Así estudian hoy los chicos de los barrios populares

Así estudian hoy los chicos de los barrios populares

Dos mamás de familias numerosas explican cómo se organizan todos los días para que sus hijos sigan aprendiendo. Una realidad que no aparece en las planillas de calificaciones.

Facundo García

Facundo García

Marisa Lara es una mamá trabajadora, tiene cuarenta años y nueve hijos. Vive en el Barrio Democracia de Las Heras, cuyos terrenos estuvieron a punto de ser rematados hace unos meses, hasta que los vecinos salieron a protestar. Hoy -pandemia mediante- tiene nuevas prioridades: todas las tardes junta a sus chicos en la mesa y los ayuda a hacer las tareas. Y no se sabe bien qué nota tendrán este trimestre; pero si hay que evaluar algo, vale la pena anotarle un puntito al esfuerzo que están haciendo en esa casa, todos juntos, para no dejar de estudiar.

"Las mamás del barrio hemos hecho un grupo de Whatsapp, y tipo dos de la tarde estamos todas conectadas mientras los chicos hacen las tareas", cuenta Marisa. "Si alguna no entiende algo, se lo pregunta a las demás".

De los nueve hijos de Marisa, seis todavía son menores y viven con ella; y de esos, cuatro van a la escuela. Sin embargo en la casa hay solo dos celulares. Por lo tanto, el marido sale a buscar el mango sin llevarse el teléfono. Lo deja para que sus críos puedan hacer las tareas que les mandan de la escuela.

En este grupo de "estudiantes hogareños", tres son niñas de primaria y uno es secundario. "Igual los dos celulares se nos llenan enseguida. Calculá que cada uno de los chicos tiene cuatro o cinco profesores; cada uno manda su materia. ¡Se nos arma un lío...!", admite la mamá.

La voz de los barrios

Marisa cuenta que con el aislamiento muchos vecinos dependen más que nunca de las asignaciones estatales y los comedores. "Los vecinos que tienen un poquito más están colaborando mucho con los que están en la lona", agrega.

En tanto, hay nenes que salen a jugar en la calle a pesar de la normativa sanitaria. "Eso sí, cuando pasa un patrullero -muy de vez en cuando- salen todos corriendo a esconderse", cuenta la mujer.

Sagrado: Marisa se pone todos los días con sus hijos.

Eso no significa que los adultos no la estén remando. "Si vos te fijás -apunta Marisa- en todos los comercios de este barrio vas a ver que se respeta la distancia y la gente usa barbijo. Tomaron conciencia después de ver lo que está pasando en Buenos Aires, con la cantidad de infectados que hay en la Villa 31".

Tan cerca, tan lejos

En la llamada "Triple Frontera" mendocina, más precisamente en el asentamiento Néstor Kirchner, Yolanda (42) relata lo difícil que es "quedarse en casa" cuando hay poco espacio y la televisión capta un solo canal de aire.

No es el campo: es el límite entre Luján, Godoy Cruz y Maipú. A diez minutos del centro.

Y la descripción de Yolanda es un tapiz de detalles que se suman hasta formar el retrato potente de la educación en su zona. "Desde que empezó el aislamiento no han venido a retirar una montaña de basura y escombros que tenemos enfrente... acá se está llenando de pericotes", se queja ella.

Las clases continúan por SMS

Dice, además, que ayer mismo vio un camión desinfectante que trabajaba sobre el barrio que tiene enfrente, el Posta Norte. "Pero ni se acercaron a nosotros".

Con Yolanda viven su marido, cuatro hijos -dos menores- y dos nietitos. Las clases, en este hogar de Mendoza, continúan por SMS, ya que en la casa de Yolanda nadie tiene smartphone. El mecanismo es intrincado:

—La maestra me manda un SMS para avisarme que ya tiene listas las fotocopias y entonces yo me acerco a la escuela y las retiro. Por suerte, junto con las fotocopias nos dan un bolsón de comida, que viene muy bien en esta época.

Yolanda es empleada doméstica por hora. Al no haber podido ir a trabajar, sus empleadores no le pagan. "Salgo cada tanto a callejear, a ver qué encuentro, y en el camino me voy escondiendo de la Policía".

Así, con lo que hay, con un mínimo de recursos pero muchas ganas, las familias de los barrios periféricos de Mendoza remolcan la educación en tiempos de cuarentena. No existe calificación, en ninguna libreta, que refleje estos esfuerzos ni esa esperanza. Porque antes de evaluar a los demás con una cifra, es mejor valorar los gestos concretos -grandes o pequeños- que hacen para cambiar su realidad.

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