Subió a los Cielos, descendió a los Infiernos

Una nota del Archivo MDZ, que fue publicada el 28 de febrero de 2013. "Esta tarde Benedicto XVI pasó a ser Papa emérito en una situación inédita en la Iglesia. Marchas y contramarchas. El análisis y una esperanza", señaló este artículo de Gabriel Conte ese día.

Gabriel Conte

Subió a los Cielos, descendió a los Infiernos

Subió a los Cielos, descendió a los Infiernos

La Iglesia Católica tendrá dos papas: el que elijan en los próximos días y el alemán Joseph Ratzinger que, a pesar de su estruendosa renuncia, seguirá ostentado un cargo que no estaba previsto en los estatutos de una organización que acredita 2 mil años de historia: ahora es “papa emérito Benedicto XVI”.

Se han formulado todos los repasos y es tiempo de pensar en las claves que el mismo pontífice fue decodificando en sus discursos, salutaciones y despedidas de los últimos 17 días.

No hubo muchas vueltas en las palabras: alemán, es posible que piense en su idioma para luego expresarse en latín, italiano, español, inglés o cualquiera de los que acostumbró a pronunciar sus Angelus dominicales. Por ello, no resulta difícil entender las causas de la preciosa belleza del gran escritor Ghoete cuando escucha los mensajes de Ratzinger: fue directo. Habló de problemas hacia adentro de la Iglesia y cuando muchos buscaron en su renuncia referencias indirectas en torno a su “cansancio”, no fue necesario. Benedicto XVI se cansó tanto de luchar contra la curia romana que decidió golpear una puerta que había permanecido durante 600 años abierta.

No era su salud, aunque es un hombre mayor con sus lógicos achaques. Habló de la falta de sanidad hacia adentro de la Iglesia Católica, repleta de tumores y –a juzgar por las repercusiones de su inédita decisión- muchos de ellos haciendo metástasis.

Despojados de pasiones (a su favor y en contra) vale decir que Benedicto XVI fue la máxima autoridad del Catolicismo y del estado Vaticano y que actuó como tal sin estridencias ni la relevancia a la que nos había acostumbrado Juan Pablo II, quien fue uno de los grandes políticos de la historia de la humanidad.

Su renuncia ni lo enaltece como única consecuencia ni representa –como dijo el el arzobispo de Cracovia- que se haya “bajado de la cruz”: es un hecho político práctico con consecuencias: la Iglesia debe decidir seguir su camino o cambiarlo.

No es menor el hecho protagonizado por este pontífice. El Vaticano es el único reino que continúa alegando que recibe instrucciones directas de Dios, el único estado que continúa los remanentes rituales y lógicas (como herederos que son) del antiguo Imperio Romano. De hecho, es probable que pueda ser calificado como un “imperio” de estos tiempos, sin la carga política a la que se nos ha acostumbrado otorgarle a ese término, sino por su alcance místico y global.

A partir de ahora, los papas ya no podrán ser elegidos tan viejos como hasta ahora. La aceleración con que se registran las comunicaciones en el mundo actual fue reflejada hoy por el propio aparato de comunicaciones del Estado Vaticano al mostrar segundo a segundo la salida del papa de la Catedral de San Pedro y su destino provisorio en Castel Gandolfo.

En lo sucesivo, deberá decidirse si la Iglesia encubrirá a sus hombres que cometan delitos o se liberará de ese lastre; si continuará manejando sus finanzas desde un banco “en negro” como el IOR, o lo blanqueará, de manera de que se impidan las operaciones oscuras y perversas por su intermedio. Los 115 cardenales que elegirán a su sucesor no deberán poner tan sólo un nombre y elegir una figura carismática para propagar la ideología católica por el mundo: tendrán que poner al frente de la Iglesia a un hombre capaz de conducir dos cosas cada vez más diferentes: el Estado y la Iglesia; de liderar en medio de feroces internas, calificadas inclusive como “sangrientas” y de liquidar los lobbies de poder que fueron denunciados por Vatileaks y que el propio papa mandó a investigar el año pasado.

Joseph Ratzinger, considerado uno de los intelectuales más importantes de Europa, se metió en camisa de once varas al aceptar gobernar la Iglesia.

Ocho años después ha renunciado, lo que demuestra el viejo dicho que indica que “no todo monje puede ser papa”.

A la vez de representar al pensamiento más conservador y de protagonizar numerosas polémicas por sus acciones y testimonios en torno al avance de los musulmanes, la prevención del Sida y hasta sobre su pasado como miembro de las Juventudez Nazis, Benedicto va a ser recordado como una bisagra. Habrá que ver si una bisagra que permitió cerrar una etapa y abrir otra, o una bisagra crujiente y tramposa. Eso ya no depende de sus decisiones. Ya tomó la más grave de todas: renunciar.

La prensa más cercana, como el diario Il Messaggero, definió su paso por el Vaticano como “El gesto radical del papa más reservado”. La dualidad de su papado lo mostró hoy el diario alemán, de su patria, Frankfurter Allgemeine: "Tuvo momentos brillantes, pero otros tormentosos". Der Spiegel lo graficó de una manera magistral: “El Papa, de nuevo en la Tierra”.

Joseph Razinger, el sucesor de Pedro, tendrá el privilegio histórico de observar (¿en silencio?) el arribo de un segundo representante celestial y reinado sobre la faz de la Tierra.

Como ningún papa antes, Benedicto XVI, el representante de Cristo –como dice el Credo- “subió a los Cielos, bajó a los Infiernos…”. Lo que los hombres decidirán en el próximo plenario de cardenales es si, a partir de ahora –y continuando con la oración- estará “sentado a la diestra de Dios…”.

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