Escribe Federico Zamarbide: "La calidad de vida como factor de desarrollo"

Una nueva columna del diputado nacional por Mendoza Federico Zamarbide, en la que sigue el análisis en torno a por dónde debe producirse el desarrollo.

Federico Zamarbide

Zamarbide.

En anteriores columnas abordamos la Innovación y la Calidad Institucional como factores necesarios (aunque no suficientes) para el Desarrollo, en esta oportunidad haremos algunos comentarios a la Calidad de Vida como motor de crecimiento en el siglo XXI.

Viena, Copenhague, Bilbao, Barcelona…por citar sólo algunas ciudades famosas, que, más allá de su tamaño, están asociadas a una buena calidad de vida. “Marcas Ciudad” reconocidas no sólo como marcas turísticas, sino como “lugares en los que te gustaría vivir”. Ello es producto de una combinación de condiciones de seguridad, posibilidades de desarrollo personal y de empleo, sustentabilidad ambiental, limpieza y armonía de la ciudad, oferta cultural y tradición gastronómica, buen sistema de transporte, buen servicio de salud, y un largo etcétera. No sólo la seguridad jurídica (estabilidad de las reglas de juego) también la calidad de vida atrae y genera inversiones.

En el otro extremo, muchas ciudades (particularmente en los países sub-desarrollados) tienen graves problemas de contaminación ambiental, con consecuencias para la salud de la población. Sumado ello al gran tamaño de las urbes, al colapso de su sistema de servicios públicos (transporte, cloacas, agua potable, energía) y a su falta de unidades habitacionales y ordenamiento, hacen que vivir allí sea un martirio. Según el informe del 2018 de Air Quality Report (Greenpeace) la mayoría de las ciudades con mayor contaminación del aire se encuentran en India, sudeste asiático y el mundo árabe. En el puesto número 20 aparece nuestra vecina Santiago de Chile. Lo que es inobjetable es que la pobreza y el sub desarrollo son causales de degradación ambiental, y a la inversa. En la actualidad, ambientes degradados espantan inversiones y el empleo que se genera es de mala calidad. Un círculo vicioso del que parece difícil salir. Sin embargo, hay ejemplos de esperanza: China se encuentra actualmente en un proceso de lucha contra la contaminación, de 2017 a 2018 redujeron 12% las concentraciones promedio de contaminantes del aire. Lo cierto es que, en el mundo actual, ambientes sanos y calidad de vida de la población son motores de desarrollo, atraen inversiones de calidad y generan buenos empleos.

Mendoza es una Ciudad reconocida a nivel internacional como marca turística, es una de las grandes capitales mundiales del vino, enmarcada en la zona más alta de la Cordillera de Los Andes. Si bien es uno de los GCUs (grandes conglomerados urbanos) de la Argentina, aún mantiene características de ciudad intermedia. Tiene una buena plataforma de servicios logísticos, es el polo universitario más importante del oeste argentino, y un aeropuerto que la conecta con todas las ciudades argentinas de envergadura y con varias de otros países.

Se mantienen distancias razonables desde los hogares hacia los lugares de trabajo, pero es importante marcar que estas distancias se “acortan” con un buen sistema de transporte público, o se “alargan” si el mismo es defectuoso. Por supuesto, no es lo mismo vivir sobre la parada de micro que a 15 cuadras de la misma. Ahora bien, estas distancias las duplicamos con nuestra costumbre de horario cortado. Por ejemplo, una persona que vive en Maipú y trabaja en el centro debe hacer cuatro viajes por día. Por más productiva que sea en su trabajo, si destina más de dos horas diarias a movilizarse significa que el territorio no es productivo (si entendemos que la productividad del territorio es la suma de la productividad de las personas que allí habitan).

Además, la costumbre de la siesta mendocina hace que hagamos un uso ineficiente de la energía en invierno, debido al desaprovechamiento de las horas de luz natural. Un comercio que abre a las 17 hs. sólo tiene dos horas de luz en la tarde, y permanece abierto cuando ya las temperaturas bajan. A ello hay que sumarle el doble gasto de transporte, sea público o privado, y la quema de combustibles fósiles. Todo lo contrario a lo que intentan hacer todas las urbes del mundo en materia de sustentabilidad y mitigación del cambio climático. Los 400.000 viajes que ingresan por día a la Ciudad de Mendoza podrían reducirse a menos de 300.000 si tuviésemos horario corrido. Un dato preocupante: el 97% de esos viajes son automóviles particulares, sólo el 3% colectivos.

Una alternativa puede ser que manejemos dos horarios: de invierno y de verano. Es más razonable tener horario cortado en verano y evitar las horas de calor (con el consecuente ahorro energético) y podemos aprovechar las horas de luz natural los días más largos. Incluso, hace unos años se exploró en San Rafael la posibilidad de extender la siesta en verano hasta las 18 horas. Ello debido al escaso movimiento en el centro a las 17 hs. por el intenso calor, y a que los turistas no recorren la ciudad hasta que baja la temperatura y vuelven de las excursiones. Vemos cómo los horarios flexibles permiten adaptar la vida de la ciudad para una mayor eficiencia de los recursos. Extender la siesta en verano permite aprovechar mejor el horario de corte para realizar actividades recreativas. Ya que cortamos, hagámoslo bien.

Los últimos años, el sur, Valle de Uco y Gran Mendoza han sido destino de inversiones en materia inmobiliaria y turística. Estar enmarcados en la Cordillera de los Andes, tener escenarios naturales de singular belleza a escasos kilómetros de las ciudades, la calidad del aire, la buena disposición de espacios verdes, la calidez de nuestra gente, etc. son atractivos para quienes nos visitan. De vuelta, vemos que la calidad de vida genera inversiones, usualmente (aunque no todas) de buena calidad. El desafío en las ciudades mendocinas es preservar esa calidad de vida, pero adaptando las costumbres a las necesidades de ciudades modernas, inclusivas, seguras, sustentables y resilientes.

Temas

¿Querés recibir notificaciones de alertas?