Grandes venganzas de la historia

Grandes venganzas de la historia

Este libro del historiador español Gonzalo Ugidos recrea las mejores venganzas de la historia, a veces tan increíbles que la ficción supera la realidad. La justicia salvaje impartida por Ulises o Aníbal tiene ecos contemporáneos en el libro contra el presidente François Hollande.

Redacción MDZ

Redacción MDZ

Fragmento

Obertura

UN SABOR DULCE TE SUBIRÁ DE LAS ENTRAÑAS

Roca natural sobre la que se alza el templo de la ley.

Ambrose Bierce

 

En el principio fue la cólera.

Mires adonde mires por todos lados verás la venganza en sus manifestaciones más gore o en las más cool, porque venganza no es solo ojo por ojo, no son solo las guerras que en la historia de la humanidad estallaron por esta pasión, ni es solo Ulises de vuelta a Ítaca liquidando a mansalva a los ciento ocho pretendientes de Penélope, ni Apolo enviando la peste al ejército de Agamenón, ni el maniaco empeño de Aníbal por ajustar las cuentas a los romanos, la decapitación de los nobles aragoneses levantiscos por Ramiro II el Monje, el desmembramiento de Damiens, las vendettas del mundo patriarcal de la mafia, la carnicería de Sabra y Chatila o la caza implacable de Bin Laden. La venganza oscila entre la bajeza de un gesto rastrero o una réplica excesiva y la pequeña grandeza de un justo castigo, por eso es también venganza la majestuosa indiferencia ante la pareja que nos abandonó; el hurto doloso de la honda de nuestro compañero de colegio en las aulas olvidadas de los párvulos; la llamada de teléfono que nunca hicimos; la humillación a los vencidos; el suicidio en el Elíseo de François Grossouvre, consejero de Mitterrand, que para vengarse de su caída en desgracia tiznó las virtudes públicas de su ofensor; la entrevista de Diana de Gales en la BBC revelando sus propias infidelidades; la delación de María Victoria Álvarez, la amante despechada de Jordi Pujol Ferrusola; los emails de Urdangarin filtrados por su socio Diego Torres o el libro de la exprimera dama de Francia, Valérie Trierweiler, ajustando las cuentas al hombre poderoso que la repudió.

Este libro no es una plegaria por una tradición difunta, puesto que se ilustra con venganzas de ahora y de siempre. El pasado no tiene el monopolio del ajuste de cuentas, esa pasión condenada por la filosofía moral e injuriada por la civilización se pega a la naturaleza humana de ayer y de hoy, como la hiedra al muro. Tampoco es un elogio, puesto que dibuja tanto lo negativo como lo positivo, el egoísmo como la nobleza de una pasión repudiada, pero secretamente admirada y, desde luego, placentera; incluso mucho, de hacer caso a Juvenal, que escribió que es «un bien más agradable que la vida misma». Tal vez exageraba; pero no tanto, el placer de devolver el mal a la causa de tu daño puede ser más dulce e intenso que el amor e igualmente arriesgado. Pocos vínculos unen un ser humano a otro con tanta fuerza. Somos seres gobernados por el amor y la venganza, es así como nos ha hecho la naturaleza y no debemos avergonzarnos de ello. Así somos y así seguiremos siendo mientras crezca la hierba y corra el agua.

 

¿Para qué sirve la venganza? ¿Para qué sirve el agua que bebemos? La venganza y el agua sirven para saciar la sed.

Si es de buena educación agradecer los favores recibidos, por la misma lógica del equilibrio de los intercambios sociales, lo es vengar las ofensas. El bien es una recompensa del bien, el mal es una recompensa del mal. Si esto no es ecuanimidad, me gustaría saber lo que es. El daño es una noble respuesta al daño. A veces las lágrimas se enjugan con otras lágrimas y la venganza puede ser tan bella como un huevo al borde del mar. Pero solo es bella cuando nace de la cólera de un ofendido amable, cuando es virtud, y solo es virtud cuando es mesurada, cuando hay preciosismo en su ejecución, proporcionalidad en su tamaño y morosidad en su concepción: aunque su peso la arrastre al suelo antes de madurar, la fruta tiene que caer a su hora.

El vengador amable y ofendido respira, proyecta, ejecuta, se cobra la deuda sin intereses usureros y se marcha sin gestos triunfales. Esas son las reglas. Por el contrario, el alucinado, nihilista y rabioso suele resultar apresurado y excesivo; entonces la venganza se anula a sí misma y se convierte en represalia, que no es exactamente lo mismo, aunque estos distingos resultan más pedantes que útiles.

A pesar de las cosas que uno tiene que oír en el púlpito y en los tribunales, la venganza puede ser moralmente virtuosa cuando negocia con el buen gusto, cuando se presta a dejarse examinar y apreciar en sus aspectos escénicos, ahí vemos sus pequeñas diferencias y matices de mérito. No son iguales ni merecen la misma consideración todas las venganzas, se compara una con otra, se cotejan y valoran sus circunstancias, su guion, su puesta en escena y salta a la vista la superioridad de unas y la mezquindad sórdida de otras. «El gran estilo nace cuando lo bello obtiene la victoria sobre lo enorme», lo dijo Nietzsche y acertó, como casi siempre.

 

Visitemos tomados de la mano la gran galería de la venganza, poseídos de deliciosa admiración por la originalidad, el diseño o el arrojo de algunos de quienes bebieron en vaso largo las viejas leyes de la tribu y, tomándose la justicia por su mano, ahorraron a las arcas públicas los muchos gastos de un proceso penal siempre largo y siempre incierto.

Tal vez, mi hipócrita lector, mi semejante, mi hermano, me tomes por un provocador o un desalmado. Quienes me conocen me tienen por un tipo razonable y de buen corazón. Solo aspiro a suavizar el extremo rigor con el que los moralistas hablan del asunto: cuando se les oye se diría que la venganza tiene todos los reparos y el perdón todas las bendiciones. Un poco de ecuanimidad, por favor, señores predicadores, hay que pensar más, sobran los tipos lo bastante educados para no hablar con la boca llena, pero que no se cortan a la hora de hacerlo con la cabeza vacía. Sí, lo sé por experiencia, pensar cansa, es más fácil no hacerlo, entumecerse, no sublevarse contra la fuerza gravitatoria del tópico y repetir como un eco idiota esas bobadas ancestrales que tratan a los vengadores como si fueran ladrones de caballos y ven la venganza como algo deforme, como uno de esos seres tarados sumergidos en formol dentro de un frasco de vidrio.

 

Perdona o véngate. Olvida o véngate. Resígnate o véngate. A tu gusto. Ahora bien, no esperes el alivio del perdón ni del olvido ni de la resignación, que son virtudes de cipayos. Solo si devuelves mal por mal evitarás que el cielo se desplome sobre tu mundo y habrás salvado el equilibrio prodigioso del universo. Entonces un sabor dulce te subirá de las entrañas: ese escalofrío epiléptico de la piel proviene de tus más sabios antepasados, es tan antiguo como andar de pie, ese regusto es el de la dignidad recuperada, el de haber hecho lo justo. El diapasón de tu propia conciencia.

Aunque, en estos tiempos irreflexivos y cobardes, diciendo estas cosas uno vacía su entierro.

 

Antes de empezar un viaje de venganza, cava dos tumbas.

Confucio

 

Bebía la mirada de aquella mujer como si fuera ajenjo. François Picaud, digo, un zapatero de carácter manso que en 1807 vivía en París. Hijo de criados, trabajó desde los nueve años en casa de un carnicero, de un tabernero, de un funcionario, de un verdulero judío; llevaba cuatro años ejerciendo de remendón a domicilio, un oficio confortable y una vida serena, sobre todo desde que la mujer en la que puso los ojos acabó por decirle: «Ahora dame la mano, ya lo sabes, te quiero». Desde ese día andaba como embobado porque, no falla nunca, un hombre es feliz cuando una mujer le dice que lo quiere; bueno, no cualquier mujer, sino la que él ha elegido para que se lo diga.

Total, que todo basculaba hacia un mundo apacible, a una intimidad jubilosa. Eran días de molicie algodonosa atemperada por el temor de ser reclutado para las guerras del emperador. Aquel día François Picaud se había afeitado y, abandonando sus ropas de colores tristes, se había engalanado como un novio. ¿Qué significaba todo esto? Pronto lo sabremos. El caso es que aquella bendita beatitud, aquel vaporoso estado de gracia, se quebró con estrépito cuando, un sábado de carnaval, aquel pobre diablo, inocente y apuesto, a punto de casarse con una joven que, aunque huérfana, había quedado bien dotada y era muy hermosa, entró en la taberna de un amigo. Pensaba en que dentro de tres días tendría una mujer estupenda, una casa limpia y, con el tiempo, hijos regordetes. Sería el guardián del nido que merecía una mujer como la que iba a ser la suya, jugaría los domingos al dominó y de vez en cuando disfrutaría del intenso milagro de los campos dorados al atardecer.

Así serían las cosas. Las benditas cosas de hombre casado y enamorado.

¿No es enternecedor todo esto?

 

Lo sería, pero las cosas no fueron así.

Casi nunca suelen ser así, porque pocas veces lo que esperamos coincide con lo que nos espera, y la tranquilidad es el peor de los engaños. La quietud es el prólogo de la inquietud. Eso está claro. La muerte y la desgracia llegan de forma imprevista; por eso, si se piensa bien, la incertidumbre es algo que nos ayuda a vivir. También el autoengaño viene bien, porque lo único cierto es que ni tú ni yo tenemos ni idea de lo que nos va a pasar cuando mañana nos levantemos de la cama.

La juventud, esa dichosa edad en la que aún no se ha aprendido a mirar con desconfianza, no recela del futuro porque lo presiente como una prolongación natural del presente promisorio, como si ya estuviera escrito. El zapatero, industrioso y apuesto, no sé si lo había dicho, vivía entonces encandilado por su suerte sin sospechar que la fatalidad acechaba su vida; que lo iban a joder bien, vaya.

Con su ensoñación en la cabeza y vestido con el traje de los domingos, entró en la taberna de un amigo igual en edad y condición, aunque más rico que él y también con más dobleces, porque se aburría a menudo y sobrellevaba mal el bien de los otros. Era un tipo bastante atravesado, de esos que solo caen bien a su mamá, y con esfuerzo. Sus rasgos eran vulgares así como sus maneras, hablaba con un fuerte acento nasal, tenía casi siempre las manos en los bolsillos o un dedo en la nariz. Hombre mezquino, le complacía tanto su propio éxito como el fracaso de los demás, no disfrutaba de lo propio cuando miraba lo ajeno. Era envidioso, vaya, y esa pasión cobarde y vergonzosa es un pecado capital, pero no por su tamaño, sino porque no es raro que se convierta en fuente de otros pecados mayores: la injuria, la calumnia, la insinuación pérfida, el crimen incluso. Por envidia mató Caín a su hermano. Más le habría valido (al tabernero, digo, aunque también a Caín, claro) coserse los ojos porque el bien ajeno le amargaba la vida, era una sombra que lo oscurecía con un aire bilioso y le entristecía el espíritu.

 

El tabernero era Mathieu Loupian, de Le Vigan, cerca de Nîmes. Era viudo, tenía dos hijos y un bistró muy bien abastecido cerca de la plaza de Sainte-Opportune.

Tres parroquianos habituales estaban con él cuando llegó François Picaud. Todos eran originarios del departamento del Gard, todos amigos. Se conocían desde hacía muchos años.

 

1

LUCRECIA

Todo en la vida es alternancia y donde las dan las toman

El verdadero modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele.

Marco Aurelio

 

Leo Ancel lo conocí hace muchos años en el albergue, más bien un camping, del Bois de la Bâtie, en Ginebra, una colina en la orilla izquierda del Ródano justo antes de su confluencia con el Arve, al que tiene vistas desde empinados cantiles de cien metros. En la meseta de Saint-Georges, en la cima de la colina, en un claro del bosque, estaba el albergue en que me alojaba con un par de docenas de tipos como yo: rebeldes con toda la vida por delante y poca cosa por detrás, tipos abducidos por el fervor hormonal, Herman Hesse y las ensoñaciones libertarias, aunque condenados al desencanto, el cinismo y la frivolidad glacial. De hecho, uno a uno, todos nos hemos convertido en sombras traidoras de la carne que fuimos, carne cegada por el fulgor de las palabras, de dos palabras sobre todo: revolución y futuro.

Yo tenía dieciocho años y la cabeza llena de pájaros tapados con un sombrero de fieltro, como los que por entonces llevaba Bob Dylan. Guardo con mimo, aunque no sin pudor, una foto de aquellos días de divertida estupidez. Leo tenía unos cincuenta, las puntas de los dedos teñidas por la nicotina, el pelo recio y corto con aladares grises, una nariz prominente y una de esas caras que siempre aparentan cuarenta años, aparentaba cuarenta años cuando cumplió los treinta y los seguía aparentando ahora que había cumplido cincuenta y parecía tener el alma cruzada de latigazos. Aunque era alemán, hablaba un francés fluido porque había renunciado a su lengua materna, me dijo que esa lengua era la de los verdugos que le habían tatuado un número en el brazo, el 194.527.Aunque no había renunciado a la música, que era también otra lengua de los verdugos. Leo era melómano y aficionado al arte de corresponder, de devolver bien por bien y mal por mal. «Los hombres de verdad, los justos —me dijo con un dedo autoritario y una ceja levantada— tenemos tarea, porque los nombres de los canallas impunes componen un cielo muy estrellado, existen crímenes que nunca fueron pagados, malnacidos que duermen el sueño de niños inocentes, el aire de un horror desconocido respiramos». Lo que quería decir es que el mundo siempre fue y será una porquería.

 

Leo Ancel no se llamaba así, oculto su verdadero nombre por razones evidentes. Como seguirá apareciendo en estas páginas como cicerone o lazarillo de mis inquisiciones, he tenido que inventarle un nombre que suene a alemán y suene a judío. Leo Ancel reúne las dos condiciones. Me incomoda inventarle un nombre, la verdad, siento que estoy humillando la dignidad de su existencia al convertirla en literatura, aunque es un riesgo que no me queda otra que asumir porque llamarlo por su auténtico nombre sería una delación. Por otra parte, es bueno que le cambie el nombre, «para ofrecer la verdad profunda, hay que deformar la realidad», decía Simenon; el personaje se tiene que hacer ficción para que yo le pueda meter alguna verdad. Además, hace veinte años que Leo Ancel está muerto y enterrado.

Han pasado casi cuarenta años desde el día en que lo conocí y aún recuerdo sus gestos cálidos y admonitorios, su forma de pasarse la mano por el pelo sublevado y teatral, las vacilaciones irónicas de su voz; cerraba los ojos al buscar la palabra exacta que luego soltaba feliz, como quien libera una paloma. Recuerdo su risa sin estruendo con la boca abierta, una risa como de cortacésped, un poco asmática. Recuerdo aquella nariz contundente, como de boxeador, y recuerdo aquel episodio en el que Sherlock Holmes decía que a lo largo de la historia los hombres preeminentes han tenido narices prominentes. No tardé en deducir que era un tipo sabio porque siempre llevaba un libro en una mano y una mujer estupenda, no siempre la misma, en la otra. No siempre la misma, aunque siempre de ponerte los dientes largos con aquellos hombros desnudos, púdica ofrenda que despertaba en mí el impulso de acariciar eternamente y el deseo de abrazar lo que solo él abrazaba. Todavía hoy me pongo verde de envidia.

La casualidad cruzó nuestros pasos y la casualidad acabaría trenzando mi vida en la suya. Habrá tiempo de hablar de eso, de momento me paro aquí.

Bueno, tal vez deba añadir ahora que nuestra extraña amistad —él era un tipo cosmopolita con mucho pasado y yo un medio hippie que era la primera vez que había salido de España— empezó con un libro que me regaló simplemente porque mostré interés por su título. Siete hombres al amanecer, se titulaba. Era una novela de Alan Burgess. Empezaba así:

«Aquella noche a una altitud de dos mil pies, un enorme avión Halifax zumbaba por el cielo sobre los campos helados de Checoslovaquia. Las cuatro hélices hacen jirones las nubes dispersas, lanzándolas contra los flancos negros y húmedos del aparato y, desde el gélido fuselaje, Jan Kubiš y Josef Gabčík entrevén su tierra natal a través de la portezuela de salida, con forma de ataúd, abierta en el suelo del aparato».

Era la historia de una venganza. De una de las más grandes, se mire como se mire.

 

En 1989 el mafioso arrepentido Marino Mannoia se entregó a la policía dispuesto a cantar lo que sabía acerca de la honorable sociedad que ahora repudiaba. A los pocos días su hermano desapareció sin dejar rastro. Cuando cantó ante el juez Falcone —más de trescientos folios de delaciones—, los que fueron los suyos eliminaron a su madre, a una tía y a una de sus hermanas de una sola vez. Parecía una vendetta. Lo era. Probablemente Mannoia recibió antes algunas tarjetas postales, un féretro dibujado, la fecha de nacimiento de su mamma seguida de la de su muerte anunciada, acaso un paquetito con una bala o el caparazón de una tortuga pintada con carmín. Cosas de la Cosa Nostra, que practica la pequeña moral de anunciar sus intenciones. Fue entonces cuando le hablé a Leo Ancel de mi intención de escribir un libro sobre la venganza, simuló una cortés curiosidad que en realidad encubría un atisbo de emoción. Le fascinaba el asunto y después de algunos años de práctica se había convertido en un erudito de la teoría, en un filósofo moral sobre esa pasión atávica que algunos juzgan sombría, enfermiza y repugnante, y otros, como él mismo, un bálsamo estimulante que restaura el orden natural de las cosas. Me preguntó que por qué quería escribir de eso, recordé un libro de Héctor Libertella y le dije que, como el alcohólico que solo bebe por beber y el jugador que solo juega por jugar sin buscar ganancias, yo quería escribir ese libro solo por escribir. Entonces Leo citó a Cioran: «Escribe el libro solo si lo que vas a decir en él nunca se lo confiarías a nadie».

Me llevó a su biblioteca y empezó a expurgar libros, los rescataba de los anaqueles conforme a un criterio que solo él conocía, porque la palabra venganza solo en un par de ellos se anunciaba en el título. «Estas deben ser tus sagradas escrituras», me dijo. Salí de allí con unos treinta tomos que dejaron la biblioteca desdentada, los huecos quedaron allí como la huella de una vieja presencia.

Aquel libro no llegué a escribirlo entonces, estaba demasiado ocupado perdiendo el tiempo y lo abandoné tras seis o siete meses en los que, si bien no escribí una sola línea, investigué el tema. Como excusa para mi deserción me vino bien toparme entonces con Jesús Marchamalo, que estaba escribiendo su propio libro sobre el mismo asunto y me pidió que le diera un folio mío para incluirlo junto a otros de Javier Sádaba, Andrés Aberasturi, Joaquín Arozamena, Javier Memba y Mercedes Arancibia. Le largué un discurso medio antropológico, medio mítico y enteramente líricobailable que titulé Las primeras erinias no eran crueles. Lo que venía a decir es que cuando el vengador es comme il faut, la venganza es honorable porque restablece la perfecta simetría del universo. No he cambiado de idea, porque en realidad uno nunca cambia, salvo de agonía y de camisa.

Ahora, veintitantos años después, cuando tengo, año arriba año abajo, la misma edad que Leo cuando lo conocí, he sentido la pulsión de saldar una deuda con él: un sabio, no como yo que soy un simple fisgón. Siempre he tenido un vivo sentido de mi insignificancia y no he abierto los ojos a este mundo pensando en cambiarlo, me conformo con poder jugar como individuo, entre los miles de millones de mi especie, al juego de la supervivencia y de la reproducción dentro de un orden. He adquirido un agudo sentido de irrelevancia y he aprendido a resignarme a ello, la única cosa grave que me puede pasar es perder el instinto de conservación, nada que ver con Leo Ancel; precisamente por ello su trato me resultaba estimulante. Gracias a él gané en aplomo y conocí los efluvios ancestrales del whisky Lagavulin.

Lo cierto es que aunque yo firmo este libro, es más suyo que mío. No solo la inspiración me vino de Leo, sino la mayoría de sus enfoques y detalles y, desde luego, el embudo narrativo en el que he tratado de introducir mis historias. También la idea de empezar por la venganza de Lucrecia. «Empieza por el principio —me dijo— y luego abre el zoom poco a poco, vete insuflando vida a las páginas muertas del pasado».

Es fácil decirlo. Como si fuera posible recrear todo aquello sin caer en la cursilada pompier.

 

En aquellos lejanos siglos, cualquiera que fuese la originalidad y el genio del artista, las artes se hallaban en la infancia, el arte de la venganza resultaba, justo es observarlo, algo tosco. La ley del talión era de lo más trendy, se llevaba el ojo por el ojo y el diente por el diente, aunque había excepciones. De hecho, dos siglos antes de que los Tarquinios perdieran la corona de Roma, hubo en Grecia un vengador tan sutil como sus versos.

Corazón, corazón, si vences no te jactes y si te dañan no gimas refugiándote en casa. Alégrate con las cosas alegres y no te irrites con los fracasos.

Repara, corazón, en que todo en la vida es alternancia.

¿Quién escribió estos versos?

Cualquiera que tenga mi edad, incluso menos si ya es lúcido, sabe que dicen una gran verdad: la vida, en efecto, es alternancia, un pepino que ahora tienes en la mano y mañana en el traste. De hecho, la venganza es un episodio de la alternancia: la víctima primero fue culpable. La rueda que gira. El karma. Esos versos los escribió un grosero lúcido, Arquíloco de Paros. Era el bastardo que un noble engendró con una esclava. Salió de su isla de las Cícladas para buscarse la vida como soldado mercenario; pero no vio en la guerra una pedagogía del carácter ni una oportunidad para el heroísmo, sino una escuela de envilecimiento. Por eso arrojó el escudo en pleno fragor de la batalla. Un desertor, o sea.

 

Cuando sus hijos iban a la guerra, las madres de Esparta los arengaban diciendo: «Volved con el escudo o sobre el escudo». El escudo era el emblema del ardor guerrero y del honor. Por eso, cuando Arquíloco arrojó su escudo y desertó, muchos lo vieron como una cobardía, quizá también su propia madre; pero el escudo de Arquíloco se ha convertido en una metáfora del pacifismo en esta época hipotensa. Un terrible desencuentro amoroso, unido a su condición de bastardo y desertor, pusieron en su lira un sentimiento airado; y en su ánimo, la pasión de la venganza. Como era poeta, sobre todo buscaba el amor. Neóbula se llamó la mujer de sus sueños, que tal vez por eso no pudo ser la de su vida. Era la hija de un tal Licambes, que se la prometió como esposa. Pero ya se sabe que lo prometido es duda, y Licambes faltó a la palabra dada. En mala hora, porque Arquíloco era un genio de la palabra y se vengó con versos tan feroces que tanto el padre como sus hijas tuvieron que ahorcarse para escapar de la infamia. Eso cuenta la leyenda, pero ni hay humo sin fuego ni leyenda que no tenga algo de verdad histórica.

Otra leyenda dice que siete reyes habían gobernado Roma durante doscientos cincuenta años: los cuatro primeros, incluido Rómulo, pastores y agricultores; los tres últimos, comerciantes y artesanos. Apenas un siglo después de su fundación, el primitivo núcleo de pastores había ido creciendo hasta convertirse en una ciudad de categoría. A los cuatro primeros reyes, de origen latino y sabino, les sucedieron tres etruscos, de la poderosa familia de los Tarquinios, que, por contraste con sus rústicos predecesores, tenían una cultura más chic y mostraron a los romanos las ventajas del comercio y la industria.

El primero de ellos, Tarquinio Prisco, culto e inteligente, se ganó la voluntad de los romanos mediante dádivas y para contentar a la peña organizó los primeros juegos en el actual emplazamiento del Circo Máximo. Era un hombre frugal, pero sabía distinguir entre los fastos necesarios y la pompa inútil, es decir, la que por no tener significación colectiva es un insulto a la miseria y contraria a la verdadera majestad. Tarquinio Prisco convirtió Roma en una auténtica ciudad, con calles bien trazadas y barrios delimitados cuyos desechos se arrojaban al Tíber a través de la Cloaca Máxima.

Su sucesor, Servio Tulio, había nacido, como Arquíloco, de una esclava. Sin embargo, se educó en el palacio de Tarquinio y, como el roce hace el cariño, acabó casándose con su hija. Fue un rey querido que construyó la primera muralla de Roma, llamada por ello muralla serviana, de la que asoman todavía aquí y allá abundantes vestigios. Cuando los romanos llegaron a aborrecer la memoria de los reyes, guardaron siempre el recuerdo de Servio Tulio como un rey bienhechor, un buen tipo. Fueron buenos monarcas los etruscos. Menos el último.

 

A Lucio Tarquinio II lo llamaban el Soberbio, y dejó un recuerdo tan odioso que los romanos renegaron para siempre de la monarquía y desde entonces no era concebible peor traición que la de querer convertirse en rey. Aunque hubo emperadores que superaron con creces las maldades de este Tarquinio, los reyes jamás volverían a Roma. Lucio Tarquinio II, por sus tratos con la sibila cumana, tuvo acceso a los tres últimos libros sibilinos, que cifraban los ritos para atemperar la cólera de los dioses. Las hojas de palmera de esos libros custodiados en el templo de Júpiter referían también que es solo delirio pretender que dure la dicha, como lo es pretender que reine la virtud por más tiempo del que le tolere la ávida impaciencia del pecado. O sea, la ley de las alternancias de Arquíloco. Pero todo eso eran tonterías para Tarquinio, que encarnó la figura del tirano oriental. Después de haber alcanzado el poder asesinando a Servio Tulio, su suegro, fue el primer monarca que se rodeó de una guardia personal para protegerse. Temía la venganza. El desencadenante de su caída fue la muerte de Lucrecia.

La joven era hija del patricio Septimio Lucrecio Triciplino, vencedor de los volscos. Tanto Tito Livio, en las Décadas, como Dionisio de Halicarnaso, en Las antigüedades romanas, coinciden en el relato, si bien el primero es más tremendo y el segundo más sobrio. Ambos cuentan que, atalayados en las colinas que abrazan la bella ciudad de Ardea, en el Lacio, los soldados de Lucio Tarquinio II el Soberbio velaban sus armas a la luz del crepúsculo antes de empezar una nueva jornada de asedio a los rútulos. En una de las tiendas, Sexto, hijo del rey, y su primo Colatino, tras haber bebido lo suyo, discutían acerca de la virtud de las mujeres y reivindicaban que solo la de cada cual era honesta sin tacha. No hubo acuerdo, que si la mía es una santa y la tuya un pendón desorejado, que si tú tienes que agacharte cuando pasas por una puerta, que si quién fue a hablar. Y todo eso. De manera que decidieron sorprenderlas en el conticinio de la noche romana. Estaban locos aquellos romanos, bien lo supo Astérix.

(Qué bonita palabra, conticinio. Es la hora azul, la del silencio absoluto, los animales diurnos se han retirado y los nocturnos no se han despertado).

Tras este paréntesis lírico, podemos continuar. El caso es que como estaban a no muchos estadios de la ciudad, ensillaron sus caballos, montaron en las grupas y se pusieron en camino para comprobar los afanes de sus mujeres mientras a ellos los suponían en la guerra. Aunque llevaban una buena borrachera, la ansiedad por resolver la apuesta puso alas a los cascos de las monturas e, iluminados por la luna, llegaron a las puertas de la ciudad. Ya en los umbrales de palacio preguntaron a un sirviente acerca de las ocupaciones de las damas. La mujer de Sexto estaba en un banquete, desnuda como un caballo, rodeada de otras mujeres entregadas a la lujuria, de cráteras con vino y de esclavos con sus poderosos mástiles en posición de saludo. No me habría importado estar en aquella fiesta, la verdad. Lucrecia no estaba allí. Tito Livio la sitúa en sus aposentos, dice que calzaba sandalias de bronce; Dionisio de Halicarnaso, que la cubrían guirnaldas trenzadas de lana y laurel. En lo que ambos coinciden es en que cosía una túnica para que su marido pudiera lucirla el día en que regresara triunfal con sus ejércitos. Una santa. Le pegaba mucho eso de ir diciendo a sus amigas lo fenomenal que era su marido, aunque fuera un tonto, que no digo que lo fuera, ¿eh?

Sexto, avergonzado, aceptó su derrota. Juntos regresaron a Ardea. Pero Sexto, al tiempo que lamentaba su condición de cornudo, experimentaba la euforia del descubrimiento de la virtuosa belleza de Lucrecia, de sus esculturales formas, de sus misteriosos ojos, de sus pestañas crespas, de sus labios del color del fruto del granado, de sus pechos enhiestos y pugnaces, de la condición mineral de su piel, que tenía la tonalidad de las rosas blancas de Cartago. Aunque lo que despabilaba su instinto era la inaccesibilidad majestuosa de la presa, pues lo que se resiste invita a ser poseído. Hay tipos a los que les pone lo imposible. Tienen mucho peligro.

«Encendido de pasión», como dijeron los cronistas para sugerir que estaba más salido que el pico de una plancha, pretextó días después ser portador de noticias de Colatino para hospedarse en casa de Lucrecia. Ella le ofreció hospitalidad y se retiró a sus estancias. Sexto permaneció despierto apurando su copa y paladeando el pregusto, tan dulce, del fruto intacto que espera el mordisco. Esperó a que el servicio se durmiera y dirigió sus pasos hacia los ámbitos promisorios de Lucrecia.

Poca cosa sabemos acerca de los detalles de lo que pasó aquella noche. De lo que vino luego, sí sabemos la vergüenza. Algo que trocó el Estado. Puedo suponer que el deseo corroía las entrañas del príncipe como una perra rabiosa. No sé si esta imagen, tan tópica, tan vulgar, es la mejor, tal vez sería más exacto decir que se puso terco. A ver, lo que quiero expresar es que aunque estaba fuera de sí, su intención no era al principio tomarla por la fuerza, sino seducirla, lo que pasa es que era uno de esos tipos que no quieren entender lo que significa «no». Ante la puerta del dormitorio se liberó de su coraza, de su clámide y de sus calzas. Con el tiento de un gato, se dirigió al lecho de Lucrecia con un hachón en una mano y una espada en la otra. Ya se va viendo que sus intenciones no eran de recibo. La vio dormir y escuchó su respiración. Se inclinó hacia ella y susurró su nombre. Lucrecia entreabrió los ojos, recompuso su cuerpo desmadejado y exhaló un aullido. Sexto rogó, prometió y le ofreció ser reina. Fueron inútiles los tratos y trueques que ensayó, y los múltiples tonos que empleó, porque Lucrecia, por las buenas, resultó inexpugnable, de manera que aquella mala bestia pasó al plan B: «Si no cedes a mis deseos —anunció Sexto— te atravesaré el corazón con este gladio y luego degollaré al más hermoso de tus esclavos y contaré que os pillé juntos y desnudos y os di la muerte para vengar al general Colatino. No solo te quitaré la vida, sino que tu fama quedará a la altura del barro para siempre. Tú misma».

Lucrecia rindió el honor por no sufrir la infamia. Cerró los ojos, se recostó en el lecho e imaginó que era Colatino quien violentamente le alzaba su túnica, y que era él y no el otro el que babeaba soeces palabras de lujuria, y quien manoseaba su cuerpo, y quien con furiosas embestidas la invadía. Como una bestia se extravió Sexto en contorsiones delirantes, en susurros apenas guturales, en muecas etruscas.

Sexto abandonó el cuerpo rendido como abandonan las hienas ahítas su alimento. Lo que duró el combate no lo detallan ni Tito Livio ni Dionisio de Halicarnaso, tal vez fue un asalto moroso, con la lentitud premiosa de los bueyes; tal vez el instinto del criminal se agotó en su impulso con la prisa de los conejos. Hay acuerdo en el hecho de que ni un solo suspiro escapó de los labios de la mujer humillada. Es seguro que Lucrecia sintió pudor, humillación y asco.

No quiso ver cómo, antes del alba, huía su vencedor, tampoco se movió el resto de la noche, ni derramó una sola lágrima. Cuando el esplendor del día se anunciaba, es un decir, se levantó, llamó a sus doncellas y ordenó enviar un emisario a Ardea para hacer regresar a su padre y a su marido.

Llegaron cuando el sol se inmolaba con escolta de arreboles. Otro decir. Ya me temía yo que no iba a ser fácil evitar la cursilería pompier. Lucrecia, escindida entre la culpa y el agravio, les relató el espanto con todos sus detalles. Tomó un puñal, lo colocó sobre su pecho y dijo: «Me absuelvo de toda culpa porque el cuerpo no peca cuando el alma es inocente. Pero no rehuiré el castigo para que en adelante, tomando ejemplo de mí, ninguna mujer viva deshonrada. La tumba debe velar mi vergüenza y mi esposo castigará esta afrenta».

Me avergüenza poner esta frase entre comillas, porque es absolutamente inventada. Salta a la vista que ha salido algo impostada; pero el caso es que como no había grabadoras nadie tiene ni idea de cómo hablaban aquellos etruscos.

Dijera lo que dijera, y lo dijera como lo dijera, lo que invocó Lucrecia fue el honor, el rechazo a vivir en la vergüenza. En aquellos tiempos antiguos, la vergüenza era el espejo oscuro del honor, su vaciado. En aquellos tiempos antiguos el honor causaba más muertos que la peste. Nada que ver con lo que pasa ahora, que parece que se ha abolido la ley de la gravedad, porque ya a nadie se le cae la cara de vergüenza. Las cosas eran entonces del todo diferentes, de hecho, reinando Tulio Hostilio, el más astuto de los Horacios, tras haber derrotado a los hermanos Curiacios, mató a su propia hermana por llorar la muerte de un enemigo. De hecho, a Tarpeya la persiguió la perpetua maldición de su nombre porque traicionó a los suyos cuando los sabinos arrasaron Roma so pretexto de recuperar a sus mujeres raptadas. Bien sabía Lucrecia que solo con llanto podía vivirse la deshonra. Potius mori quam foedari: era el refrán que postulaba que mejor muerto que deshonrado. Por eso Lucrecia esgrimió un puñal y se lo clavó en las entrañas que había profanado Sexto.

Una lágrima de orgullo y otra de dolor rodaron por sus mejillas antes de que el puñal encontrara su corazón.
 

Colatino se conjuró con su primo Lucio Junio Bruto para liberar Roma de la casta de los Tarquinios. Y, pocos días después, ya no hubo más lucumones reinando sobre las siete colinas en que Roma consistía. Lucio Junio Bruto convocó al Senado, que decidió la expulsión de Tarquinio II el Soberbio, que huyó a la ciudad de Túsculo y posteriormente a Cumas, donde no tardó en palmarla. El Senado había abolido la monarquía. Era el año 509 a. C. y comenzaba la República romana. Lucio Junio Bruto y Lucio Tarquinio Colatino, el viudo de Lucrecia, se convirtieron en los primeros cónsules del nuevo régimen de Roma, que a la larga conquistaría el mundo mediterráneo, y que perduró durante casi quinientos años, hasta la ascensión de Julio César.

La venganza de Lucrecia cambió la historia. Quedaron proscritos los cetros, las coronas, los mantos de púrpura, los tronos de marfil, los doce lictores y toda esa pompa y circunstancia que tanto gustaba a los reyes.

¿Que qué pasó con Sexto, el violador? Le dieron lo suyo, naturalmente, y se fue a criar malvas.

 

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—¿Qué tal, Picaud? —saludó el dueño de la taberna—. ¡Cómo luces hoy!

¡Parece que vas a bailar las treilhas!

—Mucho mejor que eso, Loupian; es que me caso.

—¿Y a quién has elegido para que te ponga los cuernos? —preguntó uno de los amigos, un tal Allut.

—Desde luego que no a la segunda hija de tu suegra, porque en esa familia tienen tan poco arte para ponerlos que los tuyos te han agujereado el sombrero. —El gorro de Allut mostraba, en efecto, un desgarrón, y todos rieron con la salida del remendón.

—Bromas aparte —dijo el tabernero—, ¿con quién te casas Picaud?

—Con la chica del difunto Vigoroux.

—¿Con Margueritte, la rica?

—La misma.

—¡Pues tiene cien mil francos!

—Se los compensaré con amor y felicidad. Así que tengo el gusto de invitaros a la misa que se dirá en Saint-Leu, y al baile que habrá después del convite, en la verbena popular de los Bosquets de Vénus, en la rue aux Ours.

La suerte de su camarada les sorprendió tanto que los cuatro amigos apenas pudieron balbucir unas palabras de compromiso.

—¿Y para cuándo es la boda?

—El martes próximo, 17 de febrero.

—¡Pues hasta el martes!

—Cuento con vosotros. Me voy al ayuntamiento, y luego a ver al alcalde. El cielo estaba tenso, arqueado como una grupa. También a François Picaud se le inflamaba el pecho y le cosquilleaba la vida. A los veintiséis años, joven y fuerte, era feliz porque sabía que dentro de tres noches y la noche siguiente y la siguiente podría descansar su cabeza fatigada en el seno blanco de su mujer dulce.

Cuando salió, los otros se miraron como pasmados.

—¡Pues sí que está contento el cabrón!

—Quién lo iba a decir.

—¡Una chica tan buena y tan rica!

—¡Y se la lleva un remendón!

—¡Y la boda, el martes que viene!

—Dentro de tres días.

—Me apuesto lo que queráis —dijo Loupian— a que consigo retrasarles el festejo.

—¿Y qué vas a hacer?

—¡Nada! Una tontería.

—Suéltalo.

—Una broma estupenda. El comisario Berthier vendrá por aquí en un par de horas, así que le diré que tengo mis sospechas de que Picaud es un agente de los ingleses. Ya me entendéis. Le pedirán que se pase por comisaría, le interrogarán, le darán un buen susto y la boda tendrá que aplazarse por lo menos ocho días.

—Loupian —objetó Allut—, eso no está bien. No conoces a Picaud. Si llega a descubrir la faena, capaz es de vengarse con rabia.

—¡Bueno, ya será menos! Si uno no puede divertirse en carnaval...

—Conmigo no contéis.

—No me extraña que seas un cornudo, eres un capón.

—Lo que no quiero son problemas. Tú estás celoso. Buenas tardes.

En cuanto Allut se dio media vuelta, Loupian prometió a sus dos amigos que se iban a descostillar de risa. De la desgracia de los otros venía su alegría. No sabía que de esa desgracia ajena también vendría la suya. Y multiplicada.

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