Las mujeres a las que les debemos el "Ulises" de Joyce
La génesis del Ulises, la que es considerada la obra maestra de James Joyce y una de las obras cumbre de la literatura del XX (amén de ser uno de esos libros que la gente finge haber leído), fue complicada. Joyce le dedicó años a la escritura del libro. Como nos cuenta Mason Currey en Rituales cotidianos, Joyce empezó a escribirlo en 1914 y le dedicaba horas de trabajo todos los días. No terminó hasta 1921, aunque a veces avanzaba de forma lenta y casi agónica. En dos días, en una ocasión, solo consiguió producir dos oraciones ya que, como él decía, buscaba las palabras exactas, el orden perfecto de las mismas. Según sus propias estimaciones, el Ulises le llevó unas 20.000 horas de trabajo.
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Trabajar en el libro fue por tanto algo muy duro que requirió mucho esfuerzo por parte del autor, pero lo cierto es que no solo hizo trabajar a Joyce, sino que también hizo que sus editores trabajasen mucho y muy duro. O mejor sería decir editoras, porque, como nos cuenta en Mujeres y libros Stefan Bollmann y que acaba de editar Seix Barral, fueron varias mujeres las que hicieron que el Ulises dejase de ser un tocho de folios para convertirse en una novela publicada y quienes intervinieron para lograr ese momento revolucionario de la historia contemporánea de la literatura.
La primera de todas será Harriet Shaw Weaver, a quien, como nos cuenta Bollmann, Joyce reservó el primer ejemplar de la edición impresa de 1922. Shaw Weaver había sido una de sus mecenas y amigas y la primera defensora del libro. Harriet era la editora de The Egoist, una revista moderna que había publicado durante la década anterior obras de Joyce y que fue el primer lugar en el que se intentó publicar al menos unos fragmentos del Ulises.
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No fue fácil. Sus socios en la revista se oponían a que se publicasen las obras de Joyce (porque su lenguaje era crudo y no lo mejor) y además todos temían que les secuestrasen la publicación. El proceso a D. H. Lawrence estaba reciente (antes de enfrentarse a la justicia por El amante de Lady Chatterley ya lo hizo en 1915 por otro texto). En 1919 solo un impresor se atrevía a imprimir los fragmentos que Shaw Weaver quería incluir en la revista. La editora además consideraba que el libro tenía que salir en formato libro y no en fragmentos en una revista, así que fue a intentar ‘vendérselo’ a los Woolf. Ni Virginia ni Leonard Woolf fueron receptivos al libro. De hecho, Virginia Woolf sería una de esas celebridades literarias que lo odiarían.
La segunda (o segundas, se debería decir) fueron Margaret Anderson y Janet Heap. “Es lo más hermoso que tendremos jamás. Lo llevaremos a la imprenta aunque sea lo último que hagamos en la vida”, nos cuenta Bollmann que dijeron. Anderson y Heap eran la editora y la redactora de The Little Review, una revista literaria vanguardista estadounidense y, como nos explica Bollmann, eran, como la siguiente pareja de mujeres que intervendría en el destino del Ulises, una pareja en la que la relación profesional se acabó convirtiendo en amor.
Su labor dando a conocer el Ulises hizo que el libro llegase o lo intentase a Estados Unidos. Publicaron fragmentos en la revista, aunque eso les acabó llevando a sentarse en el banquillo de los acusados. En septiembre de 1920, la Sociedad para la Prevención del Vicio de Nueva York inició acciones legales contra ambas por estar difundiendo pornografía. El proceso judicial empezó unos meses más tarde, en febrero de 1921. A Anderson y a Heap las defendía gratis un abogado fan de Joyce.
El juicio fue, como era de esperar, una de esas cosas que entran de lleno en la historia de las curiosidades literarias. El abogado usó a Freud como material para la defensa, pero los jueces no tenían ni idea de quien era Freud. Y mucho más sorprendente: parte del proceso consistía en la lectura de los textos en voz alta, para determinar si eran realmente ofensivos. Tanto Margaret como Janet fueron invitadas a dejar la sala, para no ser pervertidas con lo que iban a escuchar. Cuando el abogado protestó recordando que Margaret Anderson era la editora del medio en cuestión, el juez, nos cuenta Bollmann, dijo que estaba seguro de que cuando publicó el texto no lo había comprendido.
La editora y la redactora perdieron el juicio. Les impusieron una multa moderada y les impidieron seguir publicando fragmentos del libro. La sentencia no prohibió expresamente que el libro fuese publicado aunque, como nos explica Bollmann, fue como si lo hiciese. Ningún editor se iba a arriesgar ahora con él.
Y ni donde Harriet Shaw Weaver, operando en Reino Unido, ni donde Margaret Anderson y Janet Heap, en Estados Unidos, tuvieron éxito, lo tuvo (más o menos) Sylvia Beach y en Francia. Ella es la tercera mujer clave en la historia de la publicación del Ulises y la más importante, ya que ella es quien publicó el libro por vez primera. En su caso, podemos sumar a Adrienne Monnier, que era la dueña de la librería que estaba enfrente de Shakespeare&Co, la librería parisina de Beach, y su entonces pareja y que fue la consejera de Beach en esta aventura.
Sylvia Beach estaba convencida, como las mujeres anteriores, de que el Ulises era una obra maestra que tenía que ser publicada. Lanzarlo, sin embargo, era algo complicado (como bien demuestran los casos anteriores) y caro. Para poder lanzar la edición, Beach creó un sistema de suscripción. Los lectores se suscribieron a la edición (los 100 primeros pagaron más pero recibieron el libro firmado por el autor). La idea parece crowfunding, ese sistema tan popular hoy, pero lo cierto es que ya funcionaba cien años antes de que Beach lo lanzara. Muchas novelas del XVIII y del XIX eran editadas así también.
El libro salió en 1922, lleno de erratas e impreso por un impresor francés que no hablaba inglés. Fue un éxito. Beach consiguió posicionar el libro haciendo una apuesta brutal de lo que sería marketing (algo que también hizo Monnier desde su librería) y los primeros días ella misma escribe a su madre que recibe visitas de clientes en masa para ver el libro, picados por la curiosidad. A pesar de ello, Beach no se hizo rica con el Ulises. Joyce bien se encargaba de sablearla.
Fuente: Raquel C. Pico, en http://www.libropatas.com/

