Sobre líderes y liderazgos

Una columna de opinión de nuestro lector Eduardo Atilio Da Viá.

Eduardo Da Viá

El liderazgo.

Diría que en nuestro país, estos temas son casi obligatorios en estos tiempos, al menos con referencia a la política, dado el festival que despiertan las elecciones.

¿Y qué hay de nuevo? Pues absolutamente nada, una mera repetición de antiguas retahílas mesiánicas, plagadas de binomios antagónicos tales como acusar y defender, denostar y ensalzar, revelar y ocultar, mentir y desmentir, además de claras y descaradas tercerizaciones de las culpas.

Por fin habrá de surgir, urnas mediante, un Yo salvador del país sea éste de novo o reincidente, este último porque la oposición no le permitió concretar el mágico plan de gobierno que exultante presentó la vez anterior, y por lo tanto insiste, bajo promesa de que esta vez sí ha de lograrlo.

Los líderes se trepan a la cima de sus propios Olimpos, arengando a las masas hambrientas de justicia, de techo, de salud, de trabajo, de igualdad y lo que es peor aún, hambrientas de hambre, para desde ahí ilusionar y obtener sus apoyos, sabedores que la magia existe solamente en los libros y juegos infantiles.

Pero deben hacerlo, por el simple hecho de ser LÍDERES.

Y es precisamente aquí donde resulta imprescindible esclarecer los términos: la palabra Líder deviene etimológicamente del inglés, siendo por lo tanto en su origen un anglicismo, y proviene del verbo to lead, dirigir, ir adelante, guiar. Por tanto el sustantivo indica el que guía el que va adelante, el que arrastra diría yo, el que ejerce el liderazgo.

Estimo que al hablar del tema, por lo general caemos rápidamente en el caso particular de los políticos, sin advertir que no sólo en esa actividad humana existen líderes.

En realidad en cualquier grupo, independiente del número de integrantes y con la sola condición de ejercer actividades, ideas o creencias comunes, aparece la figura del conductor.

Hay dos tipos de líder a mi entender, el autorizado y el autoritario. Cuando digo autorizado no me refiero al hecho de tener permiso, sino al de tener autoridad legítima dada por sus conocimientos y experiencia reconocidos por lo miembros del conjunto. En cambio el autoritario, es el líder que se encarama en el poder apelando a la violencia explícita o vilmente disimulada. Las amenazas y/o los sobornos son los elementos convincentes para el logro de sus fines.

El líder autorizado puede no tener otra meta que la realización de las aspiraciones de sus partidarios, en general colaboradores y sin perder de vista que los resultados lo serán del grupo y no de él en particular. Tal es el caso de los equipos de investigadores en cualquiera de las ciencias, o, como es el caso que me atañe y que tantas veces he manifestado, en mi quehacer como cirujano, de no haber contado con un equipo idóneo que me apoyara e incluso me remplazara en caso de flaquear mis fuerzas, nada, absolutamente nada hubiera podido realizar.

El autoritario en cambio no siempre es el que más sabe o el que mayor experiencia ostenta, es simplemente el más poderoso.

Admito que por vía de excepción puede darse el caso, y ha sucedido en la historia del mundo, que un gran líder sea a la vez autorizado y autoritario.

También resulta necesario preguntarse qué se necesita para ser líder. La búsqueda de los rasgos de líderes ha sido una constante en todas las culturas durante siglos.

Escrituras filosóficas como "la República" de Platón o las "Vidas" de Plutarco han explorado una pregunta básica: "¿Qué cualidades distinguen a un líder?"

La teoría de los rasgos se exploró a fondo en una serie de obras del siglo XIX con los escritos de Thomas Carlyle y Francis Galton, cuyas obras han llevado a décadas de investigación. Carlyle identificó los talentos, habilidades y características físicas de los hombres que llegaron al poder y Galton, examinó las cualidades de liderazgo en las familias de los hombres poderosos, llegando a la conclusión de que los líderes nacen.

Es muy recomendable la lectura de los estudios de Max Weber sobre los tipos de líder, aunque pueden resumirse en tres: autoritario, carismático y empático.

Del autoritario huelgan más disquisiciones que las mencionadas más arriba.

El carismático es el que posee esa especial capacidad de algunas personas para atraer o fascinar. Es lo que caracteriza a los políticos exitosos aun cuando menos dotados para el ejercicio del poder, que algunos de sus seguidores. No hay político que no procure alcanzar esa cualidad si es que no la tiene espontáneamente.

El empático, mucho menos frecuente por cierto, es aquel “rara avis” que goza de la capacidad de identificarse con alguien y compartir sus sentimientos, pero que no siempre se erige en líder, primero porque no es su leitmotiv y segundo porque carece del mínimo de carisma necesario para lograrlo.

Quiero dejar claramente expreso que cualquiera de los dos puede ser un buen líder y por lo tanto conducir al grupo por el camino del progreso y de la justicia social, pero admitamos que tal cosa es lamentablemente infrecuente en el caso de los carismáticos, sin ser privativo insisto, de los empáticos.

Hasta aquí, cualquier lector estaría plenamente autorizado a preguntar qué tiene de novedoso este escrito, a lo que le respondería con honestidad: nada.

Mi aporte, si es que lo es, simplemente porque no lo he encontrado explícito en mis lecturas sobre el tema, lo cual no garantiza la originalidad, pero sí mi honesto intento de a acercar ideas potencialmente nuevas. Veamos de qué se trata:

A mi modo de ver, los líderes tienen dos formas conductuales posibles: una, la tradicional, que es la de guiar señalando el camino y ser el primero en hollar sendas ignotas. Su tarea es de tracción, de arrastre, como el macho alfa de la manada; pero en su denodado esfuerzo quizás no repare en las dificultades que algunos de los miembros de su grupo puede experimentar en el camino, y que, según la empresa de que se trate, puede llegar incluso a la pérdida de la vida. Me remito como ejemplo al caso de los escaladores de montaña, sobre todo en el furor del ataque final hacia la cumbre. Los montañistas del Everest saben bien a que me refiero, dado que con cierta frecuencia el líder alcanza la cima y recién se entera de la deserción o muerte de uno de sus compañeros una vez en la cumbre y cuando llega el segundo de la cordada.

Es una conducta común en el ejercicio del liderazgo que puede ser útil al demostrar que el intento es posible, que la meta es alcanzable, pero tiene el riesgo de la pérdida del sentido de grupo en aras de la propia gloria.

En el ámbito militar la historia registra casos, excepcionales por cierto, en que los generales y los reyes encabezaban los ataques, o cuando menos permanecían lo suficientemente avanzados entre sus huestes como para correr riesgo de vida, inyectando valor en plena lucha.

No fue por cierto el caso del General Galtieri, que, cobarde, arengaba desde los balcones de la Casa Rosada a los sufridos soldados que batallaban en Malvinas.

La segunda actitud, cuya observación modestamente me atribuyo, al menos en su descripción y análisis, es la del líder que empuja, que acicatea desde la retaguardia, que inyecta entusiasmo y regala energías. Atento a las dificultades que alguno pueda sufrir, listo para socorrer o corregir y sin temor de que intertanto, alguien que lo suplanta en la vanguardia se tiente con las mieles del mando e incluso procure remplazarlo. Es el que no vacila en retrasarse si fuera necesario cargar con el más débil.

Un verdadero líder, cuando advierte que un miembro de su grupo tiene especiales virtudes para la actividad en cuestión, no sólo no le pone trabas sino que lo estimula para que lo iguale e incluso lo supere, dispuesto a cederle el lugar si llegara a ser necesario para el éxito del emprendimiento.

Es el que deja descendencia: sus discípulos; continuadores y perfeccionadores de su accionar idóneo.

En el caso de las artes, incluida la cirugía porque lo es, si la herencia se interrumpe por el egoísmo de un experto, hay una generación de artistas (cirujanos) que se pierde para mal de los potenciales beneficiarios: los pacientes.

Estamos en época de elecciones y los supuestos “salvadores” del país que ellos mismos enfermaron con sus actitudes deshonestas y sus ansias infinitas de poder, se encaraman en las tarimas frente al pueblo necesitado, ofreciéndose en redentor sacrificio; pero si alguno de su propio bando osara ponérsele a la par, no vacilaría en sacar a relucir sus codales puntiagudos para con disimulo endulzado con una sonrisa, hacerlo desistir de su atrevimiento, y todo esto expresándose como siempre en plural mayestático, pero pensando para sus adentros en estricto singular y para ser más exacto en primera persona del singular, es decir Yo y siempre Yo.

Yo insto a los líderes que alternen la vanguardia con la retaguardia, que se mezclen con sus seguidores, que se pongan en sus lugares, que desarrollen una empatía cierta y no se valgan del falaz carisma para alcanzar fines supuestamente benéficos para todos, cuando en realidad lo que procuran es traer grano a su propio molino.

Los líderes son necesarios y hasta diría inevitables cuando surgen espontáneamente, consenso mediante de sus compañeros, para ordenar la tarea, mitigar diferencias, marcar metas claras y defender a capa y espada a sus adláteres abroquelados a su alrededor, pero sin permitir que ninguno de ellos pierda su individualidad.

Debe ser primer responsable confeso de sus fracasos sin tercerizar las culpas, como así también ser solo un partícipe más de sus éxitos en comunión con su grupo.

Un verdadero líder, alcanzado el destino propuesto, no destruye los logros del anterior cuando éstos han sido útiles al bien común, todo lo contrario, se convierte en continuador y si es posible perfeccionador de la obra en cuestión.

Un verdadero líder político lo es, cuando el resultado de las urnas le resulta adverso y, muy a su pesar, debe felicitar y desear éxito a su oponente, pero no inicia de inmediato todo tipo de bajezas para que ocurra exactamente lo contrario: que fracase.

El fracaso de los gobernantes lo pagan los gobernados, por ello la “oposición” cuando es honesta, no debe socavar los cimientos de la nueva gestión, sino ejercer el control necesario para que la flamante dirigencia no se aparte del recto camino.

Estoy seguro que el mismo Erasmo me recomendaría leer la famosa obra de su amigo Tomás Moro: Utopía; pero me reservo el derecho a soñar con un mundo mejor.

Para terminar y a modo de ejemplo concreto:

La catedral gótica de Colonia, Alemania, estuvo en construcción durante 632 años, 1248 a 1880.

Tuvo varias interrupciones en su continuidad por diversas razones; se sucedieron en este transcurso numerosos arquitectos, varios de ellos muy afamados, ninguno derribó lo que habían logrado los anteriores.

Hoy es una de las joyas arquitectónicas más valiosa de la humanidad.

E.A. Da Viá

DNI 6890012

JUNIO 2019

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