El poder curativo de la enfermedad

Un aporte de nuestro lector Eduardo Da Viá

Eduardo Atilio Da Viá

Una sala de terapia intensiva.

¿Error tal vez, o un simple lapsus calami? ¿O, lo que sería peor aún primeras manifestaciones de senilismo?

Ni lo uno ni lo otro afortunadamente, sobre todo en lo referente al último interrogante, al menos no aún, o no hoy.

De paso digamos que los términos senilidad o senilismo tienen un algo de despectivo por cuanto se lo asocia con el deterioro físico y sobre todo mental de la persona entrada en años, pero en realidad significa lisa y llanamente viejo, sin que nadie hasta ahora haya podido determinar a partir de qué edad se es viejo y sin que ser viejo ineludiblemente implique menoscabos significativos tanto desde el punto de vista físico como síquico- Huelgan los numerosos ejemplos que al respecto podrían mencionarse.

Para los romanos, la senectud, característica de los integrantes del senado, era la edad de la sententia, es decir del pensamiento, de la opinión o parecer aquilatados.

Volvamos al título, ex profeso conflictivo: si no es ni error ni senilidad, ¿será quizás una paradoja?- Puede ser, y en tal caso es de suponer que debo tener fundamentos convincentes para asignarle a la enfermedad, propiedades curativas.

Para que nos expresemos en términos igualitarios, será útil definir de alguna manera tanto la salud como la enfermedad, temas ambos motivo de muy profundas y dispares disquisiciones, que no constituyen el meollo de mi cuestión actual, por eso voy a apelar a las acepciones consensuadas de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, no solamente la ausencia de enfermedad o dolencia.

Enfermedad en tanto es la alteración o desviación del estado fisiológico en una o varias partes del cuerpo, por causas en general conocidas, manifestada por síntomas y signos característicos, y cuya evolución es más o menos previsible. Esta última definición adolece el defecto de no mencionar explícitamente los trastornos mentales, de manera que los damos por incluidos.

Según la cosmovisión habitual, es la enfermedad la que, afectando al individuo y transformándolo en enfermo, requiere tratamiento.

Esta última sentencia también es clave, dado que clásicamente se dice que no hay enfermedades sino enfermos, concepto con el que coincido plenamente luego de más de medio siglo de práctica médica; vale decir que una persona puede ser portadora de una condición particular que convencionalmente llamamos enfermedad, sin que le altere su vida en los más mínimo y sin que por consiguiente, podamos considerarlo enfermo y mucho menos requerir algún tipo de terapia.

Mutatis mutandis, no escasean los casos en que individuos sanos, se consideran padecedores de enfermedades imaginarias, pero que a los fines prácticos funcionan como reales. Tal el caso de la enfermedad de Münchhausen.

Hasta aquí, como al parecer dijera alguna vez el Rey Salomón, “Nihil novum sub sole”.

Hay enfermos que padecen enfermedades ciertas o imaginarias, que solicitan tratamiento y que, como la mayoría de las dolencias que aquejan a los humanos son perfectamente conocidas por la moderna ciencia médica y cuyos respectivas terapias son eficaces, se someten a la cura pertinente y por lo general en cuestión de días la salud se ve recuperada

Finalizado el período estándar que involucra la evolución natural, modificada o no por un tratamiento, el individuo vuelve a experimentar esa indescriptible sensación de bienestar que nos da la percepción de estar nuevamente sanos, y reanuda sus habituales tareas por lo común con mayor ahínco y energías renovadas.

Pero suele ocurrir, que la enfermedad se presente inesperadamente y en calidad de grave, con riesgo incluso de perder la vida.

Característico de la agitada vida moderna, siendo el infarto agudo de miocardio y el accidente cerebrovascular los ejemplos típicos, ambos vinculados entre otras causas al tipo de vida por demás agitada que la sociedad moderna impone a sus protagonistas, en especial aquellos que van en busca del enriquecimiento rápido, del poder y del posicionamiento preferencial en la pirámide social-

Todo esto asociado a valerse de procedimientos muchas veces reñidos con la moral y las leyes, lo que conscientemente o no, le significa al candidato atrapado en el sistema, una sobrecarga permanente.

El cese brusco e inevitable de su patológica hiperactividad le produce un choque devastador, aun cuando utilizando los restos de energía que le quedan intactos al inicio del proceso mórbido, se convence a sí mismo que a él no hay infarto o ACV que lo pueda dominar.

Cuando la afección requiere estudios especiales, no siempre agradables y cuya realización no siempre es inmediata a pesar de la calidad de la institución proveedora de salud donde haya ido a recalar, por cuanto hay prioridades y demoras inevitables que hacen ir desgranándose el calendario y de repente ya van cuatro días sin que se le permita ni siquiera la utilización de su droga principal: el CELULAR.

Ese es el punto de inflexión, el día que toma consciencia de que la situación es mucho más delicada de lo que su hipertrofiado ego suponía.

La estadía en las unidades de Terapia Intensiva o Unidad Coronaria, unido mediante cables y tubos a distintos aparatos, que emiten particulares sonidos las veinticuatro horas del día; la noción de absoluta dependencia y la carencia de importancia que su opinión tiene, cuando hasta pocas horas antes era el mandamás cuya tiránica voz era la única que escuchaban sus cabizbajos colaboradores, y por sobre todo vivenciar la dramática experiencia de contemplar a algunos de sus eventuales vecinos en el momento de perder la partida que, como él, disputaban contra la muerte, inevitablemente lo hacen reflexionar.

Por fin advierte, a fuer de las evidencias, que no es ni invulnerable ni toti potente y que la enorme suma de dinero que alberga intra o extramuros, no lo hizo diferente de su compañero de la derecha, de humilde extracción social pero amparado por una buena cobertura médica, frecuentemente provista por el estado, y tan eficaz como la que le ofrece la carísima prestadora privada de salud, que por cierto forma parte de la cohorte de lujos que lo rodean.

Su infatuado Yo luce desinflado y temeroso, interrogando con humildad si puede o no hacer tal o cual cosa, cuando segundos antes era su propia, única e indiscutida máxima autoridad.

Advierte que tiene hijos, acerca de los cuales poco sabe a no ser un eventual guasap intercambiado de apuro sin saber desde dónde lo envió la nena, y que el mayor de los varones sólo se acercó una vez al Sanatorio porque a su vez ya milita entre los nuevos ejecutivos a imagen y semejanza suya. Eso sí, nada les falta, o, mejor dicho “casi” nada, solamente el padre.

Una vez retornado al hogar bajo la consigna de reposo relativo, es decir puede levantarse y deambular pero nada de oficina por tres semanas, opta por allegarse al jardín trasero con la idea de sentarse al sol, actitud absolutamente inusual por cuanto siempre lo consideró una pérdida de tiempo y para él el tiempo es realmente oro.

Repentinamente toma consciencia de la cantidad y variedad de flores que lo adornan, obra de su cónyuge en el mejor de los casos, o de un jardinero autárquico que dispone sin que nadie opine a cambio de un emolumento razonable, ínfimo para la escala del padeciente, pero más que suficiente para el trabajador que disfruta cada peso bien ganado sembrando belleza y aromas.

Hasta se sorprende por la hermosura de la impoluta piscina a la que jamás se introdujo por que la Tablet se lo dificultaba o impedía, y en ella guarda secretas operaciones comerciales que podrían significarle pingües ganancias.

¿Y de ahora en más qué?

Ya nada será igual, pero si tiene vestigios de sabiduría acrecentados por la terrible lección que acaba de darle la vida, cambiará el cristal con que miraba con el signo pesos en forma de marca de agua transparente, por otros ligeramente ahumados y en cuyas patillas en vez de la palabra Cartier, están grabadas sendas Vive y Comparte.

Ya no mira desde su torre de marfil al mundo circundante, ya no corre desesperado sin advertir que los días se suceden sin que se dé cuenta.

Recién ahora le encuentra sentido al famoso “carpe diem”, que, a pesar de haberlo escuchado infinitas veces, nunca lo comprendió del todo.

Ahora cobra inusitado valor la bella canción de Serrat “Hoy puede ser un gran día, plantéatelo así, aprovecharlo o que pase de largo depende en parte de ti……”.

Hasta el Dios de que se trate adquiere el protagonismo que nunca tuvo, aferrado como vivió sólo a lo terrenal y rentable.

Es más, hasta puede que se transforme en consejero, abogando por una vida más austera para que sus allegados no pasen por lo que él sufrió.

La enfermedad lo ha curado de lo superfluo y de lo innecesario.

¿Tienen o no poder curativo las dolencias que nos afectan a los humanos?

Eduardo Atilio Da Viá

Julio 2019

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