Política No son amigos, ¿qué los une?

Unidos por el espanto: el destino borgeano de Cambiemos

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Gabriel Conte

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Unidos por el espanto: el destino borgeano de Cambiemos(Télam)

Unidos por el espanto: el destino borgeano de Cambiemos | Télam

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Unidos por el espanto: el destino borgeano de Cambiemos | Télam

Y la ciudad ahora es como un plano

de mis humillaciones y fracasos;

desde esa puerta he visto los ocasos

y ante ese mármol he aguardado en vano.

Aquí el incierto ayer y el hoy distinto

me han deparado los comunes casos

de toda suerte humana; aquí mis pasos

urden su incalculable laberinto.

Aquí la tarde cenicienta espera

el fruto que le debe la mañana;

aquí mi sombra en la no menos vana sombra final se perderá, ligera.

No nos une el amor sino el espanto;

será por eso que la quiero tanto.

Y la ciudad ahora es como un plano.

Buenos Aires, Jorge Luis Borges.


No son amigos ni tienen por qué serlo. En la política basta que haya un núcleo de ideas básicas y un proyecto para trazar un camino que les permita transitar, con más o menos cargas y obstáculos, una ruta en común. Los unió, en su momento, el espanto que les causó la serie de secuelas que -de acuerdo a su canon político- dejó el paso del populismo por la Argentina, sobre todo con el último de sus exponentes, el peronismo en fase kirchnerista. Y luego, se desunieron como corresponde a toda empresa de gestión con estigma argentino: olvidaron marcar su propio rumbo, dejar en claro suficientemente que la ruta era diferente a la anterior y no solo una versión pavimentada. Y ahora, el frente Cambiemos luce unido una vez por otro espanto, el que se pegaron al mirarse en el espejo de sus propias acciones. Allí están todos, una vez más, posando para la foto a la sombra de los árboles de la Residencia Presidencial de Olivos.

Volvieron los que habían sido "desinvitados" a la Mesa Chica del Presidente, el lugar en donde se toman todas las decisiones, guste o no a los aliados del PRO. Se trata de ese pequeño grupo de empresarios poderosos que le hizo caso a Cristina Fernández de Kirchner, se organizó, armó un partido y ganó elecciones.

Elisa Carrió exageró los elogios al extremo de dar una vuelta completa desde el "quiero apoyar" hasta provocar el casi repudio, precisamente, por exceso de vehemencia. No tiene otro camino. Su partido es ella, su Twitter y un grupo de periodistas a los que les pasa información y la entrevistan cada tanto en tono épico. Al radicalismo -calificado ya en MDZ como un "viejo mañoso"- le costó mucho más conseguir consenso para su "Ok" a las medidas que el Gobierno no le había consultado previamente. Esto lo facturó exigiendo constituir un espacio amplio que los incluyera, al menos para la foto.

Desde el PRO dicen que el lugar de la UCR lo ocupa Ernesto Sanz porque con Cornejo están disgustados por haber maltratado públicamente al ministro de Energía, Juan José Aranguren. Antes se habían disgustado con el sanrafaelino y nunca más lo llamaron para que fuera. Y no fue más, hasta ahora. Así andaban, de enojo en enojo, de disgusto en disgusto, y en política solo hay una frase científica e históricamente comprobada: "El que se calienta pierde". Los radicales dicen que Sanz ahora está al servicio del radicalismo en forma orgánica y que responde fielmente al gobernador mendocino y que por eso está ahí. No hay coincidencia: no son amigos. Los une una concatenación de espantos.

Sin embargo, hay una lección aprendida de la foto de reconciliación mostrada como fortaleza: la política logró traspasar la obstinación del núcleo duro de decidirlo todo de prepo (haya sido este un capricho exclusivo del jefe de Gabinete Marcos Peña, de "los ojos de Macri", junto a Gustavo Lopetegui y Mario Quintana o una decisión del mismísimo Presidente) y volvieron a la mesa figuras relevantes para el macrismo, como el inventor de su existencia política, el empresario Nicolás Caputo.

Este Caputo fue quien impulsó a Macri al poder. "Hermano", amigo de toda la vida, había sido corrido de la cercanía presidencial como tantos otros. Alguien se dio cuenta que ese vacío había provocado un efecto tornado, expulsando a muchos dirigentes al extremo de amenazar con irse a la oposición, como sucediera con Rogelio Frigerio y Emilio Monzó. Volvieron todos. Ganó la faceta política de Cambiemos y perdió la pulseada la faceta económica que, evidentemente, no había tenido éxito.

No son amigos, los une uno o mil espantos. Y por eso, a la hora de deshacerse de culpas, un otrora funcionario de muy bajo perfil como Quintana, uno de los vicejefes de Gabinete, culpó al radical Alfonso Prat Gay de haber asesorado mal al Gobierno, tratando de salvar al titular del Banco Central, Federico Sturzenegger, de cualquier sospecha de impericia, tras el descalabro del dólar de las últimas semanas. Prat Gay fue uno de los dos economistas a los que la UCR escuchó en medio de la crisis y que, con cierta torpeza (debido a que no se los quiere en el PRO, por una cosa o por otra) le espetaron a Peña en medio de la crisis. El otro es Martín Lousteau. Tras ser vetados de algún modo por el puño cerrado de Peña, los radicales hicieron un casting: además de Lucas Llach, que está de vicepresidente del Nación, hablaron de los méritos y batallas que lleva adelante Rodrigo Pena junto a Luis Caputo, en Hacienda. Pero mencionaron la militancia mediática del más PRO de los economistas radicales, Martín Tetaz, y la certidumbre que generan los análisis de un veterano como Roberto Frenkel. Con eso, empezaron a empardar posiciones y a comprenderse.

Ahora resta que Cambiemos comprenda que para transitar el camino juntos no hace falta generar espantos propios, sino que ya hay bastante para unirlos y ponerlos a trabajar. El año electoral les jugará zancadillas. Ahora el éxito o fracaso está en sus propias acciones.