Sabrina Vicchi y sus modos de volver de la muerte
Ahora, que vemos con asombro que los días se van veloces como esos peces desaforados; ahora, que cada uno de nosotros mira atrás, bien atrás, y descubre cuál es el único paraíso posible; ahora, que vamos amontonando caídos como en una batalla naval sobre nuestro cuero; ahora, que sabemos que la belleza es sencillamente lozanía; ahora, que perdimos la cuenta de todo lo que hicimos para llegar a este lugar; ahora, que estamos cansados y que, pasada la dicha inicial, ya sabemos dentro de todo de qué se trata una nueva primavera, ahora, Sabrina vuelve, tan campante, como si nada, suelta de cuerpo, dispuesta a acariciarte y decirte que, al fin y al cabo, nada es tan terrible, si resulta que la muerte es reverso de la vida anversa. No mucho más.
Sabrina Vicchi, sabrás, murió en febrero, con 35 años; a veces, sabrás, suceden estas cosas, pero siempre, siempre terminan sucediendo estas cosas.

En abril, publicamos su carta de despedida del hocido del mundo, huérfano desde entonces.
Fue nuestra "Canción de amor a Sabrina Vicchi" (te recomendamos leerla, si no lo hacemos y si aún bombea sangre tu cuore maltratado).
Pareció que eso era todo y, sin embargo, hay más.
La muchacha era docente, trabajaba con sus mayores amores, los niños, y hoy, bueno, hoy es el "Día del Maestro" y, por tanto, aquí te dejamos sus pareceres al respecto, su propia canción de amor a los maestros y a la educación. En ella, deja ver su amor por este trabajo, también sus dudas, la falta de política y la sobra de esperanza.
Pues bien, aquí se las dejamos.
Larga vida a Sabrina, donde quiera que ría.
Ulises Naranjo.
¿El suicidio de un sueño?, Por Sabrina Vicchi
"En los primeros años de vida de una pequeña personita, mientras consumía información y aprendizaje fue apareciendo la conciencia, aquella que le permitiría razonar, entender y manejar todo en su vida. Por suerte, tal vez no, por designio divino o universal en ella también iba apareciendo la vocación. Era esta sensación de grandeza, en la cual pensaba muy a menudo. 
Ella sentía que esta vocación le daba fuerza a su cuerpo como si le inyectaran algo en sus venas que le daba satisfacción. Con esta suerte o don, podría poner en práctica, al ser mayor, estos nobles sentimientos. Como ella imaginaba, era algo grande, una enorme ilusión de poder hacer algo por los demás, era la oportunidad de hacer mejor al mundo, la posibilidad de dar, de servir. Ella con tan solo seis años soñó, con amor, en ser MAESTRA, rodeada de niños, de pintura, música, sumergida en los cuentos y risas. Soñó con la aventura de cuidar y proteger, con el desafío de educar y enseñar.
Su camino seguiría los pasos adecuados hasta llegar a cumplir, este sueño, esta vocación. En su último año de estudio como toda joven con dudas y miedos, tuvo sus primeras experiencias en algunos grupos reducidos de niños, allí donde entraba tímida y su corazón latía fuerte con las ansias de decir las palabras correctas, hacer los movimientos adecuados, ser prudente y comprometida.
Ya era suyo el título de profesora de nivel inicial, había elegido a los más pequeños para cumplir con esa misión, esa llamada sentida y profunda. Ese sueño ya era una realidad que durante once años transitó, por cada una de las salas de diferentes edades, anduvo por distintos barrios, clases sociales y niños de todos colores. Con los años aprendió mucho y serian innumerables la cantidad de historias, anécdotas y experiencias que cosechó en su carrera docente.
Sin embargo cada comienzo de año ella sintió extrañas sensaciones, incomodidad y molestias que le traía esa conciencia adquirida en su niñez. Encontró algo desbastada su vocación, la cual siempre defendió con convicción y determinación.
Aquel sueño que con tanta pasión había alcanzado estaba perdiendo vida. Inevitablemente comenzó a preguntarse porque aquel hermoso sueño perdía fuerzas. Busco en sus recuerdos, identificando muchos momentos de menos precio, de personas que relacionaban su trabajo con moldear plastilina (suena gracioso), encontró una gran falta de respeto en muchos padres cuestionadores y agresivos. También encontró muchos gobiernos desorganizados, con falta de compromiso y profesionalidad. Eran muy repetidas esas imágenes desvalorizantes. Eran muchas las sensaciones de falta de reconocimiento social.
Una vez en un congreso escuchó a una especialista comparar la profesión docente con la de los médicos, dándole igual importancia por el hecho de que los dos trabajaban con personas, seres humanos... con vidas.
Desde ese día volvió a resignificar su profesión, el cuidado y responsabilidad que esto implica. Esa dualidad interna, ese shock de desilusión, esas preguntas sin respuestas...
¿Sabía la gente sobre esto? ¿Podrían esos padres cuidar treinta hijos a la vez y cumplir con sus necesidades? ¿Sabría el gobierno de turno, contener a niños que lloran por hambre, que tiritan de frio, o que sufren por golpes? ¿Sabría el mundo que nuestra misión es cuidar, proteger y alimentar los sueños... sacar lo mejor del niño/a para que sea un mejor hombre/mujer en un futuro? ¿Sabrían los directivos, los padres, las autoridades, que la frustración es también educar... que volviendo a intentar siempre se puede lograr? ¿Todos somos conscientes que para progresar como país los más importante es educar?
¿El mundo entenderá? ¿Se habrá suicidado mi profesión?".
Sabrina Vicchi, Mendoza, jueves 5 de enero 2012.



