La brújula rota del consumidor que busca precio y calidad

Entre las segundas marcas que pueden ser una muy buena opción y los productos dudosos que están fuera del radar de los controles, el consumidor mendocino no la tiene fácil a la hora de hacer rendir cada peso y además no morir -literalmente- en el intento.

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Rubén Valle

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No sólo la brújula política acusa recibo de la crisis. El consumo de los argentinos perdió toda lógica y su rumbo es tan sinuoso como imprevisible. La consigna de hacer valer cada peso lo más que se pueda lleva a buscar alternativas donde antes no las había o, mejor dicho, no se las conocía.

Así es como los supermercados perdieron la centralidad del consumo y los compradores fueron migrando hacia los mayoristas, algunos almacenes de barrio y, sobre todo, a la venta callejera que se instala lejos de la lupa municipal.

En esta vuelta de tuerca de ciertas reglas de juego de la oferta y la demanda, los clientes que todavía tienen al supermercado como el centro de su provisión cotidiana, perdieron el prejuicio respecto de las segundas marcas o las propias de cada cadena  y apuestan por productos a los que quizás no hubieran llegado de no mediar la crisis económica. 

Ya el año pasado el opción por las segundas marcas de productos básicos había crecido el 50%, según la consultora Kantar Worldpanel. En 2019 esa tendencia se acentuó y así lo reflejan el espacio protagónico que tienen en las góndolas cuando antes ocupaban un lugar marginal.

Lo interesante es que detrás de varias de estas marcas B hay miles de pymes provinciales y nacionales, con productos de alta calidad y que generan empleo genuino. Pequeñas empresas que han invertido mucho esfuerzo y dinero para hacerse un lugar en las góndolas y que, malaria de por medio, hoy se hacen más visibles e incrementan sus ventas.

Productos que dejan marca

Empresarios del sector prefieren que en lugar de hablar de "segundas marcas", como si hiciera referencia a una calidad "de segunda", se hable de "marcas jóvenes" o "marcas independientes". 

Más allá de cómo se las denomine, lo que las ubica en otro orden es, además del precio como primer determinante de compra, la calidad. Si el producto no sólo es más barato, sino que también es bueno, empieza a instalarse en otro nivel de preferencia en el consumo familiar.

Las pyme no pierden de vista cuánta inversión en marketing y publicidad hay detrás de ciertos productos masivos, lo que no siempre va de la mano de la calidad. Su trabajo de nicho presume un proceso más lento y cuidado, pero que a la larga puede arribar a los objetivo trazados en su propia escala. No van por pulseadas que no puedan sostener, pero en su caso la crisis les abre una oportunidad única. Aunque, paradójicamente, esa misma dinámica económica los tenga cortando clavos día a día para seguir en pie.

La salud no es gratis

Este reacomodamiento del consumo en línea directa con el alcance de cada bolsillo, también le allana el camino a productores inescrupulosos que confían en que basta con vender barato sin contemplar algo tan básico como la salud. 

Así es como en otros ámbitos proliferan ya no las segundas marcas sino las marcas truchas, con productos carentes de todo control bromatológico o de otro tipo, que suelen escapar a los seguimientos oficiales por moverse en territorios donde no son escaneados por municipios, organismos provinciales o entes nacionales.

No obstante, casi a diario la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (Anmat) informa a todo el país qué productos no pasaron sus filtros, en cuanto a calidad pero también en aspectos de información elemental que deben incluir o de aquellos registros que certifiquen su legalidad.

Mendoza hace los deberes en esta materia. La semana pasada lanzó una alerta alimentaria prohibiendo la elaboración, tenencia, exposición, transporte y comercialización de 26 productos que presentaban todo tipo de irregularidades y que llevaron a decomisar y destruir más de 12 toneladas de conservas vegetales y aceites de oliva elaborados ilegalmente en fábricas de Guaymallén y San Martín, entre otros departamentos.

El consumo responsable implica la búsqueda de productos que además de un buen precio garanticen calidad. Sin la ventaja que supone conocer una marca que se consume desde hace años, probar otras opciones puede ser una grata sorpresa o un verdadero riesgo para la salud. 

La economía familiar requiere recorrer y comparar más, ser más cuidadosos al momento de elegir un producto, ver su procedencia, vencimientos y en lo posible probarlos. En una elección tan simple, más que la plata nos va la salud. Sobre esta base de calidad asegurada se asientan muchas de las ferias orgánicas, los artesanos de la gastronomía y unas cuantas de esas marcas "independientes" que entendieron que la calidad siempre será la mejor publicidad. Y el más efectivo imán para captar clientes.

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