Aguafuertes menducas: Las putasvidas de Juan y Juan

Aguafuertes menducas: Las putasvidas de Juan y Juan

Las "Aguafuertes porteñas" de Roberto Arlt marcaron una época con las notas del periodista sobre cuestiones puntuales que observaba en la ciudad. Sin intentar empatarlo, en la búsqueda de tomar nota de muchas realidades que se viven en un segundo plano en la vida cotidiana de Mendoza, aquí Gabriel Conte vuelca sus propios apuntes, muchos de los cuales han sido parte del libro "Los mocosos nos miran", con ilustraciones de Elia Bianchi de Zizzias y el video de Eliana Zizzias. Momentos, historias, anécdotas. ¿Realidad o ficción? <b>Aguafuertes menducas.</b>

Juan era pobre y murió en terapia intensiva del hospital pediátrico. Había caído varias veces en tratamiento médico, siempre tarde y siempre por lo mismo: “raneado”, súper intoxicado por el consumo de Poxirrán. La última vez no salió. Tenía 10 años.

Juan era de clase “media alta” y murió mientras se divertía con sus amigos en un boliche. Bailaba desenfrenadamente en la pista de baile hasta que cayó, duro, con los ojos desorbitados y babando. Se asfixió. Había consumido varias drogas y en su interior, un cóctel monstruoso terminó por darle instrucciones contradictorias a su cerebro. Murió allí a sus 21 años.

Ambos casos ocurrieron el mismo año. Casi, podría decirse, al mismo tiempo. A ambas familias las unió la desgracia, aunque jamás se conocieron.

Juan Carlos, vecino de lo que Bernardo Verbitsky alguna vez bautizó como “villa miseria” y lanzado a las calles de la Ciudad para pedir plata a los transeúntes, fue un chico ignorado. Vino “de arriba” como sus padres, cuando vivían juntos, no tenían empacho en repetir inclusive, delante suyo. No esperaban, “vino”, como si ellos no lo hubiesen engendrado juntos. Ironía: gente que al tirar una miga de pan, aunque sea del comprado y duro, le dan un beso y no lo hicieron jamás con su criatura, amasada y leudada por su propio calor, haya sido por amor o simple calentura, aventura, abuso o cualquiera resulte la etiqueta de su procreación. “Juancarlitos”, para sus amigos, era “grande” en su casa a los 10 años y, en cierta forma, “sobraba”. Bajaba monte abajo, de a pie, hasta la ciudad. Pedir, dar lástima, pedir era su rutina. Ni siquiera aprendió el oficio de limpiar vidrios ni tuvo la suerte o desgracia de ser atrapado por los cazaniños del Gobierno e injertado en algún hogar propio o ajeno. La plata era para “ranearse” y olvidarse de las cosas de la ¿vida? Que le había tocado e sorteo. Lo había aprendido, dijeron sus padres que llegaron, por separado y hasta en taxi, hasta el hospital a recibir la última noticia, de “los de 13”, un grupo de adolescentes a los que ya todos les daban por perdida la vida y, por lo tanto, no apostaban un solo peso, una sola acción, una sola caricia y, ni siquiera, una sola persecución policial en su contra. La putavida de Juan se terminó así, pero no fue de golpe. En su familia lo lloraron muchísimo durante el velorio. Son familias, las pobres, que lloran mucho cuando alguien se les muere ya que en sus cuentas solo hay personas. Nadie les puede robar más que eso. Es todo lo que tienen. Pero, como les pasa a muchos ricos, no saben cuidarlo.

Juan Pablo, sin embargo, más que duplicaba en edad a Juancarlitos. Nadie dice que sus padres permitieran el consumo de estupefacientes en la casa, pero lo cierto es que, progresistas y liberales a la vez, siempre pensaron que “probar no es ser adicto”. Hacia afuera, “como corresponde”, se trataba de “una familia de bien”. Todo en la vida les había salido de acuerdo al manual que generación tras generación se habían ido pasando los jefes familiares: estudio, deportes, viajes, diversión, fiestas dentro y fuera de casa. El asunto es que en determinado punto de la historia familiar, todos hicieron lo mismo y cada uno por su lado. Una sublimación de la condición social. Al punto que madre e hija se encontraban en un boliche, padre e hijo se disputaban un buen par de tetas y, el domingo, recién en horas de la tarde noche, volvían a verse las caras, desfiguradas del éxito, frente a una tasa de café familiar: el único momento de reunión y para organizar la semana que se agitaría horas más por delante. Juan murió por tener con qué y por probar de todo, lo que parece una moraleja, pero no: es tan solo una situación muy común y, a la vez, opuesta a la que se llevó por delante a Juancarlitos, el pibe que posiblemente Juan Pablo ignoró en la calle de los bares cuando aquél le imploró una propina.

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