Política Escribe Gabriel Conte

Ni un paso atrás en la historia: esta es la oportunidad

¿Vivimos un momento de transición hacia una Argentina sin falsos mesías? La principal tarea es que quien trabaja no sea pobre.
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Gabriel Conte

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Ni un paso atrás en la historia: esta es la oportunidad

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Ni un paso atrás en la historia: esta es la oportunidad

 A lo largo de la historia argentina se han establecido presuntas instancias gubernamentales "de transición", legales e ilegales, que finalmente no lo fueron. En todo caso, alguna de ellas -como lo fue la recuperación de la democracia en 1983- fue tan solo una primera etapa, sometida tan pronto como se pudo a los contrapesos de poderosos (empresarios, sindicalistas y políticos) que ocupan -aun hoy- lugares de confort y poco les importa que socializarlo con el resto del país.

La idea de un eterno volver a empezar no es tan solo ilusión, sino que se vuelve reiteradamente una pesadilla hecha realidad. Pasan los años y esos mismos "mandamás" -en muchos casos anónimos, no auditados socialmente, ajenos a la interpelación mediática o de cualquier otro tipo- siguen gozando de una salud envidiable, eternizados en estructuras de diverso tipo, a veces enfrentadas entre sí, pero que jamás llevarían sus peleas por más pedazos de la torta a un extremo que los lleve a la extinción.

Podría decirse que hoy, si la gestión de Cambiemos deja de lado cualquier pretensión épica sobre su paso por la historia, podría encarar una verdadera oportunidad de transición hacia una Argentina plena.

Hasta hoy, quienes se han empoderado bajo la consigna de "representar al pueblo", lo que han hecho, en realidad, es lo inverso: moldearon la sociedad cuantas veces tuvieron su turno de gobernar a sus propósitos, dejándola a merced de sus dádivas y, por lo tanto, convirtiendo la sagrada condición de "ciudadanos" en la vulnerable y manipulable posición de "clientes".

¿Por qué Cambiemos es quien tiene la oportunidad? Porque más allá de que se llame Mauricio Macri el presidente y que tenga su partido, y a la vez que él, los suyos o sus aliados busquen intrínsecamente réditos para sí, son una fuerza diferente a la que ha gobernado en el último medio siglo y, a la vez, se nutre de personas que han vivido, gozado, sufrido los altibajos del país en todo ese tiempo, desde adentro y afuera de la política o de las estructuras de poder fáctico.

Tiene todo para hacerlo. Hay que determinar, aun, si posee la energía y capacidad de encararlo y, para ello, el principal obstáculo a vencer es exorcizar a sus propios fantasmas del pasado y no tanto a los que azuzan en su contra quienes fueron desalojados por el voto popular del ejercicio de los poderes públicos hace poco más de un año.

Pero llevamos más de 12 meses sin cadenas nacionales que buscaban lavarnos el cerebro con discursos, daos, obras que fueron traicionados por sus "patas cortas" no bien se corrió el telón. En este pequeño lapso de tiempo, se hicieron añicos las verdades relativas construidas con estadísticas mentirosas y con mucho más que ello: miles de millones de dólares repartidos entre empresarios para callarlos, dominarlos, manejarlos y para montar medios de comunicación capaces de decir las barbaridades que se le antojaba a la usina política sin restricciones.

Otros sectores fueron conquistados con esos espejos de colores: los de la progresía anticapitalista que se vieron por primera vez cobrando salarios altísimos, incuestionados, por hacer poco más que aplaudir o buscarle formas simpáticas de encubrimiento a quienes abusaban del poder, desde la comodidad de cargos que jamás hubiesen logrado por mérito propio. Desalojados de allí, ahora rememoran -chau anticapitalismo- el consumismo de los tiempos recientes como el "gran valor" de la época, a la vez que repiten como rosario diario las mentiras que ayudaron a construir bajo el falso nombre de "estadísticas económico sociales".

Pero estas son las nimiedades que nos hacen tan falibles como humanos que somos. Queda por delante la proyección a lo grande de un país en donde quepamos todos, en el que la justicia nos trate de igual forma y la economía sea el resultante de esfuerzos de categoría equiparable y no solo una cuestión de suerte o cercanía al poder.

Ya sabemos cuántos pobres hay. Seguirán apareciendo los que quieren que lo sigan siendo, alegando una "dignidad" en tal condición que la realidad desmiente a gritos. Pero tendrá que aparecer como contrapeso el concepto de ciudadanía que de cuenta de que quien trabaja no puede ser pobre. 

¿La pobreza no debería ser, acaso, una condición límite de quien se quedó sin empleo y allí sí tenemos que salir todos en tanto constituyentes del Estado a ayudar? 

Hoy hogares en los que todos los adultos trabajan son pobres: una inequidad inaceptable, pero recibe un balsámico consuelo desde sectores político religiosos que prometen darles lo que les falta en cuotas, a cambio de su lealtad.

La Argentina del pasado es esa. Aquella en la que unos grupos de iluminados tenía en sus manos el destino de los demás, mientras ellos se asignaban una categoría social superior en la que les estaba permitido enriquecerse a costa del resto.

Es cierta y valedera la consigna "ni un paso atrás". 

Esta vez, su aplicación debería ser menester de todas las fuerzas, más allá de la pantalla ideológica que adopten, del caballo de Troya al que se suban para intentar tomar el poder por asalto o de lo que realmente piensen en el fondo, si es que todavía hay núcleos de ideas que conforman fuerzas partidarias y no solo maquinarias electorales.

Ni un solo paso atrás en la historia, porque lo que viene tiene que ser de todos, sin que esto represente una consigna facilonga: mejor, un país en donde todos tiremos hacia arriba y en el que la distribución de la riqueza sea real y no solo la de las arcas del Estado o la de aquellos empresarios con cuyas empresas bandas delictuales conformadas por dirigentes políticos se quieren quedar.

Millones ya decidieron no escuchar los cantos de sirena en la última elección presidencial y dejó sorprendidos, con "las manos en la masa" a muchos de los que apostaban a la continuidad de un status quo disfrazado de progreso social con maquillaje de mala calidad. Es un rumor extendido (y, por lo tanto, una "no verdad" que ha logrado popularidad) aquello de los gritos insultando "al pueblo" de la expresidenta en la Residencia de Olivos, tras conocer el resultado electoral, y que se atribuye a los propios empleados del lugar como voceros.

Haber tomado esa decisión ya representa un puntapié fundamental, un empujón en la Historia que no puede dejarse solo en inercia.

Macri podrá ser el artífice o tan solo una figura más de transición. Pero sin dudas, más acá o más allá de su figura personal, la oportunidad está al alcance de la mano y no sirve que seamos meros espectadores por televisión o vía redes sociales. Todos tenemos tarea por hacer. Sobre todo, no dejarnos engañar nunca más por nadie.