La Iglesia que se acaba

"A pocos de sus representantes jerárquicos les sería justo aplicarles, en el lenguaje sociológico y en el evangélico, el apelativo de pobre. Los pobres-pobres no viven en palacios, ni mandan como mandan los obispos". El artículo de Antonio Aradillas en Religión Digital.

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Antonio Aradillas

La Iglesia que se acaba

La Iglesia que se acaba

Por supuesto, ciertamente y sin duda alguna, la Iglesia-Iglesia no se acabará jamás. Ángeles, arcángeles y toda la corte celestial, con el evangélico y salvador aval de Jesús, vigilan a perpetuidad, y dogmáticamente, "que las puertas del infierno no lleguen a prevalecer contra ella", por agitados y procelosos que sean los mares que la "barca de Pedro" se vea obligada a surcar.

Pero una cosa es la Iglesia-Iglesia de Jesús, y otra cosa es la que formas, fórmulas y miembros que la componen y representan la viven y la encarnan y desde la que se evangeliza y se imparten los sacramentos, responda con fidelidad al proyecto inicial desarrollado en los Libros Sagrados, con reverencial mención para los Santos Evangelios.

Así las cosas, la reflexión sobre el tema, con signos y argumentos históricos y de actualidad, es posible que la referencia a "la Iglesia que se acaba", al menos no les resulte escandalosa, ni les sobresalte, a algunos de nuestros lectores.

La Iglesia -esta Iglesia que vivimos hoy-, en términos generales y en consonancia con tantos signos, testimonios de vida, proclamación y miembros que la componen y la representan, doctrinas, cánones y normas, corre el riesgo inminente de acabarse, si no se acabó ya para muchos, por inoperancia o conversión en otra institución de dudoso, o nulo, contenido religioso.

A quienes estén convencidos de que estos diagnósticos apocalípticos también serían de aplicación para la misma Iglesia en largos periodos de su historia, personajes y doctrinas canonizadas o canonizables, me limito a decirles que les sobran razones para pensar de aquesta manera, lamentando con ellos que hayamos considerado, y consideremos, Iglesia a lo que no lo fue, ni lo es en realidad y a la luz de los evangelios.

El sistema jerárquico y su ejercicio imperante en la institución eclesiástica, difícilmente es merecedor del apelativo de cristiano. Estamentos curiales, en la pluralidad de grados y versiones oficiales, son tan propios o más que los que definan a las profesiones civiles, económicas, culturales y políticas. Tal política se adjetiva de "política" de manera idéntica, o más que la de los partidos.

El laicado raramente es tenido en cuenta a la hora de la invocación- vocación eclesiástica. No existe, o si alguna vez la jerarquía refirió su existencia, lo fue bajo la condición de súbdito, sumiso, siervo, esclavo o acólito, pero no de colaborador y de miembro activo de la Iglesia, en paralelo con su propia misión.

Por lo que respecta al laicado en relación con el sexo femenino, la alusión es ciertamente escandalosa, obsesiva y repleta de desprecios.

La marginación que padece la mujer, y la que está indirectamente inspirada, ella misma, también en la esfera civil, rebasa los límites de la honestidad, del sentido común y del comportamiento que con ella mantuvo Jesús.

No haber tomado, ni querer tomar, conciencia de que la mujer es tanto o más Iglesia que el hombre, equivale a apostar por la perversión o corrupción de la institución eclesiástica, salvadora, por definición y por explícita voluntad divina. La cultura del silencio doloso, sobre todo, del revestido de hábitos talares, es anti- cultura, ultraje, y clamorosa blasfemia.

Salvo gloriosas excepciones, la Iglesia -esta Iglesia- no es pobre, ni es de los pobres. Ni está de parte de ellos. A pocos de sus representantes jerárquicos les sería justo aplicarles, en el lenguaje sociológico y en el evangélico, el apelativo de pobre. Los pobres-pobres no viven en palacios, ni mandan como mandan los obispos, pese a que en sus respectivos "escudos de armas" (¡¡), borden o labren lemas heráldicos, como el de "Siervo de los siervos de Dios".

La sagrada Liturgia demanda con premura y tino, reformas profundas, dado que la capacidad de evangelización popular que contienen y expresan sus signos, símbolos, formas, fórmulas y palabras que se siguen prenunciando y empleando como religiosas y cristianas, son paganas por todas sus sílabas, ademanes, gesticulaciones y enfebrecidos afanes ritualistas.

Se sigue hablando de dogmas y de verdades inmutables en el esquema doctrinal de la Iglesia, con fulgurante amenaza y aplicación de excomuniones y anatemas, que también precisan revisión justa, clemente, audaz y misericordiosa, y al claror de los nuevos avances semánticos y del sentir del pueblo de Dios.

En el post -"rouquismo" episcopal hispano, todavía emergente, con mención especial para las "atrocidades cometidas, o consentidas de alguna manera, por miembros del episcopologio, bajo el epígrafe denigrante de la pederastia sacerdotal, y sigilos sacramentales cómplices, aplazo la reflexión acerca del "acabamiento" de esta Iglesia para otra próxima ocasión.

Después del diagnóstico y contra- diagnóstico del nuevo y flamante "vocero" de la Conferencia Episcopal, en relación con uno de los temas de conciencia, más sugerentes y preocupantes de la clerecía y del pueblo de Dios, aplazo así mismo con honestidad la reflexión respecto al futuro de la Iglesia en España.

No obstante, no quiero dejar de reseñar que ha sorprendido a muchos el hecho de que uno de los rasgos primeros de modernización de la Iglesia se haya centrado y concentrado en la aceptación de "donaciones y limosnas" mediante el uso de tarjetas de crédito y teléfonos móviles, con la insinuante convicción de que jamás le será de utilidad tal sistema a la viuda que echó en el gazofilacio del templo sus pobretoncillas monedas.

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