Cuando el Indio Solari era uno de los fieles del mendocino Silo

En los efervescentes años 70, el exlíder de los Redonditos de Ricota tuvo un breve paso por la corriente humanista que gestó el mendocino Mario Rodríguez Cobos, el legendario Silo. El músico, que venía de una familia peronista, buscaba una opción política donde canalizar su concepción del mundo. Tras haber padecido "la máquina" (torturas), cayó en la cuenta de que lo suyo no era la militancia orgánica sino la música. La historia posterior habría de darle la razón.

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Rubén Valle

dos potencias: silo y el indio.

Archivo/MDZ

Las recientemente publicadas memorias del Indio Solari, tituladas Recuerdos que mienten un poco (Sudamericana), tienen momentos intensos que hacen zoom en aquellos convulsionados años 60 y 70 que marcaron para siempre la política nacional.

En ese particular revisionismo del exlíder de Los Redonditos de Ricota hay una importante mención a su paso por el Siloísmo, el movimiento humanista creado por Silo, seudónimo espiritual del mendocino Mario Rodríguez Cobos (1938-2010), con proyección en varios países de América, Europa, África y Asia.

Corría el año '73 y en el contexto de la primavera camporista Carlos Alberto Solari (Paraná, 1949) se acercaba al espacio de Silo. Allí conoció, entre otros personajes de la época, a Pepe Fenton, quien resultaría el primer bajista de los Redondos, pero también a Guillermo Beilinson, el hermano mayor de Skay, el otro líder que tendría la mítica banda. Los hermanos Beilinson se sumaron a los grupos de meditación en torno de Silo y allí se germinó la primera semilla que daría origen al fenómeno ricotero.

En una entrevista con Rolling Stone, en 2012, el Indio contaba brevemente su acercamiento a aquel embrión del humanista: "Llegue a Silo en un momento en que lo único que yo quería era poner bombas. No me interesaba prender fuego unas fuentes. Llegue un tiempo antes de eso que se llamo Voto Anulado Revolucionario, en 1973".

Ese pantallazo lo completaría años después en su libro de memorias, en diálogo con el escritor Marcelo Figueras, y hasta con palabras muy similares: “Llegué a Silo porque hablaban de Gurdjieff, esas cosas me entusiasmaban. Pero, por tradición familiar, yo estaba contaminado por el peronismo. Entonces pretendía acciones más… acciones peores, ja. Los siloístas estaban en otra, una cosa para mí muy rara. Proponían acciones que ante todo eran vistosas. En una peatonal había una fuente. Su idea era echar combustible en la fuente y prenderle fuego, para que la gente se acercase, repartir volantes y rajar... Pero yo andaba detrás de otro tipo de experiencias, algo que me hiciera feliz al contado. Y además había una rubia chilena, ahí, a la que le había echado el ojo y pensaba lo mismo que yo. Yo dije: Esta es la mía, la ocasión ideal para levantármela. Cuando la reunión terminaba, manifesté mi disconformidad. Por eso pregunté: ‘Y digo, yo, ¿bombas no vamos a poner nunca?’”.

Silo en los años 70.

Quien con los años resultaría el músico más convocante del país, recuerda que lo  miraban como diciendo: "Y este, ¿es conveniente que esté acá? "Ahora pienso que tenían razón en ser prudentes. Con el tiempo terminaron matando a un par de siloístas en la calle 7. Por aquel entonces, los represores no se habían dado cuenta todavía de que detrás de esa cosa hippie había algo político, en el sentido más amplio".

La mancha más dolorosa

Uno de los datos más fuertes del relato de Solari es que fue torturado "por una mancha en mi prontuario, que me había quedado de la época del siloísmo". La mancha a la que hace referencia está vinculada con el robo de un mimeógrafo que pertenecía a una escuela de la zona y que se utilizó para imprimir volantes "en favor de una iniciativa que Silo propiciaba por entonces: el voto anulado revolucionario". ¿Dónde encontró la policía al mimeógrafo robado? Sí, en la casa de Solari, más conocida por propios y extraños como "La Trinchera".

Tras la redada en su refugio de City Bell, lo llevan a la comisaría para "darle máquina" y ahí todas las fichas le empiezan a caer.  Desde su ingenuidad política hasta "Dije a todo que no, obvio. Cuando se cansaron, me metieron en el calabozo. Lo peor de la tortura no fue la máquina, sino la humillación", relata.

Respecto del golpe del 76, el Indio reconoce: "Me di cuenta enseguida de que la cosa iba a estar brava, porque las persecuciones venían desde antes. La Triple A había tenido los mismos objetivos que ahora los militares perseguían desembozadamente: eran la derecha tratando de eliminar a la izquierda, a cualquier precio. ¡Pensá que llegaron a matar a dos siloístas. Fue en ese contexto que me dieron máquina".

El desencantador flirteo con la política lo llevó a alejarse de todo tipo de militancia. "Nunca me dio por la política convencional porque fui cínico desde chico... La militancia orgánica no tenían que ver con mis ideales... Cuando te embanderás a fondo tomás una forma humana detestable, porque en definitiva tu objetivo se limita a ganar. ¿Ganar qué? ¿Ganarle al otro, ganar la discusión? Es una pelotudez", admite con resignación.

Convencido de que "no se puede abarcar todas las vidas en una", desde entonces el Indio tomó a la música como su único credo y a través de las canciones logró acercarse bastante a esa visión de las cosas "más universalista" que nunca pudo encontrar en la acción política formal. 

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