohibición terminante a cruzar cualquier calle sola-. Mientras tanto en el mundo adulto se lavaban platos, se charlaba y, de reojo, se recorrían los alrededores con un paneo visual que barría siempre la misma zona, el lugar del terror para cualquier padre: la pileta. En una de esas revisiones automáticas el dueño de casa, acostumbrado a ver una y otra vez que sus varones no desobedecieran las indicaciones, divisó a lo lejos lo que pensó que era una pelota en el borde del tanque. Entonces saltó con la fuerza de un huracán, decidido a entregar la merecida reprimenda a sus hijos por jugar cerca del tanque prohibido. Recorrió la distancia que separaba el ventanal del living de la pileta más rápido que si estuviese corriendo los 100 metros llanos en las Olimpíadas de Montreal, en 1972.

Apenas llegó descubrió que no era una pelota lo que circulaba por el lugar prohibido, que esta vez no eran sus hijos los que merecían una penitencia. Fue entonces cuando sentí que una grúa me alcanzaba y me levantaba del sweater y esos rulos que me acompañan desde mi más tierna infancia. Mi inclinación por la biología de los insectos se vio frustrada tempranamente y no pude descubrir si la abeja fue capaz de escapar a su destino trágico; pero el susto de ese día sirvió para que nunca más, bajo ninguna circunstancia, se me ocurriese transgredir una prohibición explícita.

Desde ese día -y para siempre- ese gran amigo de mis padres fue, en mi memoria y la de mi familia, el héroe que evitó una posible tragedia. Él me recordaba el incidente con cariño, y un poco de orgullo, cada vez que nos veíamos a lo largo de los años.

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