Abusos en el clero: carta abierta a la Conferencia Episcopal Argentina

Andrés Gioeni es mendocino, fue sacerdote y abandonó los hábitos al reconocer su identidad sexual. Se casó, pero no dejó su fe cristiana dentro del catolicismo. Desde su nuevo rol social y como actor y escritor, ahora quiere hacer aportes para un cambio dentro del Vaticano y de la Iglesia. Ya le mandó cartas al papa Francisco y ahora, ante la cumbre para analizar la situación de los abusos dentro de la Iglesia, envía este mensaje a la Conferencia Episcopal Argentina, como un aporte. 

Avatar del

Andrés Gioeni

Abusos en el clero: carta abierta a la Conferencia Episcopal Argentina

Abusos en el clero: carta abierta a la Conferencia Episcopal Argentina

Señores Obispos:

Al comenzar este 2019, una mirada a la realidad nos enfrenta con un serio problema, postergado, silenciado, ignorado: el abuso de menores por parte de sacerdotes y religiosos. Realidad y problema del que Argentina no es ajeno.

Dejando de lado las escandalosas cifras de EEUU, Irlanda o México por nombrar sólo algunos países donde su repercusión ha sido notoria, cada semana en nuestro país tomamos cuenta y noticia de nuevos casos y alarmantes secuelas en las víctimas.

Gesto providencial que hay que mirar como un signo de los tiempos ha sido que aquellos que “no pueden hablar o no pueden escuchar hayan hablado…y denunciado”. No ha sido un milagro, ha sido la fuerza del dolor que los ha llevado a elevar sus voces. Me refiero al reconocido caso del Próvolo, aunque no sería el único a referenciar en nuestro país. Ustedes deben tener más claras la cantidad de denuncias que reciben en sus obispados, punta de un iceberg de aquellos que quedan confinados al secretismo de la vergüenza y humillación.

El próximo mes el Papa Francisco ha convocado a los Presidentes de las Conferencias Episcopales a una cumbre para hablar de la protección de menores.

Si no hay una búsqueda radical profunda y sincera por parte de la Iglesia, se corre el riesgo de que esa cumbre sea solo un hipócrita show mediático para calmar las voces y reclamos. Todos sabemos que Benedicto XVI tuvo que renunciar al Pontificado porque este era uno de los temas que estaban haciendo tambalear su Misión. No sea cosa que ante las declaraciones y los errores cometidos por Francisco en su visita a Chile y las reiteradas y crecientes denuncias que se presentan a diario, pretendan con esta cumbre sosegar la opinión pública, que sea sólo un gesto político y no una búsqueda o un acto de real transformación, renovación y reconocimiento de los errores que a lo largo de los años se fueron cometiendo.

Permítanme compartirles esta contribución. Son algunas acciones concretas que propongo, fruto de mirar con crítica, con escepticismo, con dolor, pero también con esperanzas de una real Transformación en los pasos de la “Sancta et Meretrix”.

Escuchar la voz y la experiencia de las propias víctimas en sus propias diócesis. Sus relatos surgen del sufrimiento y del daño que se les ha causado. Muchas veces en lugar de acompañar a las damnificados, los ponen en contra de la comunidad, haciéndoles creer que están haciendo daño a la Institución eclesial con sus denuncias y no una verdadera búsqueda de justicia.

Afrontar las acusaciones con franqueza y transparencia. Dejar de estar más interesados en preservar a la Institución y su credibilidad que en que se sepa la Verdad. Dejar de evadir responsabilidades y correr el foco del tema buscando culpas externas, creyendo que son Campañas de desprestigio de medios interesados en destruir a la Iglesia. Desterrar el sigilo y el silencio que no hace más que trabar y encubrir. Es tiempo de actualizar los protocolos de actuación de la Institución en cada caso. Aprender de los errores y reformar completamente la aberrante instrucción “Crimen Sollicitationis” del año 1962 que, bajo pretexto de salvaguardar el Sacramento de la Reconciliación, imponía e impone todavía el silencio bajo pena de excomunión para quienes participan del proceso (las modificaciones realizadas con posterioridad, aún donde se dan ciertas libertades a la víctima, siguen castigando con excomunión al resto de los intervinientes). Y de la “De delictis gravioribus”, del 2001, que exigía competencia exclusiva del Vaticano al recibir todos los alegatos de abusos de clérigos para poder controlar y centralizar ese delito con estricta reserva. Poner en acto lo que decía Francisco hace tan sólo unos días: "La actitud de encubrimiento, como sabemos, lejos de ayudar a resolver los conflictos, permitió que los mismos se perpetuasen e hirieran más profundamente el entramado de relaciones que hoy estamos llamados a curar y recomponer" (Francisco en carta a los obispos de EEUU del 1 de enero de 2019).

Permitir que los códigos de delitos sexuales brinden información a las víctimas e interesados y dejen de ser solamente para uso interno. No hay derecho alguno que se transformen en archivos secretos que se guardan para resguardar y preservar al criminal. Eso desalienta y frustra cualquier intento de acusación y de expresión de las víctimas. Y que las Nunciaturas renuncien a tener status de embajada en este tema para poder exigir el material desde el ámbito civil. Es muy difícil obtener información o transparencia de los Obispados correspondientes, que se transforma en una verdadera obstrucción de las investigaciones. Es hora de levantar las barreras a los procesos legales. Y tener plena colaboración con las autoridades civiles. No es posible que no haya aún políticas de protección a los menores, pero sí tengan normativas extensas para proteger al delincuente. Y para encubrir todo hasta que se demuestre la culpabilidad.

Apartar con absoluto aislamiento y exclusión de cualquier clérigo o religioso sospechado. El famoso “modus operandi” de trasladar de comunidades o parroquias no hace más que fomentar la repetición y reincidencia. Confiar que la justicia civil se encargará de seguir el caso como cualquier ciudadano merece.

Asumir y aceptar la condición sexual de cada uno. Decir que hay una “moda de la homosexualidad” no hace más que seguir criminalizando. Ser homosexual no es delito, muy diferente de ser pederasta. No hay riesgo alguno en ser homosexual declarado, asumido y aceptado. El riesgo se da cuando, por ocultar una realidad palpable al interior de la Institución y seguir tomando el tema como un tabú una persona no asume ni acepta, sino rechaza su condición sexual. Allí es donde aparecen las confusiones, desórdenes, encubrimientos, problemas de doble vida, hipocresía. Nuevamente surgen las palabras de Jesús, cuando dice: “La Verdad nos hace libres”. Me despido respetuosamente pidiéndoles que dejen de lado la inacción pensando en tantas personas que por parte de la Iglesia Católica han sufrido maltrato, vejaciones, abusos sexuales, acoso y abandono, en las diferentes comunidades religiosas, ya sean colegios, asilos, orfanatos, parroquias, centros de salud, y otras gestionadas por miembros eclesiales.

Andrés Gioeni

Temas
  • Iglesia
  • Vaticano
  • Conferencia Episcopal Argentina
  • Conferencia Episcopal