Pierde paga y patada en la raja: un desafío vital al final del verano

Pierde paga y patada en la raja: un desafío vital al final del verano

Las vacaciones en Chile tienen imágenes inolvidables. Culturas similares, pero distintas. Juegos de verano y un desafío vital. El fin del verano en Playa Amarilla.

Martina Funes

Martina Funes

Por Martina Funes

tinafunes@gmail.com

Para mí un indicador de alegría instantánea, desde siempre, ha sido divisar -después de más o menos seis horas de viaje-, los barquitos de madera de colores que usan los pescadores de Con-Con atracados en la playa, con sus redes tejidas con retazos de diferentes cuerdas y sus sogas gastadas. Así también lo sentía en los veraneos durante mi adolescencia, que se vivían a pleno en banda. Éramos una pandilla, más o menos estable, que frecuentaba ese pueblito ubicado a ocho kilómetros de Viña del Mar cada enero desde niños.

Entre el 2 y el 31 de enero todo ese equipo era inseparable. En esos días teníamos la risa fácil y el impulso irrefrenable de estar juntos. Éramos confidentes, compinches, amigos, un poco burlones y nos parecía imposible no vernos todos los días, aunque inexplicablemente el resto del año en Mendoza llevábamos vidas casi sin contacto. Pero en Con-Con nos las ingeniábamos para vernos en las mañanas, cumpliendo con los mandados de rigor para las madres en botillerías, verdulerías, tiendas de abarrotes o pescaderías y después, más tarde, en la Playa Amarilla.

Ir de compras siempre era una fiesta. Los almacenes nos ofrecían infinidad de productos similares a los nuestros pero nos maravillaban sus olores y sabores distintos y exóticos. De la misma manera, las voces de los vendedores ambulantes que ofrecían dulces de la ligua, pan amasado, cuchuflí y otros manjares, formaban parte de esa cotidianidad con la que nos sentíamos tan cómodos. Eran gustos y sensaciones que nos deleitaban y con los que soñábamos de febrero a diciembre cada tarde, cuando tomábamos la leche en Mendoza. 

Las siestas estaban signadas por la paleta y el truco, mientras en las nochecitas, después de la comida en familia, puntualmente nos pasábamos a buscar unos a otros caminando por esas calles finitas de arena, entre los eucaliptos y los jardines de la V Región de Chile, siempre verdes y plagados de flores. Nos acompañaban la brisa marina y el aroma de los árboles. Recorríamos juntos cada una de las cabañas o departamentos para dirigirnos a nuestra obligada diversión nocturna: los eternos partidos de Taca-Taca -nuestros metegoles-.

En aquellos tiempos no salíamos sin nuestras infaltables camperas de jean con los puños arremangados y las zapatillas topper blancas o celestes; siempre entre risas y compartiendo todo tipo de golosinas y gaseosas multicolores. Ningún programa nos entretenía más que insertar una tras otra la sucesión de fichas metálicas a las que les faltaba una medialuna chiquita en la ranura correspondiente. Y esperar a que cayeran rodando las siete pelotitas amarillas o blancas.

Los Taca-Taca, esas canchas miniatura donde jugábamos al fútbol con figuritas de metal, eran mesas de madera; más elegantes y pesadas que las argentinas. No se desplazaban ante los movimientos frenéticos de los deportistas que empujaban sus manijas y saltaban como si su conmoción ayudara a los muñequitos a patear mejor. Los agarres de cada hilera de jugadores eran perillas redondas de madera, no como los mangos plásticos -similares a los puños de bicicletas- que usábamos acá.

Desde chicos conseguir monedas para comprar las fichas era una obsesión permanente, y ya desde entonces sabíamos jugar sin remolinete, sólo con la fuerza de la muñeca. Ese estilo de juego marcaba la diferencia entre una contienda de expertos o los desesperados intentos de los mero aficionados que no controlaban su golpe ni apuntaban para hacer un gol.

Eran nuestra diversión favorita, la estrella de nuestras noches y madrugadas. Aunque a veces nos obligábamos a tomar algo con alguien que nos invitaba a salir, de reojo -y con envidia- mirábamos a los que no tenían una cita y estaban a los muñecazos pateando las pelotitas de plástico. Y cada vez que escuchábamos un gol, que sonaba fuerte en la chapita de metal que estaba detrás del arco, queríamos dejar plantada a nuestra pareja para ir a ver cómo iba ese partido.

En realidad todo el esparcimiento nocturno de los adolescentes que habitábamos los veranos en Con Con se concentraban en una sola cuadra, con dos espacios enfrentados: el Chezare, un lugar donde tomar algo y bailar; y los juegos de El Chona -el nombre del dueño-, un gran predio al aire libre que reunía una interesante cantidad de flippers -mis preferidos-, algunas consolas de juegos como el Pac Man o Space Invaders -por citar dos de los más populares-, un inflable que se llamaba Caminata Lunar y muchas, muchísimas mesas de Taca-Taca.

De ese equipo de amigos de verano había uno que destacaba por su inalterable sentido del humor -era una máquina de hacer chistes sin parar- y por sus habilidades deportivas. Era un gran tenista y eso lo ayudaba a lucirse con las paletas en la arena playera. Demostraba, además, gran pericia como arquero y goleador de fútbol de mesa: hacía goles con la mano izquierda desde el arco, también con la defensa, y en la mitad de la cancha. Yo era su compañera de Taca-Taca; lo acompañaba desde las barras del medio hacia adelante de la mesa, recibía sus pases e intentaba hacer la mayor cantidad posible de tantos en el arco contrario. Entre los compinches de la banda veraniega nosotros dos éramos la pareja que más ganaba. A nuestro alrededor siempre había mucho movimiento en el resto de las mesas; muchos varones mayores que nosotros compitiendo más acaloradamente con apuestas diversas que se intensificaban a lo largo de las horas.

El desafío

Una noche, cuando ya estábamos cerca de emprender la retirada y comenzar la ronda para dejar a cada uno en su casa, se nos acercó una de estas parejas para proponernos un partido. Se los notaba muy experimentados y llevaban buena parte de la noche muñequeando en uno de los Taca-Taca cercano al nuestro. Uno de ellos le ofreció el desafío a mi amigo y le advirtió: -Pierde paga y patada en la raja; lo que suponía que si no ganábamos el costo de la ficha iba a ser lo menos grave que nos iba a suceder. Yo veía con terror sus pies grandes y pensaba que seguramente quedarían varios días marcados en nuestros posteriores de perder el partido.

Nos miramos y mi tendencia natural al susto inmediato sentenció: de ninguna manera; pero mi compañero -que nunca se achicaba fácil-, aceptó sin darme tiempo a decir nada. Comenzó el partido y yo temía que los nervios me tomaran prisionera; pero los pases llegaban precisos a mis jugadores, mis muñecas giraban sueltas y relajadas, cuando mi amigo hizo un gol de arquero y yo empecé a disfrutar. Las pelotas tintineaban sin parar sobre la chapita metálica del arco de los contrincantes y ganamos con holgura uno, dos, tres partidos.

La patada en la raja se las ahorramos, y a partir de esa noche no pagamos más una ficha de Taca-Taca: éramos la pareja a vencer y cerca de la hora de cierre el Chona, en persona, le sacaba el candado a nuestra mesa para que jugáramos libremente.

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