Todo al revés: ponete la capucha y palpá de armas al policía

La Argentina merece la oportunidad de poner cada cosa en su lugar para poder empezar a vivir tranquilos, como corresponde, sin sobresaltos ni amenazas.
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Gabriel Conte

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Todo al revés: ponete la capucha y palpá de armas al policía

Todo al revés: ponete la capucha y palpá de armas al policía

Hay una exagerada valoración en nuestro país del debate permanente. La discusión política, tema por tema, y con sus tiempos perfectamente delimitados debería llevarnos a una conclusión, y no a más debate. Se elige al debate como objetivo, no como medio para solucionar los problemas y todavía hay mucha gente que cree que lo bueno de discutir es discutir, y punto. No espera más nada de ello: solo un par de monólogos que transitan en paralelo y que, mientras más violencia contengan, más disfrazados de razón creen que están.

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En la Argentina hay una rara situación en la que las cosas están al revés y aquellas que están bien, son sospechadas por su  "corrección" y, por lo tanto, se hace todo lo posible para ponerlas pata para arriba.

No debería extrañar entonces que se le llame "democracia" al culto a las decisiones de un solo líder, a quien se sigue cual a deidad del pasado. Ni que el pluralismo, los equilibrios y el control sean vistos con desdén desde esos mismos sectores que promueven a boca de jarro tal "democracia".

Y es en ese contexto en el que grupos de encapuchados se apropian del espacio público, asumen funciones policiales y hasta judiciales, por fuera de las leyes y sin embargo, los acusados de ser antisistema son los que buscan permitir la libre circulación y la vida sin tribulaciones de los no encapuchados, los que no tienen prurito de transitar a cara descubierta por las calles.

Pero hay más en el país del revés: los que están en puestos gremiales para defender a los trabajadores son patrones, millonarios y viven a galaxias de distancia de la forma de supervivencia de un empleado promedio de su gremio.

Los que administran justicia son mirados de reojo porque cajonean causas o las sacan rápido, al ritmo de la política.

Hay peores ejemplos: el que investiga al poder público por posible traidor a la Patria, aparece muerto. Y sus colegas de la justicia no consiguen hacer lo único que se les pide y por lo que se les paga: eso, hacer justicia.

Aquí, a grupos que asumen identidad aborigen se les permite ejercer una nacionalidad propia dentro de un país al que se niegan a pertenecer, al punto de que impiden el ingreso de representantes de los tres poderes del Estado que son garantía de la República a territorios de los que se apropian. Palpan de armas ellos a los agentes de la ley. E impiden investigar en una escena de un presunto crimen, pero acusan de todos sus males a los quién nada pueden hacer sin su venia, supervisión o conducción.

Todo esto y mucho más es el resultado de años de somnolencia social en torno a la política. Y si la ciudadanía sigue bajo la hipnosis que les hace valorar estas fantasías psicodélicas que una importante porción de la política cultiva, valora y defiende, seguirá también despertándose en medio de pesadillas en forma cíclica.