Política El "día después" de un posible triunfo de Cristina

Espectáculo político con más gente en el escenario que en el público

El dilema de un peronismo que tiene como líder a una persona que es rechazada por gran parte de la población. Y las promesas de caos.
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Gabriel Conte

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Espectáculo político con más gente en el escenario que en el público

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Espectáculo político con más gente en el escenario que en el público

El 70% del peronismo acepta y promueve a la expresidenta Cristina Kirchner, quien recibe el 70% del rechazo del total de la población. El 30% restante es ese "pueblo cristinista" que no tiene otro líder más que ella. La necesita para seguir de pie y la avala.

Con este dato duro, el destino de un peronismo que no logra reinventarse y adaptarse al nuevo tiempo como sí lo pudo hacer a lo largo de toda su historia, representa un dilema sustancial.

Por ejemplo, hay una situación que enfrenta la realidad interna con la sociedad y traba una cuña en la dichosa "grieta": ¿cómo pretenden imponer su versión del estado de las cosas que no es aceptado por tanta otra gente; tanta, que más que duplica a quienes sí la avalan? Allí hay un problema porque no todos en el peronismo (aunque sepan que hoy no tienen a nadie más que a CFK) están dispuestos a dar un loco espectáculo en donde todos los que sone stán en el escenario, con escaso público. La receta para el "sí o sí" a su posverdad se compone de tres condimentos que podrían ser venenosos para la democracia: existismo falso, victimización y caos. O viceversa. Unos animan y justifican a los otros y, juntos, creen ser "el pensamiento que debería tener el resto", aunque se trate de una minoría importante, pero minoría en una pluralidad de formas de pensar y hacer.

Resulta curioso que en nuestro país, en donde cosas así ya han pasado muchas veces, todavía no se lo tenga decodificado como posibilidad, como letra del manual del que pierde y se cree ganador a como dé lugar, y siga pareciendo una sorpresa actitudes de este tipo, como esas promesas de "fin del mundo" que se vociferan para el día después de las elecciones.

Es probable que esta frustración de no crecer y avanzar al ritmo deseado como país haya llevado a la ciudadanía a desconfiar de sí misma como sociedad. Pero hay otro resultado de manual: surgirán los encuentros y desencuentros entre quienes sostengan que "el pueblo nunca se equivoca" con los que advierten que "siempre se equivocó" o los que agreguen que "recién ahora estamos en el camino correcto" y los que agreguen que "todavía no conocemos lo mejor que nos puede pasar".

En el medio, muchos vandalizarán la herramienta del voto y ponderarán las de las movilizaciones "populares", otorgándole al "pogo político" más validez simbólica que al hecho cívico de votar con sufragio universal, secreto y obligatorio. Y aquí radica el meollo del desconcierto argentino: en qué tipo de democracia cree cada uno, en donde la respuesta parece ser que cada uno cree en la democracia que le convenga y no en la establecida por la norma máxima, que es la Constitución.

Miremos alrededor, pero con profundidad histórica: en cada interrupción institucional o sublevación popular, los dueños del poder siguieron de pie a costa de dirigentes que erróneamente condujeron al caos y sirvieron al señor feudal, mientras que las víctimas (de todo tipo) estuvieron siempre, siempre, siempre, del mismo lado.

Probablemente a la reparación histórica se la pueda en la forma en que se instruya sobre el ejercicio de la ciudadanía. Sin norma, ganan los más fuertes: es la ley de la selva. Con norma pero sin que nadie la respete o con gente que la interpreta a su gusto y comodidad, rige la anarquía en la que siempre gana el más poderoso.

En definitiva, si las cosas funcionaran bien, tan solo como está establecido, podríamos convivir y hacer que todos tengamos una posibilidad de ascenso social y no solo el que pisa con más fuerza. Entonces, ¿quién trabaja políticamente para los ricos? En todo caso, es posible que si la mayoría es capaz de generar un "cerebrazo" ciudadano, quedará al desnudo que los impulsores del caos trabajan para que el poder siga siempre, siempre, siempre en las mismas manos. Y se conforman -con sus migajas como paga- mostrándose como víctimas de un monstruo grande que, al final, parece radicar en ellos mismos.