Milagro en La Favorita, aquí cerca, en el fin del mundo
La solidaridad es, en excelente medida, patrimonio de los humildes. Sólo quienes conviven con la necesidad, sienten el llamado de responder de algún modo a la penuria ajena; los satisfechos, en general, empeñan lo mejor de sí en conservar sus modos de producción de satisfacción.
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A ver, mejor, empecemos de otra manera, de una más amigable.
No fue un domingo cualquiera, pero fue un domingo cualquiera. Fue en La Favorita, que es un lugar cualquiera, pero no es un lugar cualquiera. Una empleada doméstica, madre, esposa y abuela, decide crear algo que, no obstante, le resulta ajeno, algo -un evento que se vuelve institución, nada menos- que nunca disfrutó: un día para que los chicos del barrio sientan aquello que es obvio, pero no es obvio, que son hermosos y especiales, que son parte de una familia más grande llamada barrio y que hay gente en la vida de los días más dispuesta a disfrutar con ellos, como iguales, que a cambiarse de vereda o darles las elegantes espaldas de las más creativas e indolentes maneras.

Zulema Olivares.
Nada tenía en las manos Zulema Olivares cuando inició todo esto, bueno, están los recuerdos, aquellos de su Chimbas natal, en San Juan, cuando, ya a los cinco añitos, iba al río a juntar vidrios y fierros, para venderlos y, con esa plata, comprar atados de acelgas y tomates y salir a venderlos a las barriadas y así parar la olla del hogar, desde niña, como ahora.
Nada tenía y nada le queda en las manos, luego de cada año que pasa y organiza el "Día del Niño" y cientos y cientos de regalos son sorteados y cientos y cientos de tazas de chocolate son repartidas, con galletas o medialunas; nada le queda: al otro día, vuelve a bajar a la ciudad en el micro a limpiar baños de gente que tuvo mejores herramientas y más suerte, como vos y yo, para salir adelante.
Sin embargo, cada año, acrecienta su capital simbólico, un salario que no le llena el plato, pero que le ha dado un sentido a su tránsito por el cuero del mundo.
Desde hace cinco años cuando, desde este diario, con una primera nota, dimos a conocer a Zulema y comenzamos a hacerla "famosa", gracias a un video que me envió mi amigo el sociólogo Héctor Castagnolo, la fiesta ha ido creciendo y han ido creciendo los donantes de la fiesta (los donantes son siempre, siempre, gente de clase media y clase media baja; hasta ahora, jamás alguien adinerado ha mostrado su solidaridad, pero, bueno, disculpen, este es otro tema, que no viene al caso, sigamos siendo amigables).
Miren la fiesta: da gusto compartir en la calle, como si el mundo fuese un sitio decente. Da gusto ver a algunos niños, a lo largo de los años, que ya son adolescentes; quizás varios de ellos, con 16 o 17 años o menos, ya son padres y van al festejo con sus bebés y nada nos impide imaginar que, en un rincón de sus corazones, Zulema y los suyos, los muchos suyos, los marrones del oeste, les han sembrado una duda, la posibilidad de que, alguna vez al año, la existencia comunitaria no sea tan cabrona y, tal vez, después, sus hijos tengan más suerte que ellos, cuando bajen a la ciudad.
Algunas fueron disfrazadas, algunos llevaron sus sillas, algunos fueron y no habían desayunado, algunos volvieron a la casa en bicicleta, algunas, en un chocecito usado, pero en excelente estado, algunos ligaron camperas o zapatillas, ninguno no ligó nada; algunos y algunas, llegada la noche, se habrán reído y alguna, de emoción, se habrá mordido el labio de abajo, con la garganta tiesa.
Y toda la maravilla, gracias a Zulema. Gracia a ella y a tantos. A Silvina Arenas, por ejemplo, lectora del diario que no deja de ser parte, agosto a agosto, de la fiesta; este año, junto a sus amigos, compraron dos bicicletas nuevas y lloraba de alegría. A Silvina y sus amigos no les sobra nada; lejos están de vivir una vida acomodada, sin embargo, a Silvina todo le sobra, todo parece sobrarle.
También está Marta, que llevó al diario un sobre con parte de su sueldo; también mis amigos artistas, muy, muy generosos, como la incansable Laura Rudman y el maestro Alfredo Ceverino y el capo Pepe Sánchez, entre otros; también Marina del Unimev, que preparó en su hogar bolsas ordenadísimas con ropa impecable y juguetes impecables que hicieron felices a sus hijos y ahora viajan al oeste, como en Toy Story. Y los muchos anónimos que dejaron en Mdz y en casa de Zulema bolsas y más bolsas y cajas y más cajas. Y los chicos del grupo Luciérnagas y hombres sin dentaduras llenos de recuerdos y mujeres casi sin esperanzas y un elenco de teatro vocacional y una actriz premiada y una murga bochinchera y un pastor de vaya uno a saber qué ovejas y un señor disfrazado de rey y una señora, de gata y militantes políticos, agrietados ferozmente en los papeles y en las redes virtuales, pero allí, codo a codo.
Y todo gracias a la empleada doméstica que no cobrará jubilación y a tantos otros, los que ayudaron a multiplicar panes y peces, así y asá, hasta la jubilosa noche, aunque la mañana siguiente los sorprenda dormidos en el micro con policías pidiéndoles identificación en la entrada del zoológico y ceremonias por el estilo de la portación de rostro, tan en armonía con la cotidianeidad del sistema exclusivo que promovemos.
"Déjeme agradecer, además, -dice Zulema- al pastor David, que llevó una obra, al elenco Circo Azul y a la gente de Cristal, Churrico y La Alborada y también a la comuna de Capital", dice ella y suelta su "que Dios te bendiga", antes de irse.
Cerremos de este modo: sucede más o menos así, cada agosto, allá, tan lejos y tan cerca, allá, atrás del Cerro de la Gloria, durante un día los vecinos cortan la calle y ponen música y serpentinas, que no son de metal, y bailan y juegan y levantan las manos en los sorteos y toman chocolate caliente y comen tutucas y algunas se les caen y los chocos aprovechan.
Entonces, el mundo se hermosea y parece un sitio bastante decente de lo que es, pero no nos engañemos: sólo se trata de un día. Mañana, hoy mismo, ahora mismo, en este instante frente a la pantalla de tu computadora o tu teléfono, las espaldas relucientes vuelven a multiplicarse, como panes y peces jubilosos, pero al revés, para dejarlos a ellos, los marrones, afuera de la fiesta.
Ulises Naranjo
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