#VotoConClases: ¿Por qué "no se puede"?

Una idea que busca aportantes y consiguió detractores: ganarle un día de clases al mar de frenos que impiden cumplir con lo básico en las escuelas.
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Gabriel Conte

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 El "no se puede" disfraza lo que la política ha hecho con la sociedad en la Argentina (o viceversa): un falso progresismo que esconde una realidad conservadora, una ausencia de vocación que es coptada por la inercia sin más. La demagogia es más aplaudida que los hechos concretos y por lo tanto, ¿por qué algún dirigente impulsaría un liderazgo rotundo para hacer que cada cosa funcione en su lugar si es suficiente con mentirle a una sociedad que aparece dispuesta a aceptar gustosa que le mientan? "No se puede", es la respuesta a flor de piel de unos y otros y, con ello, nos consagramos a que todo siga igual. "Igual de bien", responderán los mejores alumnos del status quo e "igual de mal" los pesimistas, entre los que tampoco vale enrolarse, porque terminan el consagrando el "no se puede", el "nada va a cambiar".

Esta actitud la hemos podido ver en su dimensión más simple y absoluta con el sencillo planteo de querer sumar un día más de clases pidiendo que limpien las escuelas la noche tras las elecciones y no suspendiendo el dictado el lunes siguiente. Está claro que una jornada más de escuela no cambia la realidad del país, pero si no se puede empezar por un objetivo corto y plausible, menos se podrá con lo otro. ¿Para qué adherimos con pompa a una ley que habla de 180 días de clases (aunque la mayoría de los países apunta a los 200) si no hacemos nada para cumplirlo y más aún: hacemos todo porque eso no ocurra?

El 19 de mayo pasado, el columnista de temas educativos en el programa "Uno nunca sabe" de MDZ Radio, José Thomas, explicó la iniciativa con claridad: "Ecuador da clases, pero en Argentina lo hace Córdoba y Río negro. ¿Para que sirve la campaña? Para que los días de clases sean eso: días de clase y no otra cosa. Es una responsabilidad que no es solo de las escuelas. Ellas le prestan a la sociedad los establecimientos para una jornada cívica. ¿Qué tal si se votara en los shopping los domingos? ¿Suspenderían las ventas los lunes?", explicó. Agregó luego: "Limpiar las escuelas en estas ocasiones es un tema de la comunidad y no solo de la DGE. Lo que tiene que hacer la DGE es liberar a las escuelas y que con la comunidad las limpie. Debería ser al revés de como es ahora: que la escuela que no llegue a ser limpiada, pida ser liberada del día de clases". Lo que planteó es que la suspensión de clases sea la excepción y no la norma general.

Desde MDZ planteamos que, además, la limpieza de los establecimientos educativos en la noche de las elecciones podría ser asumido por los partidos políticos dentro de sus costos electorales. Y quedó claro que desinfectar la escuela no es nada del otro mundo: agua, lavandina, detergente, escoba y lampazo. Por lo que domingo a la noche o lunes en la mañana, da igual.

Al planteo, se sumó el cambio de opinión de la DGE que ahora sí coincide con el planteo, cuando en años anteriores se negó tajantemente a tal posibilidad. Pero lejos de sumar sus fuerzas e ideas para ver cómo se implementa la medida, por las dudas desde sectores gremiales se escudan en un "no se puede".

La opción por el "jubileo" ha sido la más a mano. Nos hemos acostumbrado a ello al punto de confundirlo con un derecho, cuando en realidad hay deberes que cumplir y que, sinceramente, no representan ni una claudicación sindical cumplirlos, ni una derrota de logros obtenidos. ¿Es un día menos de clases un logro al que aspira un sindicato, una familia, el gobierno educativo? ¿O es un traspié a superar con decisión, ingenio y, en todo caso, dinero?

La respuesta recibida desde los sectores gremiales es tan rara y anacrónica, como que digamos que sería deshonroso mandar a los celadores a limpiar las escuelas, cuando se supone que fueron contratados para eso y se les debe pagar por ello y respetar todos los derechos que tienen, cosa que no pone en jaque el hecho de pretender que haya un día más de clases. ¿Son los celadores los que no quieren limpiar o los dirigentes que creen que los representan bien dejándolos como personas que se niegan a trabajar? ¿Y si nadie más quisiera hacer lo que tiene que hacer? 

Es insólito tener que explicar todo esto. Pero es necesario, porque la resistencia al cambio llega por múltiples sectores, aunque la demanda de "más y más" los unifica. Hay acuerdo con que nos hace falta "más y más". Pero esa demanda que hacemos todos para crecer, tener más riqueza y más igualdad en la distribución de los recursos, no llegará repitiendo siempre el mismo libreto, oponiéndonos automáticamente a cualquier perspectiva de redireccionamiento de las cosas o pronunciando, una vez más, el "no se puede" que tenemos siempre al alcance de la mano.

Hay muchas cosas para analizar y muchas más voces que una pueden alentar un debate más completo, pero siempre y cuando no se transforme en un largo alegato de la resistencia al cambio o la porfía en que todo siga tal como está (aunque se use ese argumento y actitud -irónicamente- para "estar mejor").

Pero hay algo que si no ayudamos a que todos lo comprendan, al menos "bajo protesta" -pero que al fin entiendan que está pasando- este pataleo en el mismo barro de siempre terminará por entregarnos sin posibilidad de resistencia, a los robots y la tecnificación, que vienen por todo. No tendremos a quién patalearle ya. El futuro ya no es a 30 o 50 años vista, como cuando se pensaba en "planes estratégicos", sino inexorablemente viene a toda velocidad hacia nosotros. Y su vértigo nos puede tomar desprevenidos o atentos: una opción que sí está a nuestro alcance definir.