Una decisión necesaria con uno de los más fieles amigos del hombre

Una decisión necesaria con uno de los más fieles amigos del hombre

Los caballos son animales especiales. Un relato sobre el particular vínculo que pueden tener ese animal y los seres humanos.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes / tinafunes@gmail.com

Desde que tengo memoria los caballos y todos los objetos relacionados con ellos: monturas, riendas, frenos, pellones, peleros, sobrepuestos, estribos, espuelas, maneas, tijeras de tusar, entraron en la categoría familiar de “cosas importantes de la vida”. Es que para mi papá su existencia no sería la misma sin la relación cercana que mantiene con sus silleros -caballos de paseo-; así lo fue desde muy niño, cuando salía a montar con su padre. Los caballos forman parte de ese aspecto de su personalidad que lo define, son sus amigos y confidentes. Y nunca lo he visto más contento que cuando mira la vida desde arriba de una montura, con su mano izquierda sobre las riendas.

Desde niña los pelos de los caballos, sus características como silleros, su carácter, mansedumbre y si esas últimas herraduras son mejores que las anteriores eran tema de conversación recurrente en los almuerzos. Eran momentos en que veíamos que la felicidad se apoderaba de la cara, las manos y la voz de mi padre. Incluso sucede hoy, cuando subir a un caballo resulta un desafío más complejo desde lo físico; la charla preferida se centra en la importancia de recorrer los alambrados y observar el estado de las cosas desde el lomo de esos fieles compañeros.

Un paseo con una mano palmenando esos cuellos majestuosos o peinando sus crines; la suavidad o energía con la que nuestras piernas rodean su cuerpo, y le indican nuestro estado de ánimo y la velocidad que necesitamos, son sensaciones indescriptibles que conocí desde muy chica.

La ceremonia de “pillar” al caballo que estaba suelto y ensillarlo era una postal reiterada para los ojos de mi hermano y los míos. Aprendimos qué poner primero, cuánto había que ajustar la cincha para no terminar con la montura en el piso y cuánto esperar para volver a ajustarla sin presionar demasiado e incomodar al animal. Lo mismo con la tusa de sus crines y la cepillada obligada de su pelaje: vimos muchísimas veces cómo había que hacerlo, en qué dirección convenía pasar el cepillo, cómo se lo acariciaba a la vez con la otra mano. Nunca mi padre dejó que de ese contacto directo con su caballo se ocupara otra persona. Muy rara vez lo vi subir a un caballo que no hubiese ensillado él mismo. Controlaba metódicamente que cada cosa estuviese en su lugar, la montura firme, la cincha no demasiado apretada, el largo de los estribos en la medida justa de la extensión de pierna del jinete.

El amigo fiel

Uno de los más queridos silleros que tuvo mi papá fue un padrillo bayo gateado, de raza criolla pura. Se llamaba Don Ambrocio Tintillo, de acuerdo a la inscripción oficial en la Sociedad Rural Argentina. Fue, sin dudas, uno de los compañeros de los que más le costó despedirse cuando murió. A pesar de ser un padrillo -briosos por naturaleza- el Tintillo, como le decíamos familiarmente, tenía un carácter noble y -sin ser sumiso- fue manso y fiel a mi padre, el único que lo subía.

De su pelo, entre beige y amarillo clarito, se destacaba una línea marrón desde su cuello hacia su cola. Sus crines eran negras con un jopo que le cruzaba la frente. Tenía una mano blanca y una mancha del mismo color que surcaba su cara. Medía un metro y medio desde el piso a la cruz -el encuentro del cuello con el torzo-. Como era un caballo entero -como le dicen los criollos a los padrillos- fue el padre de casi todos los potrillos que nacieron en las inmediaciones de la finca familiar. Tuvo innumerables amoríos autorizados por el dueño y varios clandestinos, que resultaron en crías de especiales características físicas y de temple, energía y firmeza, propias de los caballos criollos.

Un domingo de otoño, unos días después de cumplir 26 años, llegué a esa propiedad de mis padres temprano a la mañana, con la idea de disfrutar de un día en la naturaleza y comer un asado. Me bajé del auto justo a la hora en que mi papá salía a revisar los alambrados y a dar una vuelta con su caballo. -Te ensillo al “Gavilán”, ¿te animás?, me soltó con desconfianza en mi respuesta, porque yo llevaba mucho más de diez años sin montar. Pero yo claro que me animaba. Siempre me gustó ese mundo masculino, incluso tal vez más que a mi hermano, pero por ser mujer me perdí muchas excursiones a caballo, pernoctes en la montaña y otras salidas en las que todos los que participaban eran varones. 

El Gavilán era uno de los caballos más nobles que tenía mi papá en aquellos años; un alazán manso pero despierto y muy inteligente, con quien nos conocíamos muy bien desde muy jóvenes.

Salimos entonces con el Tintillo y el Gavilán, al paso, con el fresco viento otoñal pegándonos en la cara, a recorrer los límites de la finquita. Bordeamos una hijuela del Arroyo del Carrizal que pasa por la propiedad, chequeamos los palos rotos y los alambres que había que reemplazar y ajustar, discutíamos sobre cuánto de gordos o de flacos estaban los caballos y comentábamos que sus crines estaban muy enredadas y llenas de abrojos: esas cosas importantes en la vida de mi padre. Atravesamos un predio al que le decimos “el Bosque”, que es un tanto incómodo para los caballos porque suele tener muchos palos sueltos y ramas que hay que esquivar o pisar con cuidado. Y cuando la vuelta terminaba, y estábamos por llegar a la casa, nos aproximamos a una acequia que el Gavilán no quiso cruzar. Frenó y se dio la vuelta lentamente, como protegiéndonos de algún peligro que yo no veía.

-Mejor bajate y cruzalo tirando de la rienda, me dijo mi papá. Yo lo medité dos segundos y más de  veinte años de conversaciones sobre caballos, ademanes que veía reiterar mecánicamente, y toda una filosofía de vida relacionada con esos compañeros pasaron por mi cabeza. Resuelta contesté: -No. Pasá vos y esperame del otro lado, no te preocupes.

Dejé que el Gavilán se volviera hacia el Bosque unos metros y suavemente con la rienda le hice dar la vuelta. Apreté mis piernas sobre su lomo, en señal de que teníamos que avanzar hacia adelante. Por segunda vez él dudó y no quería. Fue ahí que tomé una decisión necesaria para los dos: para él, porque tenía que superar ese miedo a un peligro inexistente: una acequia de cincuenta centímetros de ancho por la que apenas pasaba un hilito de agua, y a mí porque necesitaba demostrarme que todavía, a pesar del tiempo transcurrido, todavía tenía todo ese conocimiento adquirido durante mi niñez y que además mi coraje estaba intacto.

Así fue que le expliqué que íbamos a cruzar esa acequia, se lo dije con calma y decisión. Después nos alejamos al paso y varios metros más adelante dimos la vuelta. Aseguré las riendas en mi mano izquierda, me afirmé fuerte con las rodillas y los muslos y le di dos golpecitos con mis talones en su panza, para avisarle que avanzara rápido. Salió al galope corto y cuando llegamos a la acequia la saltó como si fuese la valla de una competencia hípica. Cruzamos al otro lado ilesos y felices ante la mirada atónita de mi papá, que ya se imaginaba llamando a una ambulancia.

Con su amor incondicional por los caballos mi padre me transmitió una de las enseñanzas que más atesoro: la entrega total que merecen los amigos y las pasiones.

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