Repudiemos el golpe; promovamos un golpe

El insólito discurso del kirchnerismo encierra paradojas que, con la luz prendida y a la vista de todos, esta vez nos permite ver la dimensión política de cada uno de los que juega en la democracia.
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Gabriel Conte

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Repudiemos el golpe; promovamos un golpe

Repudiemos el golpe; promovamos un golpe

Repudiemos el golpe; promovamos un golpe

Repudiemos el golpe; promovamos un golpe

El hecho de que la expresidenta Cristina Kirchner considere al presidente Mauricio Macri "un mafioso sostenido por los medios" adquiere relevancia solo al ser publicada la escucha telefónica en la que presuntamente lo dijo. No fue una arenga a la militancia pronunciada abiertamente. De haberlo sido, sería una bajada de línea que podría leerse así: "Macri no es nadie y no tiene respaldo ciudadano; hay que bajarlo".

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Pero aunque no lo dijo ella, lo sostienen sus militantes en cada momento en que pueden exhibir su furia por haber sido desalojados del poder mediante el voto popular. En esas expresiones tampoco mencionan la palabra "ciudadanos" o "ciudadanía". Prefieren desempolvar el manoseado término "pueblo", del que exhiben falsas credenciales de propietarios, como de tantas otras cosas y luchas de las que se apropiaron. Claro, cada quién decide quién es "su" pueblo y lo legitimiza, dejando a muchos otros ciudadanos una etiqueta que sería -en ese contexto- "el antipueblo" y, por lo tanto, bien puede ser oignorado. Nada nuevo en la Historia, por cierto.

Eso pasa en hoy en día en Venezuela, por ejemplo, y posiblemente haya mucha gente que crea que lo mejor que nos podía pasar como sociedad es ser como Venezuela. Pero mientras haya elecciones libres, "su" pueblo y el "antipueblo" tienen derecho a votar y así pasó y se decidió otra cosa. Las reglas que no pudieron cambiar (aunque lo intentaron) cuando ostentaron el poder deciden que aunque sea por un voto, el que gana, gobierna, aunque no por la eternidad, como también intentaron hacernos creer que nos convenía, con aquella propuesta de la "Cristina Eterna" que enarbolaban los que hoy exigen democracia creyendo, además, que el hecho de que no sean ellos los que ganaron los habilita a cuestionar la matriz del sistema.

Así, por ejemplo, al salir a copar los actos de repudio al golpe de 1976 en el que los partidos políticos y la sociedad toda tuvieron mucho que ver al no poder resolver con herramientas democráticas la interna feroz dentro del peronismo, lo que quedó en superficie en un insólito llamado a que el actual gobierno "se vaya lo antes posible", tal el clamor de quienes dicen repudiar unos golpes, apoyando otros, según su propia conveniencia para llegar a tomar el poder. La vocera más clara no fue Cristina Kirchner, sino Hebe de Bonafini, acompañada por el estado mayor del kirchnerismo en los actos: "Basta de ser democráticos para ser buenitos. Yo me cago en los buenos, no soy buena. Es verdad que soy una fanática, fanática de la política, de la lealtad. Soy fanática del legado de Néstor y de Cristina", lanzó como consigna.

Hay un lado interesante de lo que está ocurriendo en esta escalada por mostrar que "el pueblo" o "la gente" (en un discurso más sarandeado sobre aquél) y es que lo que antes sabía tan solo una elite sobre las verdaderas intenciones de unos y otros grupos políticos en Argentina, ahora es palpable y evidente, y se somete en toda su desnudez a discusión. Nada impide que unos y otros opinen y eso da como resultado que no veamos la realidad a través de un único cristal, sino de varios. Aun con los filtros que cada sector interesadamente le quiera poner a la mirada sobre el país, está todo ahí: qué piensa quién, qué hace cada cuál, que buscan unos y otros y en donde nos dejan (y dejaron en el pasado) cada uno que detentó el poder.

Es un buen momento de la historia para barajar y dar de nuevo por lo que dice una frase muy sabia: "Aquellos que olvidan su pasado están condenados a repetirlo".