Política Lava Jato, Odebrecht, Panama Papers: el plan Hood Robin

"El modelo": Hijo de un amor entre la izquierda y la derecha

¿Ya sabemos a ciencia cierta quienes fueron los empresarios que coimearon a los funcionarios que se dejaron coimear? Un modelo que empieza a verse de cuerpo entero, pero que no ha caído definitivamente.
Avatar del

Gabriel Conte

1/2
"El modelo": Hijo de un amor entre la izquierda y la derecha

"El modelo": Hijo de un amor entre la izquierda y la derecha

"El modelo": Hijo de un amor entre la izquierda y la derecha

"El modelo": Hijo de un amor entre la izquierda y la derecha

 En Latinoamérica, algunos sectores que se hicieron llamar de izquierda o de derecha, según su conveniencia circunstancial, flechados por la posibilidad de multiplicar su acceso a más y más dinero y con él, más y más poder, se aparearon y dieron a luz "el modelo" que ha venido rigiéndonos en los últimos años. Sus protagonistas, políticos o empresarios (o bien ambas cosas a la vez) acumularon dinero a un ritmo acelerado, como si el mundo se fuera a acabar de inmediato y quisieran cumplir todos sus deseos en forma instantánea, sin medir las consecuencias. Se aseguraron una fortuna inmensa, como si creyeran que serían individualmente eternos. Esa sola paradoja nos libera de buscar más definiciones en torno a su objetivo, aunque podríamos enumerar mil: la avaricia. No podremos explicar el por qué, pero probablemente estemos viendo la punta del iceberg que explica cómo cumplieron su objetivo.

Y eso es que recientemente dos escándalos se han encontrado en el camino judicial, quedando en claro que puede haber mas casos, más líneas de investigación y que tienen más cosas en común de las que podemos imaginarnos. Se trata del escándalo del estudio panameño Mossack Fonseca, dedicado a abrir cuentas en paraísos fiscales que sirven para banquear el origen de dinero en negro, producto de la corrupción, y la mega causa judicial nacida en Brasil denominada Lava Jato, que reúne varios carriles de vinculación entre empresas y gobiernos, y en donde emergen como responsables de tráfico rentado de influencias presidentes y empresas como Odebrecht.

El caso brasileño se expande como una mancha de aceite por Latinoamérica e involucra sospechas sobre personas allegadas a Cristina Kirchner y Mauricio Macri, a Lula, Dilma Rousseff, Michel Temer, Alejandro Toledo, Alan García, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kukcinsky, Ricardo Martinelli, Mauricio Funes y Juan Manuel Santos, entre cientos de personajes vinculados a todos ellos y todo lo que pueda salir a la luz.

El plan Hood Robin

El mundo parece haber descubierto una forma de transferir dinero desde los sectores populares a los ya poderosos, aplastándolos y condenándolos a ser clientes, y no ciudadanos. Hace una semana, la revista británica The Economist ató cabos y demostró cómo se hizo funcionar la máquina de hacer felices a los avaros: la obra pública vial.

>

No se trata de que los pueblos hayan descubierto a los corruptos de sus países y sometido definitivamente. Por supuesto, la Justicia no fue quien dio los pasos adelante, sino la que tuvo que actuar en forma reactiva y en muchos casos, tratando de dilatar los tiempos para que la gente se olvide de los escándalos.

De lo poco que llegamos a conocer, el origen informativo de lo que pasó está fuera de los canales usuales. Y si continúa sucediendo, posiblemente nos enteremos dentro de muchos años. Una de las patas principales de la forma de encubrir la corrupción fue que los contratistas de la obra pública (aquí, en Latinoamérica y hasta en Rusia, señalada como la "Grecia" de esta nueva filosofía oscura de la unión político empresaria), fue que parte del dinero mal habido se destinara a la compra de medios de comunicación. Así, distrajeron y entretuvieron a la audiencia mientras se producía el desfalco desenfrenado.

Los "Panamá Papers", por ejemplo, resultaron de una investigación periodística independiente con origen en Estados Unidos, en donde una periodista mendocina, Marina Walker, trabajó para obtener datos y junto a decenas de colegas en el mundo, sistematizarla y vincularla.

Así, vimos que los precios se las obras se multiplicaron varias veces por el de mercado, se montaron nuevas empresas "macho alfa de la obra pública" y se crearon verdaderos cárteles con un funcionamiento similar a los del narcotráfico, aunque con un soporte legal que los diferenció en las apariencias. Ellos decidían qué se hacía, en dónde, a qué precios y quiénes eran subcontratados, porque además, terminaron por subordinar a sus designios a miles de empresas y emprendedores que tuvieron que crecer a su sombra.

El problema es que todo lo que se ha hecho (y, aun, lo que quedó pendiente por exceso de confianza en la continuidad del modelo que no se dio) reconoce una matriz de corrupción.

No se trata solo de Odebrecht. No se trata solo de los presidentes y altos funcionarios mencionados.

En su escala, en cada lugar de Latinoamérica hubo uno de ellos y, posiblemente, hoy estén retomando el discurso de la honestidad y la transparencia sin antes haber rendido cuentas de sus propios actos delictivos como parte de la maquinaria que permitió (apoyándolo alegremente o aceptándolo pasivamente) el esquema que hizo que se fugara la posibilidad de que, al menos en el caso argentino, se pusiera en marcha una enorme infraestructura de bienes y servicios que se pagó varias veces y que no se hizo. Son corresponsables de una oportunidad perdida que tardará mucho volver a tener, y siempre y cuando construyamos otro modelo de sociedad, pero fundamentalmente, otras formas de ejercicio ciudadano.

El peligro latente es que pueden resultar tantos los culpables de este amor, o tan grande la prole engendrada por ese flechazo inicial de poder, que no haya capacidad institucional de abarcar la situación para darle un encuadre judicial y marcar, de esa forma ejemplificadora, el inicio de un nuevo tiempo. 

Ya sucedió en la Italia del Mani Puliti, cuando todos decidieron bajar los estándares de lucha contra la corrupción, o no quedaba nadie en pie: presos o muertos.

Eso mismo puede empezar a verse en nuestros países. Pero nada nos impide como ciudadanos, por cierto, de advertirlo, reconocer el problema y discutirlo libremente, por fuera de los circuitos y personajes de entretenimiento y encubrimiento que se generó en los últimos años.