Canción de amor a Pedro Aznar, al amparo del virus y la cuarentena

Canción de amor a Pedro Aznar, al amparo del virus y la cuarentena

Hace diez minutos, terminó un recital del músico a través de Facebook Live, desde el living de su casa. Aquí, las impresiones que ese momento, dejó el artista en uno de sus oyentes, el periodista de Mdz Ulises Naranjo.

Ulises Naranjo

Ulises Naranjo

And in my hour of darkness/ she is standing right in front of me./ Speaking words of wisdom, let it be./ Whisper words of wisdom, let it be” Lennon y McCartney.

El coronavirus nació para constituirse en espejo de nuestra propia voracidad. Sin embargo, no es esto lo importante ahora. Dejemos de lado el virus y su mortal azote miniatura. 

Lo importante es que Pedro Aznar está cantando y llenando el espacio de belleza, ante la adversidad. 

Apostamos a que el mundo será un mejor sitio luego de la pandemia. Pagaremos el precio de esta espera que nos enseña a ser más humildes. Escuchemos y, al menos, apostemos a que cada uno de nosotros sea una mejor persona luego de sus canciones. Sería todo un detalle, diría el Nano. 

A ver: hago un recuento. Hasta recién, en mi caso, era esta una cuarentena que me confinaba a una meseta bastante ordinaria. Todo bien por compartirla con la familia, todo bien porque ha estado lloviendo en Mendoza y porque me encanta la lluvia, porque todo lo besa y nada lo niega o escatima. 

Por la mañana trabajé armando notas para el diario, demasiadas notas, demasiada data, demasiado virus informativo. Por la tarde, jugué con mis hijos a la pelota y al hula-hula en el patio todavía mojado, ordené un poco, seguí escribiendo un guión y hasta toqué –mal, claro– dos canciones en la guitarra, a bordo de mi escasísimo talento: “Vuelve Peluca” y “Me quedo aquí”. 

Mi mujer me tuvo piedad e hizo una tarta de manzana y una tortilla y una sopa; los chicos hicieron tareas escolares, tantas que parecen que los docentes se estuvieran vengando de los padres de sus alumnos o queriendo demostrar a toda costa lo que sabemos: que es dura la tarea. El virus, entre muchísimas cosas, abre espacio para sobreactuaciones. Me pasó el otro día con un par de policías que, ni bien se enteraron de que era periodista, empezaron a victimizarse, como si estuvieran custodiando el mismísimo abdomen de Chernobyl. Ciertos escenarios, sabemos, se prestan para sobreactuaciones. 

Me estoy yendo de tema, disculpen. 

Decía que, hace minutos, Pedro Aznar dio un recital y me llenó las orejas y el pecho de belleza. El tema es que el tipo me hizo sentir extremadamente ligado a toda la humanidad, como pocas veces sentí en los últimos días. 

Es más: en un momento, mientras cantaba la preciosa “Ya no hay forma de pedir perdón”, ante 60.000 seguidores, dejó un espacio en silencio para que todos cantáramos y, entonces, el mundo fue un lugar más hermoso. 

Ocurrió hace minutos y me colmó de tal manera el primor de ese instante, que comprendí que estaba viviendo algo inolvidable, algo que dentro de muchos años recordaré, cuando intente recuperar lo que han sido estos días para el planeta. 

Hoy, como quizás jamás en la historia humana, estamos escandalosamente unidos, hermosamente presos, trágicamente determinados por una breve forma de vida que se aprecia más a sí misma que al resto de las formas de vida. 

Y sí: nos parecemos al coronavirus; tal vez, nació para constituirse en espejo de nuestra propia voracidad. Temiendo al virus, aprendemos a temer de nosotros mismos. 

Este riguroso condicionamiento  al que se ha visto sometido el ser humano deja espacios para el surgimiento de formas alternativas de belleza, como este recital de Pedro en el living de su casa, mientras decenas de miles lo disfrutamos desde nuestros hogares; algunos, acongojados, quizás con alguna pérdida; algunos desesperanzados y otros, acunando la flamante esperanza de que luego de que todo esto pase, quién sabe, quizás el mundo sea un sitio mejor. 

En nuestras burbujas tibias, estamos conmovidos, lábiles, escuchando bonitas páginas que tienden a señalarnos que esta estúpida raza aún no es un caso perdido. 

Hasta recién, era una cuarentena ordinaria, ahora, este aislamiento es un ámbito de recogimiento y reflexión. 

Y escribo estas palabras veloces, al amparo de Pedro, que, para mí, cantaba “A milímetros de Dios/ A milímetros del odio/ A milímetros de vos/ A milímetros del rojo/ A milímetros del sol/ A milímetros del polvo./ Cortar, cortar, cortar lo que no da./ Soltar tu globo de felicidad”. 

En algún momento, el músico dijo “la música cura” y vaya si cura. Además, enseña a perdonarse, a escuchar y reiventarse, a construir silencio, a asumir una actitud ante la vida. 

-    Podemos salir mejores de esto, dice él. 

Después de sus canciones, claro que sí, salimos mejores de lo que entramos a su mundo. Gracias por ello y por hacernos más hermosas estas horas de espera, de intimidad y de ilusión de cura. 

Ulises Naranjo
 

¿Querés recibir notificaciones de alertas?