Política Donde topa lo pandito

Donde topa lo pandito: el gatopardismo, única política de Estado mendocina

El Gobernador enfrenta a la oposición desde adentro y desde afuera. ¿Quién tiene razón? ¿Se debate lo sustancial o es una peleita superficial?
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Gabriel Conte

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Donde topa lo pandito: el gatopardismo, única política de Estado mendocina(www.mdzol.com)

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Al fondo, el Palacio de Justicia.

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"Se hallan muy por encima de nosotros, pero también se nos ofrecen en su más rotunda carestía, tan faltos de conceptos como de generosidad. Ni buenos ni malos, habría que reconocer. Ni el llanero solitario es el héroe, por más que apechugue con el peor papel, ni los otros son tremendamente malvados. Ocurre que se les ha pasado a todos el tiempo de las cerezas, junto con el arroz. Llueven palabras huecas, sus señorías nos llueven a palabras que mojan pero no empapan, que ni calman ni siembran". Maruja Torres. "Así hablan los legisladores: lo común y lo incomprensible".

Escuchá un resumen de esta columna en #ConteALas650:


¿Solo con los llamados "consensos políticos" pueden empujarse y conseguirse cambios profundos en una sociedad acostumbrada a hacer lo que hace (y nada más, y nada nuevo), con instituciones abúlicas que funcionan por inercia y dirigentes cómodos en el rol que les viene tocando desde siempre? Si la respuesta a esta pregunta aplicada a Mendoza es "sí", no hay más nada que decir ni de qué hablar: será cuestión de sentarse en los próximos diez días alrededor de una mesa de decisiones, por ejemplo, y echar a andar motores sociales, económicos y hasta culturales empastados o secos y listo. Seremos la Mendoza que todos decimos que soñamos.

Por el contrario, cuando este triste panorama es uno de los diagnósticos posibles sobre el lugar en donde vivimos, resulta que es un poder político enérgico y contundente, surgido de las urnas, lo único capaz de impulsar el movimiento de lo que está quieto.

Sería ingenuo no admitir que resulta riesgoso, conmovedor y audaz otorgarle la chance a quien gobierna de hacer y avanzar. Pero probablemente sea la única oportunidad que los pueblos tienen para dar un salto hacia el presente -ni siquiera hacia el futuro- ya que la pulsión conservadora estanca y atrasa, por lo que todo ese gran poder del que hablamos en manos, por ejemplo, del Gobernador moviendo piezas que están atascadas en el tiempo por tanto herrumbre, serviría acaso para una actualización a los tiempos que corren y quizás un poco más.

¿Renuncia el resto de la política y la dirigencia de diversa especie a los controles que les toca ejercer? ¿O prefieren no tener que hacerlo y por eso prefieren levantar muros en lugar de habilitar caminos diferentes?

La única política de Estado que ha sobrevivido en Mendoza a través de épocas y protagonistas, regímenes ilegítimos y democráticos, es la del gatopardismo: cambiar una cosa un poco para que, en definitiva, nada cambie y se dé la falsa sensación de progreso suficientemente tranquilizadora. Y resulta curioso que partidos que le pusieron nombres y apellidos a todas las dictaduras ahora pretendan asumir el fiel de una balanza que otorga peso específico a las institucionalidades.

Los que detentan el poder fáctico están cómodos en donde están. ¿Cambiarían por sí solos? ¿Se otorgarían mayores responsabilidades y tareas si no se los empujara a ello? Se trate de las cuestiones inherentes a los millonarios o a los empobrecidos, sus dirigentes preferirían -así ha sucedido una y otra vez, como si viviésemos atrapados en un bucle de tiempo histórico- que nada cambie porque si no, probablemente alguien los cambiaría a ellos. Los mismos pidiendo lo mismo a los mismos que se niegan a darles lo mismo que piden desde siempre... y así sucesivamente. Unos, contentos por no cambiar. Otros, contentos porque ese hecho los refuerza en el cargo de reclamantes, por siempre. Si los reclamos fueran saciados alguna vez en función de que enfoquen bien su "batalla", ¿acaso no quedaría vacío el rol de reclamantes? Entonces, "mejor seguir así, como estamos, aunque estemos mal". Inclusive, se acepta colectivamente el relato de "lucha permanente" sin siquiera plantearse que un día, como producto de esas presuntas contiendas de tono casi épico, podrían ganar y dejar de luchar, jubilando a los mañosos comandantes de esas guerras acordadas, idénticas unas con otras.

Hoy está una parte de la sociedad -la más informada- latente ante un dilema: ¿se le debe otorgar al gobernador Alfredo Cornejo un poder suficientemente fuerte como para cambiar el estado de cosas, por ejemplo, en la Corte, en el funcionamiento del empleo público o en las relaciones laborales en general, entre tantas otras?

Lo insólito de este planteo adquiere tal condición por diversas razones:

- Se lo votó tras un vacío de poder para que lo ejerciera. ¿Se arrepintió el electorado de tal hecho y objetivo? ¿Es preferible lo anterior, la cuasi anarquía, el descontrol o acaso, el poder mirar por sobre el hombro a quien gobierna como si fuera un Don Nadie?

- El frente político que lo acercó al poder cuestiona ahora -entre otros refucilos críticos- que Cornejo busque en la Legislatura cambiar las condiciones de poder dentro de la Corte para hacerla funcionar no de acuerdo a los intereses de sus cortesanos sino de los objetivos generales de su existencia. Nunca nada cambió ni en dictadura ni en democracia: solo breves destellos que hicieron creer que se cambiaba en algo, pero para no cambiar demasiado.

- Pero resulta que algunos partidos que integran la fuerza que llevó a Cornejo al Gobierno tienen miedo -de acuerdo con un comunicado difundido esta semana- de que se transforme "en un Menem, en un Kirchner". Ante ello es grave tener que preguntarse a estas alturas: ¿No lo sabían de antemano? ¿Lo piensan solo ahora que ya se acomodaron en los sitios que les tocó por integrar el espacio ganador? ¿Por qué no lo denunciaron antes? Más aun (y mejor): ¿por qué no impidieron que ese potencial "monstruo" triunfara y en su lugar lo entronizaron en donde está?

La oposición de afuera de Cambia Mendoza, el espacio gobernante, se reduce a un Partido Justicialista que se confunde en sus objetivos -en medio de una crisis que debe resolver antes de que los disuelva- con los del trotskismo que tuvo su momento de gloria como la alternativa más opuesta al oficialismo. Y esto, antes de que nuevos referentes se sumen a la Legislatura el año que viene: entonces, poco diferenciará a los opositores si siguen en esta línea de coincidencias en el "no porque no" en lugar de construir alternativas complejas y posibles de ser visualizadas como opción frente a lo que Cornejo propone.

Hoy, la situación es difícil porque los propios aliados del Gobernador le dicen a los mendocinos que habilitarle poder tiene consecuencias similares a las de otorgarle un carnet de legítimo usuario de armas a un mono. Frente a ellos, el arco opositor externo queda reducido a una anécdota numéricamente rutilante en el hemiciclo legislativo.

Sin embargo, la cuestión de fondo sigue vacante en la discusión: ¿queremos cambiar la realidad de las cosas en Mendoza o estamos cómodos así como estamos? 

¿Cambiar es "arreglar conmigo y nadie más" y a eso se le llama "consenso"? ¿Cambiar es "dejarme en donde estoy sin tocarme y te apoyo"? ¿La discusión elevada pasa por el "escuchame que yo tengo la posta"? 

¿O cambiar implica la posibilidad de darle a quien gobierna tanto poder como el que pide Cornejo para conmover el status quo y no solamente convencer a un puñado de protagonistas que vienen siendo piezas incambiables de todo lo que no funciona?

Si Cornejo es "un Kirchner, un Menem", resulta sospechoso que sus impulsores hacia el cargo que ocupa se hayan dado cuenta tan tarde. Hoy la discusión pasa por otro lado. Él ya está en el poder. Lo que la política tiene en sus manos es aprovechar una oportunidad de romper con la inercia o seguir así, siempre, eternamente, sin posibilidad de que ellos mismos sean sujetos del cambio.