La carrera: competencias y complicidades entre hermanos

La carrera: competencias y complicidades entre hermanos

Rutinas familiares, rigor de padres y rebeldía ingenua de niños. En el medio, la complicidad de los hermanos que dura para toda la vida. Competencias y hermandad.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes / tinafunes@gmail.com

Si tuviese que definir en una sola palabra la casa y el estilo de vida que compartíamos con mis padres y mi hermano durante mi infancia lo primero que aparece, resaltado con tinta fluorescente en mi mente, es orden. Cada actividad diaria estaba fuertemente organizada y estructurada por la persona más metódica que conozco: mi madre.

Había instrucciones precisas, a veces escritas en prolijas listas que se colocaban en lugares visibles, para hacer cada tarea con horarios y rutinas fijas que marcaban nuestra cotidianidad de lunes a viernes. Así, sabíamos que a las siete en punto mi padre prendería la luz principal del cuarto que compartímos con mi hermano y nos tocaría vestirnos sin perder ni un segundo. Para ello, la noche anterior, toda la ropa que debíamos usar en la mañana para ir a la escuela quedaba prolijamente doblada en dos sillas; una para él y una idéntica para mí -simetría y equilibrio se valoraban mucho.

Más temprano, exactamente a las siete de la tarde, sabíamos que nos teníamos que bañar; a las ocho teníamos que comer y después podíamos leer un rato o ver algo de tele. Cerca de las nueve, o nueve y media de la noche excepcionalmente, nuestra mamá nos contaba un cuento, o nos cantaba una canción, alisaba y acuñaba con exactitud y delicadeza las frazadas de las dos camas para que no entrase el frío, se despedía con un beso a cada uno, impregnándonos de su amor incomensurable y su perfume característico, ese que nos hacía suspirar cuando anticipábamos que se acercaba a muchos metros de distancia. Y, sin más demoras, se apagaban las luces.

No lo sabíamos entonces pero necesitábamos rebelarnos -así nos negábamos a dormir la siesta y nos escapábamos de excursión por las veredas y plazas que rodeaban nuestra casa y la de nuestros abuelos-, buscábamos la manera de introducir pequeñas rupturas en esos férreos hábitos maternos. Nacieron así diferentes formas de complicidad y confabulación fraternales.

Una desobediencia reiterada era la de las dos siestas más importantes del año: las vísperas de Navidad y Año Nuevo, cuando nos mandaban a descansar para que no estorbáramos durante las festividades nocturnas. Era una de las ocasiones donde no había fisuras entre hermanos y no hacía falta hablarlo, ni siquiera nos deteníamos un segundo a pensarlo. Nos alcanzaba cruzar una mirada para saber lo que teníamos que hacer: nos escapábamos de la cama siempre. Si se podía salíamos de aventura con nuestros primos vecinos, y si no, rogábamos que en la tele hubiese alguna película alusiva a esas fechas que nos recordara la esperanza y la bondad de la humanidad.

Otra de las ocurrencias para sacarnos del ordenado aburrimiento de las mañanas escolares fue una propuesta de mi hermano: competir para ver quién se vestía más rápido. La carrera se iniciaba apenas mi padre prendía la luz: era una lámpara grande ubicada en el medio del cielorraso, que iluminaba fuerte toda la habitación y nos obligaba a entrecerrar los ojos. No había un segundo que perder entre las sábanas. Era indispensable saltar rápido afuera, sacarse el pijama urgente y llegar a la silla donde todo lo que necesitábamos estaba dispuesto en una pila. Ganaba el primero que llegaba a desayunar.

Más adelante agregamos otras pequeñas competencias que íbamos combinando para consagrar un ganador; por ejemplo, la guerra de almohadones a la distancia que disparábamos como proyectiles desde lejos. No valía sostenerlos y descargarlos con fuerza y a repetición sobre la cabeza del rival; del mismo modo que considerábamos indigno hacer remolinete en el metegol, no se hacía. Punto. Triunfaba el que más proyectiles acertaba sobre cuerpo o cabeza del rival: en la cara valía doble.

Los sábados el desafío era despertarse primero y llegar antes a la puerta de la cocina. Por la separación entre la madera y las baldozas el canillita había deslizado el diario del día y también el Anteojito o el Billiken. El ganador se quedaba el juguete sorpresa de la revista infantil y nos turnábamos la lectura. La colección de miniaturas, soldaditos, playmobils, autitos, camiones de mi hermano desbordaba un baúl de madera que les servía de refugio y contenedor.


La única que pude ganarle a lo largo de toda nuestra vida en común fue esa carrera que corríamos a las siete de la mañana para vestirnos. Yo soy bastante mayor y estaba mejor entrenada para ponerme la ropa con sueño. Él buscaba la manera de emparejar ese desequilibrio natural y, muchas noches, sigilosamente, ponía obstáculos para ralentizar mi ritmo. Así animalitos, espaditas, revólveres, rueditas y diferentes accesorios de sus playmobils, me pinchaban los pies cuando me ponía los zapatos; otro día mis medias, la camisa, o alguna de las otras prendas que había dejado preparadas desaparecían misteriosamente.

Él se vestía más lento pero mucho mejor, era más meticuloso. Estaba siempre de punta en blanco: sus camisas impecables y sus corbatas perfectas; su suéter escote en V perfectamente alisado y suave. Su guardapolvo resplandeciente hacía palidecer de vergüenza a cualquier paloma de la paz. Mientras él quedaba prolijamente peinado a la gomina, yo luchaba a brazo partido con una vincha -de uso obligatorio en la escuela a la que iba- para acomodar mis rulos que, igual que hoy, tenían vida propia y tomaban decisiones independientes de mi voluntad.

Mi hermano menor es un atleta desde los cuatro años: primero practicó gimnasia deportiva durante algún tiempo que pueden haber sido dos o tres temporadas y, más adelante fue variando y sobresalió en cada deporte y actividad que emprendió, incluso hasta hoy. Tiene una habilidad física natural, una agilidad y plasticidad únicas, que supo desarrollar a fuerza de precisión, voluntad y constancia. Siempre admiré su destreza pero, sobre todo, su decisión y su apuesta irrenunciable por el ejercicio y una vida saludable que hoy transmite a sus hijos en uno y mil detalles de los que se ocupa con esmero.

Todavía me supera ampliamente cuando competimos: hoy lo hacemos raqueta en mano, dentro de una cancha de tenis y, a pesar de que lo supero en experiencia y astucia para jugar, me gana con comodidad, a fuerza de superioridad física y una concentración óptima. Lo hace siempre con una sonrisa amplia en sus labios generosos, mientras festeja mis aciertos y me alienta a seguir, a ganarle el próximo punto.

Cada vez que nos enfrentamos en un partido vienen a mi memoria esos juegos que inventábamos, los códigos en común. Todavía hoy compartimos esas miradas cómplices que encierran todo el entretejido de la historia familiar, esas en las que sobran las explicaciones y basta una media sonrisa y un revoleo de ojos para saber que todavía es ese niño al que a veces tengo ganas de proteger y que otras veces representa mi refugio enorme y cálido de los días negros.

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