El alma del Carrusel

El alma del Carrusel

La Fiesta de la Vendimia es parte de la cultura de Mendoza y de la vida cotidiana, las tradiciones y los recuerdos de cada familia. Un fresco sobre cómo se vivía y se vive uno de los acontecimientos más populares: el carrusel.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes/ tinafunes@gmail.com

Mi Tribu tenía entre sus integrantes un tío que aseguraba la diversión en encuentros familiares y cumpleaños infantiles. Llegaba siempre risueño, con sus bigotes largos y una campera de gamuza con flecos en sus mangas que le encantaba. Tenía la alegría marcada en la cara, una sonrisa y un cuerpo siempre dispuestos al baile y a la farra: los niños lo venerábamos.

Con su mujer eran los más jóvenes entre los adultos, y por esos días de recién casado sin hijos, dedicaba su tiempo a la entretención de sus sobrinos. Las canciones, trucos de magia, chistes, cuentos y bromas eran algunos de los recursos que ponía en juego para distraernos. Relataba historias que inventaba y denominaba “los peligros de la vida”, que nos mantenían hipnotizados por horas y que incluían diferentes voces -que hacía él por supuesto-, efectos sonoros, canciones, gestualidad y risas, muchas risas. Todo valía para divertirnos y en los almuerzos o cenas familiares siempre lo queríamos en la mesa de los chicos -sospecho que también él prefería estar entre nosotros-.

Podía reemplazar y superar a cualquier animador, payaso o mago en el festejo del cumpleaños de turno y las fiestas parecían no empezar hasta que él no llegaba. Era -y sigue siendo- un médico, cirujano muy ocupado, pero lograba organizarse para estar en las fechas clave, y su aparición garantizaba la diversión. Se dedicaba especialmente a hacer sentir bien a cada invitado, incluso a los que no lo conocían, aunque quien más se reía sin dudas era él.

Llega el día

Un día importantísimo que marca el calendario mendocino -y que nunca nos queríamos perder de chicos- es el del Carrusel de la Vendimia: ese desfile de carros alegóricos relacionados con la Fiesta Nacional, que desde 1939 circula por las calles de la Ciudad, y que constituye uno de los festejos más convocantes y populares de esa tradicional celebración a la industria del vino. Históricamente se realiza el día de la elección de la Reina Nacional de la Vendimia desde la media mañana, y se prolonga hasta la hora de almuerzo.

Los carros trasladan a las reinas de los diferentes departamentos de Mendoza con su correspondiente corte. Cada uno de los diseños de los transportes, vestimentas y ornamentación está relacionado con la vitivinicultura y representan los paisajes y costumbres más destacadas de esos parajes productivos y más rurales. También están los regalos que las reinas y sus princesas entregan a las personas que las admiran y felicitan durante todo el recorrido y que forman parte indisociable del desfile.

Por supuesto para los niños de la Tribu lo único que importaba era reunir la mayor cantidad posible de esos regalos (manzanas, uva, melones, botellas y cualquier otra cosa -no importaba mucho qué-) y acumular ese botín que luego distribuíamos en el almuerzo de ese día. Eran productos naturales, o tal vez objetos representativos de la zona a la que pertenecían las reinas; nada que no tuviésemos al alcance de la mano cotidianamente, pero éstos tenían además una característica única que los hacía especialmente codiciables: había que conseguirlos y lograrlo era una aventura. Para completar esa misión teníamos al aliado perfecto y unas condiciones ideales.

Para empezar el Carrusel pasaba por la puerta de la casa de nuestros abuelos. Desde mucho antes de que comenzara, temprano a la mañana, nos apoderábamos de esa porción de la vereda y parte de la calle que correspondían al garage de entrada de la casona familiar. Era una de esas veredas anchísimas que para nosotros funcionaba como una prolongación de la casa; el escenario de nuestros juegos y aburrimientos en las siestas de verano. Tenía una de esas acequias con piedras -no demasiado profundas-, que servían para regar las moreras y por las que siempre circulaba un hilo de agua que servía de motor de nuestros barquitos de papel o de palitos.

Si la gente que disfrutaba del Carrusel se concentraba en nuestra vereda y nos impedía ver bien, también teníamos habilitado el balcón, que se ubicaba en el primer piso de la casa grande. Mi abuela siempre lo seguía desde ahí y buscaba insistentemente nuestra compañía pero, si bien esa ubicación aseguraba una panorámica privilegiada de todo el desfile, quedábamos muy lejos de la acción y sobre todo, de la entrega de productos naturales; nuestro principal objetivo.

Teníamos el emplazamiento ideal y contábamos con el mejor colaborador que los chicos de la Tribu podían imaginar: nuestro tío divertido, siempre listo para una nueva ocurrencia, que hacía suyo el objetivo y llegaba puntual, antes de que empezaran los carros de las reinas, para ayudarnos con el acopio de regalos. Unos minutos antes de que apareciera la primera reina, mientras todos se entretenían con los caballos de la Federación Gaucha de Mendoza -y mi padre se fascinaba con las riendas, las monturas, los pelos y características de esos seres que lo han maravillado siempre-, nosotros buscábamos toda la información disponible que hubiese sobre sus majestades para soplarle a nuestro compinche en la búsqueda del botín.

Del suplemento impreso que teníamos a disposición en aquellos años analizábamos datos, características, hobbys y cualquier antecedente que le ayudara al tío a conseguir los productos que entregaban las reinas o sus cohortes. Así el ingenioso de la Tribu, flanqueado por varios de nosotros, se acercaba a los carros y, o bien susurraba alguna galantería a la princesa más cercana, o le gritaba a su majestad alguna chanza que la sorprendía. El resultado era siempre una lluvia de regalos que prolijamente amontonábamos en la cocina de la casa grande.

Los carruseles terminaban con un almuerzo familiar en la casa de los abuelos. Cuando la asistencia de la Tribu era perfecta sumábamos cerca de 40. En esos días uno de los platos recurrentes, favorito de mi abuela -para cocinar y comer-, eran bifes a la criolla con puré de papas, que se preparaban sobre un colchón de cebollas en sartenes, santencitas, ollas y todo lo que se pudiese poner a calentar en una variada cantidad de hornallas de la cocina y de un office, donde se agregaba un anafe -es que no había fuego que alcanzara con toda esa gente-.

Hoy nuestro tío sigue siendo un cirujano muy atareado, pero sus bromas y su sentido del humor como marca registrada, se destacan en cualquier reunión que lo cuente entre sus invitados.


 

 

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