Autoridad para frenar el autoritarismo: los zombis vienen por tu cerebro

Se cumplen 35 años de Democracia en la Argentina. Un día como hoy asumió la presidencia Raúl Alfonsín. Es tiempo de darse cuenta que no solo terminaba una dictadura de 8 años, sino un ciclo de un país violento y con dirigentes que le sacaron el sangriento jugo, en su provecho, a nuestra desgracia. Todo esto, en un mundo en el que el big data al servicio de nuevos fascismos se acerca como sombra oscura. La oportunidad de no actuar en forma culposa por los crímenes autoritarios es tener gobiernos con autoridad y las normas claras para que la convivencia sea productiva y no caótica.

Gabriel Conte

Autoridad para frenar el autoritarismo: los zombis vienen por tu cerebro

Autoridad para frenar el autoritarismo: los zombis vienen por tu cerebro

Hace 35 años se acababa el último gobierno de formato dictatorial en la Argentina. Nacía lo que conocemos como "la Democracia". Hay un largo balance que hacer al respecto, pero además de las consideraciones que en colectivo podemos realizar en torno a la recuperación de la libertad de votar y pensar libremente, también es oportuno contextualizar este cumpleaños en el mundo que viene, en las nuevas acechanzas contra las libertades y el rol que como humanos nos quedará, en medio de la tecnologización de casi todo. Apresurarnos a pelearnos por cuál término y forma de ejercicio de la Democracia es el que nos conviene a cada uno, sería retroceder cuando la tarea hoy es militar el uso del cerebro en forma individual, ya que es el tesoro propio, único, de cada una de nuestras libertades.

Si lo entregamos a alguien más para que lo conduzca, volveremos a formatos fascistas, autoritarios, paternalistas, sabelotodos, que no solo le aplicarán las normas de convivencia básicas a los que no las respeten, sino que volverán a aplastar al disidente, al que ose pensar por sí solo, como ya ha sucedido y como cierta corriente que se se mueve cual zombis por el mundo, amenaza con volver a ejercer.

Como zombis, sí, porque justamente se alimentan de los cerebros ajenos, de allí que valga tanto la metáfora.

En adelante, es decir, desde hoy, el valor que la Humanidad le agrega al planeta es la capacidad creativa, su libertad individual y la posibilidad de sentir y transmitir afecto. Los robots ya nos dicen a quién votar, hipnotizándonos con sus algoritmos, pero detrás suyo hay humanos. Si entendemos que lo somos y administramos el uso de nuestras mentes sin entregarles su control a otros, es muy probable que nos encaminemos -jamás sin obstáculos, pero posiblemente con paso firme- hacia formas de vida en la que los seres humanos logremos seguir superando los abismos que separan a seres que nacimos iguales los unos a los otros, pero que recibimos (o no) oportunidades diferentes frente a nuestros futuros. La pobreza a escala global está en los niveles más bajos de toda nuestra existencia, pero a la vez el planeta corre riesgos de no ser habitable. Autoridad, ingenio, afecto, creatividad: una política de índole más sensorial e inclusiva es la que surge desde nuevas generaciones, mientras que los más viejos reclaman acciones con más invocaciones a la pasión que a la razón: el origen de todos los males que hemos venido sufriendo y superando en forma alternada.

Para que un nuevo ciclo de autoritarismos disfrazados de "solución" no llegue, es muy probable que tengamos que comprender nuestra propia realidad de argentinos primero, antes de intentar conquistar el mundo apasionadamente, como lo hemos hecho siempre. Primero, un sistema básico de convivencia, tolerante, es el que pone cada cosa en us lugar y fja reglas del juego, a la vez que permite la coexistencia de mayorías y minorías en todos los terrenos, desde el político al social, cultural, económico. Sin reglas, gana la anarquía. Y es la anarquía, el caos, el de las minorías que no quieren dejar de serlo (ni convencer a otros de sus propuestas, sino eliminarlos del mapa, directamente), lo que invoca a nuevas formas de vida plagadas de autoritarismo, opresión y limitaciones.

De ningún gobierno autoritario, cualquiera del que hablemos, hemos salido sanos como sociedad. Ni los argentinos ni nadie más en el mundo. Ha costado décadas reconstrur el tejido de sociedades enteras, cuando lo han logrado. En otros casos -y en mi opinión, en nuestro caso argentino- hemos simulado superar las heridas, sin haberlo hecho. Por eso porfiamos en repetir fracasos, en perseguirnos y limitarnos. En colonizarnos entre nosotros en lugar de buscar puntos de contacto. Somos culposos y entonces buscar normas básicas de convivencia desde el Estado resulta para muchos "autoritario", cuando resulta fundamental generar un concepto de autoridad en un marco de libertades que no perjudiquen a otros. Básicamente, deberes y derechos. Derechos, pero también deberes.

Ahora, 35 años después de finalizada la última dictadura, probablemente tengamos que comprender que no fue solo eso, sino el cierre de un ciclo de la Argentina en la que la violencia como forma de construcción política, económica y social estaba aceptada por acción u opimisión de los dirigentes de todo orden, pero sobre todo los políticos y empresarios, que lucraron con ello, infundieron pánico para dominar y que nos condenaron a andar por el mundo como almas en pena. Los demonios que hicieron eso a nuestro país no vinieron solos: fueron invocados por sectores con poder y con respaldo social.

Hoy una democracia con autoridad tiene que recurrir a cerebros activos, incapaz de evocar aquellos monstruos salvo para exorcizarlos.

Contra los zombis que se muestran salvadores de la Humanidad con su carga de violencia y "soluciones" a flor de piel, con los bots de big data que detectan nuestras desgracias y vacíos, a su servicio, mentes despabiladas, despiertas y autoridad, que no es autoritarismo. 

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