Llegará el día en que no hablemos de ñoquis...

El comentario editorial de Gabriel Conte en la "Mesa MDZ": la esperanza de un lugar en donde la normalidad deje de ser lo anormal que nos domina.
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Gabriel Conte

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Llegará el día en que no hablemos de ñoquis...

Llegará el día en que no hablemos de ñoquis...

Llegará el día en que no hablemos de ñoquis...

Llegará el día en que no hablemos de ñoquis...

Un día de estos no vamos a hablar más de ñoquis. 

Tampoco de cortes de calle sin aviso previo ni de despidos sin que antes se consiga un diálogo entre las partes para agotar alternativas. Nada nos amargará. Nada nos asustará.

No sucederá de golpe, sino como resultado de que un día, también un día, algún día, nos demos cuenta de que estamos aferrados a cosas que no es normal que sucedan. Disfrutamos la amargura de una anormalidad que nos da tema de charla, de protesta, de militancia, de cobrar unos pesos.

Un día no renegaremos de los que cobran planes sin hacer nada a cambio. Será porque se resolvió la raíz del problema, aquel que movió hacia esas circunstancias casi indignas a aquellos bisabuelos que se quedaron sin empleo en tiempos de la erradicación abrupta de grandes empresas estatales y que condenó a gente que estaba en el sistema a sobrevivir en la periferia, con costumbres periféricas. Allí, sufriendo la dominación por parte de espacios políticos y religiones que te comen el cerebro cuando el cerebro no come. Y te manejan, cual zombie, haciéndote creer que estás vivo solo porque de ellos depende que sigas caminando, aunque nunca erguido ni con la frente en alto.

Un día -ese día del que hablamos con tanto deseo- será el día en que los que solo critican a los que estamos criticando, también comprendan que nada pasa por casualidad, sino que esta anormalidad en la que nos revolcamos todos los días en la Argentina es la causa de muchos, muchísimos años en que nos dijeron deliberadamente, desde chiquitos (tal vez hasta en los libros de jardín de infantes, o hasta con las letras de la sopa de letras) que estaba bien lo que no lo estaba.

Ese día no hablaremos de ñoquis, como tuvimos que hablar cuando se dio a conocer este fin de semana que una mujer que sería investigada por comerse un asado en horario laboral en el lugar de trabajo, murió de un infarto cuando se enteró que la investigaban por ello y que podría perder el sueldo. Horrible noticia. Horrible momento para su familia y para todos. Para los que la investigaban, sin duda. Pero no tanto para los que viven de comer cerebros que no comen o comen poco, o que no comen todo lo que tienen que comer para ser cerebros autónomos. Ellos saltaron a acusar a los investigadores por su muerte.

Pero son ellos -los encubridores de todas las sombras- los verdaderos culpables de que nada funcione como tiene que funcionar. De que no se trabaje en horario y se entienda popularmente que da igual comerse un asado en un espacio público y en horario de trabajo, y también jugar al truco. De que la gente salga a cortar calles creyendo que tiene derecho a hacer pedazos el derecho de los otros a pasar por esa misma calle, solo porque los sindicalistas no los están defendiendo en los ámbitos adecuados y de la forma correcta, ocupados como están por hacer negocios, comprar bienes o fundar empresas que satisfacen la cadena de necesidades de sus sindicatos empresariales y sus clientes afiliados compulsivamente. 

Los culpables de que haya acuerdos bajo la mesa que hacen que la ley sea tan solo un cartón pintado sobre un escenario en el que cualquiera que hace cualquier payasada, triunfa.

Llegará ese día. Pero no llegará solo. 

Nos resultará insólito que pase lo que en tantos lugares del mundo: pensar siquiera que falta gente capaz para hacer cosas que nos hacen falta dentro de un Estado que está lleno, repleto, rebosante de empleados que a veces ni siquiera se levantan para ir a trabajar.

Y ese día, cuando llegue, será el día en que la educación sea el motor de la sociedad y eso haga que todo sea tan normal, que lo desconoceremos. Que tal vez hasta nos ponga incómodos o demasiado expuestos. Porque ya no hay gente viva que haya conocido en primera persona una Argentina en donde las cosas no hayan estado sujetas a poderes fácticos de índole monstruosa, esos que te comen el cerebro. 

Como dijo el empresario Luis Robbio a MDZ, será el día en que becar a quienes quieren estudiar sea la regla, y no premiar al que cree tener derecho a no hacer nada, "porque sí", porque alguien se lo debe y porque jugar a ser el ancla del país le parece útil o gracioso o provechoso para sí o para quienes le comieron el cerebro.

Llegará el día en que el cerebrazo sea más importante en la Argentina que un tetazo, o un piquete, o un blanqueo de capitales.