La gran pregunta: ¿la corrupción tiene cura?

Más que un tema cultural hay aspectos puntuales que se repiten ampliamente en una sociedad y se transmiten y replican a través del tiempo.
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“Los países, cuanto más pobres, más corruptos”. No necesariamente. No existe una correlación directa entre pobreza y corrupción. El fenómeno de la corrupción es muy complejo y multidimensional. Tiene que ver con valores, creencias, normas, reglas, instituciones, etcétera. Si miramos a Iberoamérica, por ejemplo, estudios como el Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia International, publicado en 2013, que mide las percepciones de corrupción en el sector público de los países, muestran a Venezuela y Argentina como dos de los peor calificados, sin embargo, ninguno de los dos es de los más pobres. Mas bien, habría que poner el énfasis en la fortaleza o la debilidad de la institucionalidad democrática, según reflexiona el periodista Alejandro Salas en EsGlobal.

Cuando el ejecutivo de un país domina a los otros poderes del Estado; cuando las fiscalías, contralorías, tribunales electorales y otros viven bajo el mando de uno de los poderes, por ejemplo, del Ejecutivo; cuando la prensa no es independiente o está concentrada en manos de unos pocos; cuando los políticos deben favores a grupos económicos poderosos que financian sus campañas; cuando lo que aprenden los niños sobre ética y valores en la escuela no se practica en casa, y cuando la población es pasiva y solo participa de la vida pública el día de las elecciones, hay un campo fértil para la corrupción. Por ello, la correlación entre pobreza económica y corrupción no es lo fundamental. Se trata más bien de un tema de riqueza o pobreza institucional y de participación ciudadana.

“Todos los políticos son corruptos, por eso nada va a cambiar”

Falso. No todos los políticos son corruptos ni la política es un mal oficio. Tampoco es cierto que nada vaya a cambiar. La política es parte esencial de la vida democrática y de la convivencia en Estados modernos. Hay muchos políticos que hacen las cosas bien y que quieren hacer más. Es necesario que nosotros como ciudadanos los identifiquemos y los apoyemos.

Hay que dejar de votar por los corruptos, por aquellos que han estado involucrados en actos indebidos. Es asombroso, independientemente del país o de la ideología del partido político, que se siga votando por alcaldes, diputados y otros que son conocidos por los abusos de poder y delitos de corrupción como fraude, evasión fiscal, enriquecimiento ilícito o que simplemente no hacen más transparente la información sobre ellos a los votantes.

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Usemos un ejemplo sencillo. Si tengo que llevar mi automóvil a reparar, ¿lo llevo al mecánico que sé que en las últimas tres ocasiones me cobró muy caro y el coche se volvió a estropear una semana más tarde, o busco un mecánico nuevo en quien pueda confiar? La respuesta es obvia. Entonces, ¿por qué no aplicamos la misma lógica a los políticos y a los partidos y dejamos de apoyar a los que tienen malos antecedentes? El voto es la primera y más accesible herramienta que tienen los ciudadanos para sancionar a los corruptos.

“En España y América Latina existe mucha corrupción, es una cuestión cultural”

Depende. Si entendemos cultura como una región geográfica con ciudadanos con orígenes, historia y otros elementos comunes, como podría ser Iberoamérica, definitivamente no. Los ciudadanos de España, Perú, Costa Rica, Brasil o Argentina, por ejemplo, no son por nacimiento o cultura más o menos corruptos que los de los Balcanes, Asia Central, Escandinavia o el Norte de África.

Cuando miramos los resultados del más reciente Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia International vemos que estados como Uruguay y Chile obtienen calificaciones muy positivas, a la par de países como EE UU, Irlanda y Francia, incluso por encima de Austria o Estonia. Por el contrario, otros países de la región como Venezuela o Paraguay están en la parte más baja de la tabla, peleándose las últimas posiciones con Angola, Congo, Myanmar o Yemen, solo por nombrar algunos. España es un país de media tabla, obtiene una calificación de 59, donde 100 es un país percibido como muy limpio y cero como muy corrupto.

La corrupción ha estado presente en la historia de la humanidad y se ha manifestado en las diversas sociedades. Por ello, más que un tema de cultura en el sentido más amplio de la palabra, es importante entender aspectos puntuales que se repiten ampliamente en una sociedad y se transmiten y replican a través del tiempo. Por ejemplo, el nivel de tolerancia que ciertas sociedades muestran a la corrupción. Ahí sí se observa que en varios países de América Latina existe un alto grado de tolerancia.

“La corrupción es incurable, hay que aprender a vivir con ella”

Para nada. Definitivamente se puede cambiar. Los ciudadanos no tienen que aceptar y resignarse a vivir con la corrupción. Hay que reducir la tolerancia hacia estas actividades y trabajar en generar cambios. Además, hay que ser realistas, esto no es tarea solamente de un presidente o de un solo individuo. Se necesita de alianzas entre los ciudadanos y los sectores público y privado.

Hay que empezar por entender que la corrupción, por más pequeña que parezca, tiene consecuencias muy severas. Por ejemplo, si se le da un soborno a un inspector de una municipalidad para que me deje operar un club nocturno sin las medidas de seguridad en regla, el día que hay un incendio y fallecen varios jóvenes, el origen del problema fue, en gran medida, ese soborno. Es responsabilidad de todos entender que un acto indebido, por más mínimo que parezca, tiene consecuencias.

También hay que fortalecer y mejorar las reglas e instituciones que previenen y castigan la corrupción. Necesitamos leyes que permiten el acceso a la información, mejores sistemas de compras públicas, más esquemas de gobierno electrónico, controles efectivos y autónomos por parte de las instituciones responsables del control y auditoria, entre muchas otras.

Además, es clave contar con ciudadanos que activamente demanden transparencia. La democracia no se vive solamente el día de las elecciones, es ahí donde empieza. Es necesario vivir en democracia pidiendo rendición de cuentas de los políticos que elegimos y a los funcionarios, cuestionándolos cuando no estamos de acuerdo.

Finalmente, y este es un elemento clave, es preciso que exista el castigo a los corruptos. La impunidad se da cuando no se castiga a alguien que ha cometido una falta. Lamentablemente, con los casos de corrupción esto sucede con frecuencia. Quienes tienen los medios o la capacidad de evitar el castigo, ya sea por su influencia, recursos financieros o porque conocen bien las debilidades del sistema, suelen evadir el castigo o negociar uno mucho menor al que correspondería en proporción al daño cometido.

Es imperante que no les permitamos salirse con la suya. De otra manera, no existe un incentivo para ir por el buen camino, para que aquellos que están en posición de corromperse se inhiban. Cuando empecemos a ver a más corruptos que son castigados, ya sea formalmente por las instituciones encargadas de impartir justicia o por la población, a través de medidas simples como dejar de votar por ellos si son políticos, dejando de comprar sus productos y servicios si son empresas, o simplemente marginándolos socialmente, habremos dado grandes pasos en el duro camino para eliminar la corrupción.

Por todo esto, no es sorprendente que en la más reciente medición de percepción de la corrupción de Transparencia Internacional España haya sido uno de los países, junto con Siria, que más retrocedió. A pesar de los escándalos frecuentes y las denuncias, hay muy pocos castigos, muy pocos cambios profundos e incluso se promovió una reforma a través de la Ley de Transparencia, aprobada el noviembre pasado, que se queda muy corta ante las necesidades actuales del país.