Sin reelección, igual nos convertimos en "Catamarca"

Sin caudillo, hubo caudillismo. Si no, ¿cómo se explica el estado de situación en el que cayó la provincia? Vamos a contramano del mundo.
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Santiago Montiveros

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Sin reelección, igual nos convertimos en "Catamarca"(Pachy Reynoso/MDZ)

Sin reelección, igual nos convertimos en "Catamarca" | Pachy Reynoso/MDZ

Sin reelección, igual nos convertimos en "Catamarca"(Pachy Reynoso/MDZ)

Sin reelección, igual nos convertimos en "Catamarca" | Pachy Reynoso/MDZ

"¿Habría New Deal en Estados Unidos si Franklin Delano Roosevelt no hubiera podido reelegirse? La reelección de un gobernante no es mala en sí misma y en ocasiones, es necesaria". Palabras más, palabras menos, la cita le pertenece al profesor de la UNCuyo Jorge Hidalgo, fallecido recientemente. Lo que ocurre es que, en Mendoza, esa idea es inaplicable. A ciegas, se ha puesto a la provincia como ejemplo de institucionalidad porque el gobernador se tiene que ir sí o sí después de haber gobernado cuatro años, sin importar si lo hizo bien o mal.

El conservadorismo mendocino implica cierta hipocresía. Se defiende la Constitución -tan antigua que ya enterró a todos los que nacieron con ella- porque evita el surgimiento de caudillos, pero el mendocino mira a la derecha y se deshace en elogios para la San Luis de los Rodríguez Saá, y levanta la mirada y no comprende cómo cambió San Juan desde que José Luis Gioja se hizo cargo de una provincia que atravesaba una crisis peor que la de Mendoza. ¿No podemos llegar a un punto intermedio?

Sin mencionar las contradicciones que surgieron de esta Constitución, como la reelección indefinida de legisladores, intendentes y concejales, se le ha puesto un freno a la reforma sólo para evitar gobernadores de ocho años. En su momento, fue el radicalismo el que con argumentos poco claros lo rechazó y, ahora, el peronismo. Implícitamente, ambos coinciden en algo: se trata del punto más importante de un eventual proyecto de reforma.

Mientras se quería evitar ser "Catamarca", lo fuimos: el Estado se volvió una bolsa de empleo para punteros políticos, la política se respaldó sobre ellos para decidir su futuro y las empresas dependieron más de lo que el político de turno decidiera que tenía que hacerse. Sin caudillo, la política se volvió caudillesca; y si bien el gobernador no pudo reelegirse, no tuvo la misma restricción el aparato partidario que se ocultó detrás de las figuras de Celso Jaque y Francisco Pérez.

Casualidad o causalidad, hay sólo dos provincias "grandes" que no han aportado presidentes al país, justamente las dos en las que no está permitida la reelección del gobernador: Mendoza y Santa Fe. La mayoría de los jefes de Estado surgió de Ciudad y Provincia de Buenos Aires, Córdoba y Tucumán. Quizás, haya una explicación: ¿puede un gobernador mendocino posicionarse como una alternativa presidencial en apenas cuatro años? Carlos Menem y Néstor Kirchner se sentaron en el Sillón de Rivadavia después de gobernar dos y tres mandatos en La Rioja y Santa Cruz, respectivamente.

Nuestro pequeño orgullo del pasado de que no exista la reelección del gobernador es tan absurdo e hipócrita como que eso no impidió que en los municipios se montaran verdaderos aparatos de caudillismo, sin que nadie hiciera nada para desmontarlos. Y a juzgar por los resultados, Mendoza ya no es el faro para el país que se soñó cuando sorprendía por su impulso dentro y fuera de Argentina.