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Los Deambuladores llegaron al corazón de Rusia

Una pareja de jóvenes mendocinos recorre el mundo casi sin dinero, viviendo al día. Desde hace meses, nos cuentan sus extraordinarias aventuras. Ahora, desde Ucrania, llegaron en camión a territorio ruso.
Foto: Juan Niemetz.
Foto: Juan Niemetz.

El último camionero Ucraniano, nos dejó en la frontera con Rusia, donde había una fila de casi dos kilómetros de camiones uno atrás del otro, así que caminando como quien no quiere la cosa, llegamos a los puestos de control después de casi una hora. Para cruzar, primero nos pararon porque nunca habían visto un pasaporte argentino, así que tuvieron que averiguar todos los sistemas de seguridad del pasaporte y verificarlos, eso llevo un rato y por suerte el soldado chapuceaba un poco de inglés y nos tranquilizaba diciendo que era sólo porque no conocían, que no había problemas, porque si no la situación hubiera sido bastante estresante, y después ya del lado ruso, el soldado se entusiasmó con dos turistas argentinos y estuvo mucho rato tratando de recomendarnos lugares a los que ir, en ruso por supuesto, cuando por fin nos miró y notó nuestra cara de póker se dio cuenta de que no habíamos entendido ni una palabra, sacó su celular, un traductor y de nuevo toda la cháchara frase por frase con el traductor, eso llevó un buen rato, hasta que el muchacho se dignó a poner los sellos en nuestros pasaportes y por fin entramos a Rusia.


Entre la caminada y la frontera ya era demasiado tarde para continuar a Moscú, así que decidimos levantar campamento, pedimos permiso en una casita donde había una persona que parecía un policía, nos metimos en el bosque y armamos la carpa. Por suerte la primavera está empezando y no hizo mucho frio. A la mañana siguiente, tempranito, salimos de nuevo a la ruta con destino Moscú. El dedo en este país lleva tiempo, no es tan rápido como en otros lugares, pero todos los que paran son personas increíbles. Con sólo dos autos llegamos a destino y el primero paró y nos convidó una bebida típica rusa que sacan directamente de un árbol (literal, le hacen un agujero, le meten una manguera con una botella en la punta y listo) y el bosque está lleno de botellas colgando y cualquiera puede parar y agarrar un poco, él llamó a la bebida: Fresh. Tenemos nuestras dudas que sea el nombre original, pero fue lo que él dijo. El segundo auto era una pareja que iban hasta el centro de Moscú y llevaban todo un picnic para comer en el auto y no tener que parar, así que fuimos compartiendo la comida hasta llegar a destino.


Aunque todo el mundo hable de que San Petesburgo es mucho mejor que Moscú, a nosotros Moscú nos encantó. La emoción de la Plaza Roja, la tumba de Lenin, los colores, el metro, todo, todo es pintoresco, todo es bonito. Seguramente si Lenin se levantara de su tumba de cristal se volvería a morir al ver el shopping gigante y carísimo que hay justo a un lado de la plaza, pero, en pleno siglo 21, no vamos a hablar de esas menudencias. La cosa es que la ciudad es maravillosa, para quien ha estudiado un poco de historia y sobre el comunismo ese lugar es muy emocionante.

Pasamos casi una semana paseando por Moscú, tuvimos que cambiar planes a último momento por algunos problemas y mientras buscábamos opciones nos fuimos mudando de casa, usando couchsourfing, para no tener que pagar alojamiento, contar con conexión y seguir buscando opciones. Por fin nos respondieron desde Ufá, una ciudad a más de 1000 km. Al Este de Moscú, un apicultor que necesitaba una mano en su producción, para allá salimos.

Salir de las grandes ciudades haciendo dedo es siempre difícil, Moscú no fue la excepción, fue un día de dedo durísimo, pero de nuevo, cada una de las personas que paró trató de ayudarnos con algo, nos dieron algo de plata, comida, un vodka, toallitas húmedas, cigarrillos. Pero cuando ya eran más de las cuatro de la tarde y no habíamos avanzado ni 100 km. Estábamos de los pelos, no íbamos a llegar nunca, por suerte dos señores nos levantaron e iban a hacer casi 500 km. En nuestra dirección. Todo fue excelente al principio, pero en cierto momento el muchacho que conducía (a no menos de 140 km. por hora) empezó a moverse a hablar en voz alta, a cantar, a abrir y cerrar la ventanilla. Y nosotros empezamos a ponernos nerviosos. En un momento se cruzó de carril y se despertó justo para volver al carril correcto, en ese momento ya estábamos aterrados y él no bajaba, ni por si acaso la velocidad. Así que cuando pararon para descansar, aunque todavía faltaban cerca de 50 kilómetros. Para el lugar dónde nos iban a dejar, decidimos despedirnos de ellos, nos metimos en un hotel rutero que había cerca y aunque tuvimos que pagar, nos pareció más seguro que seguir en ese auto.


El día siguiente fue uno de los días más raros que hemos tenido haciendo dedo. Fue durísimo, recorrimos los 50 km, que faltaban hasta Penza que era la ciudad donde nuestros “amigos” de la noche anterior supuestamente iban a dejarnos, tomamos cuatro autos, ya eran cerca de las cinco de la tarde y habíamos hecho nada más que unos 150 km. ¡no avanzábamos nada! Ya estábamos muy cansados y se estaba nublando, así que decidimos entrar a un pueblito y tomar un tren o un colectivo hasta Samara, la siguiente ciudad, el problema fue que no había ni colectivos ni trenes hasta esa ciudad sino que teníamos que volver a Penza y desde ahí tomarlos, un poco desconcertados porque este pueblo estaba mucho más cerca de Samara que de Penza, pero como no nos dejaron opción y ya llovía bastante, tuvimos que volver los pocos kilómetros que habíamos hecho en ese día.

Pasamos la noche en la estación de Penza y temprano salimos para Samara, llovía a montones y estábamos destruidos de cansancio, no había forma de seguir viajando a dedo, así que una vez en Samara buscamos otro tren que nos llevara a Ufá. Si algo hay que decir de los servicios públicos en Rusia es que hay un problema y grave con las personas que venden los pasajes, no sabemos dónde está el problema, pero la pucha que son amargados y duros.


Nosotros siempre llegamos, como no entendemos ni una palabra de ruso, con un papelito que dice a dónde queremos ir escrito en ruso claro y una sonrisa de oreja a oreja para tratar de ponerle humor a la situación, bueno, no ha habido sonrisa que valga, uno trata de explicarles que por más que griten no se entiende y más se esmeran en subir la voz y cambiar el humor. Estábamos enfrascado en una de esas discusiones con una vendedora en la estación de Samara, cuando ella, que ya había conseguido sacarnos de quicio a nosotros también y mientras ella nos gritaba en ruso nosotros le gritábamos en español, sin entender qué tan difícil puede ser vender un pasaje hasta un punto y listo, ella decidió tomarnos los datos, sacarnos la tarjeta, cobrarse los pasajes y despacharnos sin siquiera decirnos cuánto habíamos pagado por eso, ni a qué hora era el tren ni en qué plataforma. Con los pasajes en mano pero sin la menor idea de qué hacer con eso, fuimos a preguntarle a un policía que pasaba, que vendrían a ser algo así como la antítesis de los vendedores de pasajes, rebosan de simpatía, te explican te acompañan y varios hasta nos han prestado sus celulares, él nos dijo que el tren era en 10 minutos (de pedo) en tal anden y cómo llegar. Corrimos, nos subimos, y un muchacho trató de explicarnos entre risas (o eso nos pareció) dónde nos estábamos metiendo.

Seguramente, mucha gente ha leído o escuchado sobre el tren Transiberiano, el tren más largo del mundo que va desde Moscú a Vladivostok justo en frente de Japón, cruza de este a oeste el país a lo largo de más de 9000 km. Uno puede ir hasta Mongolia o la China si quisiese en este tren. Es un tren que no tiene asientos sino catres uno al lado del otro en tercera clase y camas lujosas en primera, donde familias enteras pasan días arriba del tren llevan comida y, sobre todo en tercera, se genera como una pequeña comunidad donde se comparte todo. Bueno, ahí llegamos nosotros, por suerte la agreta de la vendedora nos dio un pasaje de tercera (lo que significaba no sólo muchísima menos plata, también la oportunidad de estar con personas compartiendo el viaje) y fuimos el suceso del vagón, al rato estaba todo el mundo tratando de ayudarnos, nos dieron comida, un mazo de cartas, jugamos con los nenes y nenas que corrían de un lado a otro por el pasillo. Hicimos sólo un pequeño tramo, viajamos unas diez horas, imaginen que el viaje completo dura siete días. Pero fue una experiencia increíble que nos llegó totalmente de arriba como quien dice, gracias a una vinagreta que quería deshacerse de nosotros.


Ya en Ufá (por fin) tuvimos que volver a dormir en la estación porque recién ahí nos enteramos (gracias a un policía que nos prestó su celular) que el lugar al que íbamos no era en la ciudad sino a unos 130 km, y era imposible que nos vinieran a buscar a esas horas. A estas alturas la estación de trenes nos pareció un paraíso. Y al día siguiente, después de otro periplo con una vendedora de pasajes conseguimos llegar, ya absolutamente destruidos, pero muy felices de haber llegado. Una vez en destino uno mira para atrás y… ¡miércole! ¡Qué buena aventura!

Juan y Marian, Los Deambuladores

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