Ponerle pasión a la mesura: un elogio del equilibrio

Nos empujan a optar por alternativas políticas que quieren alinearnos con alguna oferta pasional del mundo en que vivimos. No es necesario sumarse.
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Gabriel Conte

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Ponerle pasión a la mesura: un elogio del equilibrio

 La desmesura social, política y económica es la marca de todos los años en que a la Argentina le fue mal, aunque grupos de argentinos se identifiquen con algunos de esos momentos porque particularmente crean que les fue bien. El descontrol, el abuso del uso de la mentira para conseguir adhesión y el latrocinio justificado masivamente en el "roban pero hacen" han sido la condición constante de un país que hicieron que en lugar de estar posicionados globalmente por nuestro nivel de vida, de educación, de progreso en cualquier ámbito, terminemos siendo un ratón de laboratorio para tratar de entender el por qué del fracaso humano.

Hace un tiempo en el programa "Mesa MDZ" por MDZ Radio dialogamos sobre la importancia de que nos permitamos un "momento gris" en la política, sin falsos colores atractivos pero que terminan siendo una trampa para los incautos apasionados de siempre. Fue allí cuando hablamos con el periodista Miguel Wiñazki, de una vasta trayectoria, quien elogió la ausencia de carisma en los gobernantes, algo que jamás pensamos que podríamos hablar en un medio de comunicación argentino en donde se apuntó siempre a destacar lo opuesto a este planteo. "El ultracarisma -nos dijo- nos gobernó durante mayor parte de nuestra historia, y generó un fenómeno de latir místico peronista y folclórico radical" que nos dejó así como estamos. 

La pasión ha hundido una y mil veces a la razón y no hace falta ir más allá de un partido de fútbol para darse cuenta de esto, aunque también podemos verlo en actitudes sociales como las que le dan más importancia a amuchar gente en una marcha que al resultado del voto en elecciones libres. Y esa pasión exacerbada y manipulada por dirigentes que tienen claro cómo han venido funcionando las cosas tienen un destinatario conocido: ellos mismos. El resto, queda revolcado en el barro generado por quienes apuestan al desequilibrio, el festival de retórica efectista y la exacerbación de los sentimientos.

No fue lo que hicieron los próceres, por cierto, aquellos a quienes les tocó la tarea de fundar un país: no necesitaron montar un circo sino hacer lo que tenían que hacer, poniéndole su propio cuerpo a los desafíos de la época.

Por eso en la Argentina no resulta un dato irrelevante que muchos hoy, de diverso origen, se sientan incomodos en medio de un proceso en el que a las cosas se las vuelve a llamar por su nombre: ladrón al que roba, ganador al que gana, perdedor al que pierde.  Provocadores a los que provocan y que no son víctimas, sino de sus propias patrañas para victimizarse. La verdad dicha sin posverdades y más allá del dolor que puedan provocar y el país exhibido en su desnudez de datos duros, sin maquillaje, en medio del mundo que tenemos y el que viene.

Resulta interesante contar con la oportunidad de transitar el camino elegido por la sociedad de experimentar una pausa en las pasiones enfrentadas para buscar qué hay que hacer y de qué forma, para que todos podamos vivir tranquilos. Y la tranquilidad no es tener un policía al lado de cada uno: es poder comer todos los días, tener chances de mejorar nuestra forma de vida una generación tras otra, disfrutar del ocio y los placeres, además de cultivar formas de solidaridad no sectarias ni discriminatorias entre círculos de pertenencia.

Para que esta nueva forma de vivir en equilibrio ocurra es importante despojar de valor a los que nos quieren usar cual titiriteros de sus objetivos y darle un valor a la política de "servicio público", no de asalto al poder a como dé lugar.

Podemos mirar hacia el mundo y definir, por ejemplo, si queremos ser parte de la locura desenfrenada que nos muestra Venezuela, o de los desbordes del capitalismo estadounidense que parieron a Donald Trump y resucitaron el racismo; el pánico de una Europa en donde el terror ya cumplió su objetivo y la desazón de los sectores de Oriente en donde aquellos desbordes de los "padres del capitalismo" dieron origen a otros monstruos en medio de su propio desborde por acumular poder a través del petróleo. 

La oferta política en la Argentina todavía empuja a elegir entre eso que hay y que es horrible. Pero existe la opción de cambiar de raíz y adquirir una personalidad propia, de una vez y para siempre. Ese camino está abierto por primera vez y las condiciones internacionales favorecen su desarrollo: están todos demasiado ocupados en sus tropelías para tener que ocuparse de lo que pasa aquí. Y un nuevo desequilibrio pasional podría empujarnos hacia cualquiera de esos abismos.