Barrio Olivares: la durísima batalla por ser uno mismo
Se educan como pueden, como todos. Ahora mismo, están en un proceso de aprendizaje de sí mismos, como todos. Y esperan, como todos, que la educación sea una herramienta con ruedas para llevarlos a un lugar mejor.
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No les ha ido muy bien que digamos, pero están dispuestos a salir de la zona de invisibilidad absoluta y a ser reconocidos por sus valores más que por los fantasmas que muchos depositan en ellos. Saben que el miedo sabe ser zonzo y están dispuestos a combartirlo.
Por eso, afilan el lápiz como espartanos, pero se detienen en la página ciertamente azorados, viendo el modo de arribar a la sentencia adecuada. La mismísima indentidad está en juego en ese silencio.

Es otra mañana hermosa y estamos en el barrio Olivares, que queda al fondo, a la derecha, atrás de todo, al final de todo; un lugar que no queda de paso a ningún lado y de intrincada geografía, un espacio en el que 300 familias van haciendo lo suyo con el asunto de vivir.
Recientemente, hubo noticias que impactan positivamente respecto de sus derechos y los propios de la gente el barrio Flores: la UNCuyo anunció que donará a la Municipalidad de Mendoza los terrenos sobre los que ha crecido ese barrio y la provincia anunció lo mismo, para con la tierra donde se asienta el Olivares. Esto significa no sólo que comenzarán a tener servicios, sino también que empezarán a tener la obligación de pagarlos, con las dignidades que una y otra cosa manifiestan.
En torno a una mesa de hogar, los alumnos han montado una especie de aula para estudiar lo que nadie, casi nadie, en particular se molesta en enseñarles: de qué se trata todo este movimiento y por qué vecindades mucho más jóvenes salen a castigarlos con sañas y desprecios. Rápidamente, nos dicen y lo vemos, los medios -por ejemplo, Los Andes y Mdz- hicieron notas a los vecinos de los barrios vecinos de clase media y media alta que, llegaron mucho después. Por supuesto, fiel a este estilo tan nuestro de criminalizar al pobreza.
"Yo espero que no les den nada", lee un chico y nos mira el hocico culpable: "¿Por qué ustedes los periodistas nunca vienen a preguntarnos a nosotros qué pensamos". Largo silencio, allí; largo silencio ahora, que escribo; largo silencio -ojalá- tuyo, ahora, el de la lectura detenida.
Sigamos así: bueno, por ahí, a vos se te va a atragantar la medialuna, pero tengo que decírtelo: hemos dedicado -concientemente o no- cada gramo de nuestro esfuerzo a demostrarles lo distinto que son de nosotros. Hemos debido -a tales fines o no- realizar grandes esfuerzos para diferenciarnos: ser bendecidos inicialmente -por un dios o no- para que dispusiera nuestra ánima en el instante de la fecundación en un abdomen bien nutrido, en el amplio sentido de la nutrición. Luego, debimos asumir todos los mandatos para, al menos, mantener y, por sobre todo, aumentar nuestras calidades de vida. Y así fuimos creciendo, escuchando de nuestros padres todos los evangelios de la desconfianza y la confianza, el temor, la moral, las buenas costumbres y los cristos hippies y zurditos que formaron ejércitos, incendiaron inventores y esclavizaron pueblos enteros.
Y aquí finalmente estamos, amigo, desmemoriados, comiendo medialunas, desdeñando a los distintos y haciendo inversiones sólidas: muros altos como el Edén, amistades del mismo rango social y cultural, sistemas de alarmas, vacaciones lejanas, rottweilers amorosos, pantalla planas y serpentinas de púas, cierres centralizados y palmeras sin pericotes en el jardín.
Ellos, los distintos, nada de esto, no, porque son distintos, pero -lo sabemos, lo aprendimos- distinto no es sinónimo de invisible y, por tanto, esta vez, al menos, he de mostrarme decidido a romperte un poco las pelotas al mostrártelos.
Volvamos a empezar: mañana de cualquier día de la semana, atravesás el Parque y, en lugar de entrar a la Universidad de Cuyo, te tirás a la derecha, como las tendencias de la moda política o René Orlando Houseman, siempre pegado a la línea. Tarde o temprano, si te animás, encontrarás el barrio Olivares, una franja malherida de terreno ahogada por olvidos diversos y condenada por la geografía.
Una calle principal, digamos, una calle, digamos, principal, surcada por un arroyito de aguas extrañas y chocos que beben gratis y felices de ella, como esos colados en los casamientos. A un lado y otro de la, digamos, calle principal, hay ranchitos a punto de caer y jamás caídos y alguna gente, como don Arancibia, por caso, llevan viviendo ahí tantos años que, mirá lo que te digo, ni la universidad existía, ni los cercanos barrios acomodados y de clase media existían, esos barrios sin memoria que buscan -ahora- escribir la historia a fuerza de topadora borrando del mapa todo vestigio del Olivares.
- Acá, salvo algunos, somos todos laburantes, estudiantes, madres... Vivimos hace mucho acá y quieren construir un paredón para aislarnos más todavía. Nosotros no pedimos que esos barrios nuevos vinieran a vivir justo al lado nuestro...
Ya tragaste tu medialuna; ya te tomaste tu café con leche, bien. Ahora, si todavía no te has ido, empecemos de nuevo. Vení, entremos a una de las casas: la de una vecina que la ofreció para que se constituyera allí, de manera permanente, un grupo de trabajo escolar: unos veinte alumnos de 14 a 45 años y siete profesores que pertenecen al Cebja 3-126 "Fabián Testa". Estamos en clase de Sociales y el profesor Juan Castro estudia la cartografía de los barrios Flores y Olivares con sus alumnos.
- Acá hay algunos malvivientes, no te lo vamos a negar, pero se van a mandar al frente solitos, cuando no paguen por los servicios que vamos a recibir. Nosotros creemos que, poco a poco, todo va a ir mejorando.
- ¿Han visto algún avance?
- Sí, hemos visto que la municipalidad entra un poco más, sacan más la basura, pusieron unos contenedores, suelta una chica y le da a una compañera el motivo de su tardanza: "ya hice dormir a la beba".
Marina Astudillo es una profesora que ha seguido de cerca todo este proceso. Oigámosla: "Esto viene de años ya. Estos vecinos buscan una vida mejor y no sólo por lo consumista, sino con una fuerte conciencia solidaria y comunitario, sorteando obstáculos para mejorar el barrio, porque han vivido y viven excluidos. Sin embargo, no piensan sólo en sus familias, sino en todo el barrio, con todo lo que eso significa: se movilizan, gestionan, construyen una canchita, arman el festejo del Día del Niño, se preocupan por el consumo de drogas y la violencia y trabajan en pos de vidas sanas".
Marina, como docente del Cebja 'Fabián Testa', del barrio Flores, sienta su postura, junto al resto de esa comunidad educativa con alto sentido social: "Este proceso de los vecinos ha sido respetado por la escuela. Apoyamos este proceso. Ellos, los alumnos, nunca se han quedado en la queja. Se trata, en su mayoría, de mujeres que se han puesto al hombro el proyecto de mejorar el barrio, sin discriminarse entre ellos mismos, construyendo derechos. Ahora, buscan armar un taller de carpintería artesanal, qué hacer con los abuelos, y, con el apoyo de la comuna, limpiar la placita y que los espacios oscuros se vuelvan claros y sanos".
Estos chicos y estos profesores que vienen a dar clases a su territorio salvaje, son -debieran ser- excelentes ejemplos para nosotros.
Alejandra, la dueña de casa, por ejemplo, está dispuesta a ceder ese espacio del comedor de su hogar para constituir un aula permanente, porque, para algunos, es más fácil acudir a ese lugar a educarse, pues donde funciona la escuela más cercana, no se sienten seguros. Alejandra, la ama de casa que cedió su comedor para erigir el proyecto.
A ellos les gustaría reconstruir ese lugar y formar, además, una biblioteca. Se trata de un espacio de doce por doce metros. ¿Seríamos capaces de ayudarles con materiales? Ellos, con sus manos, podrían levantar el espacio, poner el piso, acomodar los libros, seguir con sus vidas.
Me han prestado una lapicera, porque olvidé llevar una. Es hora de devolverla y lo hago: me la regalan, sacándome una promesa: que no escriba cosas terribles sobre ellos.
¿Cómo hacerlo? Si resulta que son como necesitamos que sean: hermosos, aplicados, solidarios, soñadores, responsables. Ojalá pueden seguir haciendo lo suyo en un espacio que no corra el riesgo de venirse abajo. Y ojalá los vecinos a los que nos ha ido un poco mejor busquemos los modos de reconocernos en ellos, los distintos, porque si no lo hacemos, cada día estaremos un poco más indolentes y confortados, pero siempre en el horno.
Ulises Naranjo (texto y fotos).
PD: Quienes deseen colaborar con materiales para la construcción del salón o bien aportar el cálculo del proyecto o para la biblioteca, pueden comunicarse con la profesora Marina Astudillo al número 2615663395.






