"Todo pasa": el leitmotiv para robar, una generación tras otra

En una entrevista con el prestigioso historiador Luis Alberto Romero, éste reveló que la Cámara Argentina de la Construcción, en el centro de la escena judicial por haber encabezado "El Club de la Obra Pública" que la Justicia investiga por casos de corrupción, lo convocó para reescribir la historia, para blanquear su situación. Pero un exabrupto los dejó en evidencia. Vivían el zénit de una situación oscilante en la Argentina, como es la distribución de dinero en comisiones por obras públicas. "Todo pasa", era el lema de quienes robaban para no tenerle miedo a las consecuencias. Sin embargo, alguien agregó una frase no prevista a la oración pagana del saqueo y desencadenó la decodificación. Lo contó Romero. Lo contamos aquí.

Gabriel Conte

"Todo pasa": el leitmotiv para robar, una generación tras otra

"Todo pasa": el leitmotiv para robar, una generación tras otra

El temor a que el hecho de ser una persona, digamos, "importante" y, a la vez, un asumido ladrón, resultase un estigma o peor, una condena, movió a generar un coaching de "la corrupción sin culpas", para algunos elegidos. Así, se crearon sus propios mandamientos a lo largo de la historia argentina, aun antes de que se difundiera el concepto de coacher. Alguien animó a generaciones de saqueadores desde posiciones de poder bajo la fuerza cuasi sagrada o, al menos, sanadora, que ofrecieron dos palabras utilizadas a la vez: "Todo pasa".

Pasa una acusación, cuando se encuentra cómo disolver las pruebas y pasa la mancha pública, si es que se logra evitar que sea tan pública o si se sabe con qué y quiénes lavarlas de modo de que su impacto sea menor. Y pasa una condena si se tocan los nervios judiciales adecuados. Pasa más rápido de lo previsto -además- una maldisposición por haber sigo pescado infraganti por la prensa si el país está bien, si hay plata, si eso permite distracciones y que muchos otros piensen, a coro que "todo pasa". Un hecho de corrupción tras otro da idea de normalidad. Y cuando todos son sospechados de ser culpables, en definitiva, termina no siendolo nadie en la consideración social.

Sin embargo fue un hombre simple y estudioso, inteligente y poseedor de un prestigio construido y no comprado, quien desmontó en una solo acto, la farsa de esa religiosidad del saqueo que se cultivó a lo largo de los años en la Argentina. El historiador Luis Alberto Romero fue convocado hace unos años por la Cámara Argentina de la Construcción para escribir una historia de la historia, en pleno jolgorio del "viento de cola" de la macroeconomía, con el kirchnerismo manejándolo todo, qué se podía conocer y qué no; qué se podía hacer y quiénes debían hacerlo.

Hasta allí, ya se habían impulsado varias expediciones hacia la entronización del "Todo pasa" como nuevo Padrenuestro de este culto al robo sin culpa que, en definitiva, se estaba consolidando como matriz politica, económica, cultura y hasta social. Crearon un instituto para revisar la Historia de la Argentina y reescribirla; borraron a Domingo Faustino Sarmiento de los libros y los símbolos y los homenajes y las recordaciones, solo para que no haya dudas ni preguntas de aquí en adelante en torno al nuevo Catecismo, para le cual convocaron a los "santos patriotas" que más se acomodaban a la figura de la nueva dirigencia como modelos imperfectos. El "así somos" pretendió hacerle creer a los argentinos que ser truchos y practicar a mansalva la "viveza criolla" estaba en el ADN y, por lo tanto, estaba bien que así fuéramos. Lo otro era "la antipatria" y, por lo tanto, había que rodearlo hasta agotarlo, extinguirlo, ridiculizarlo al máximo: ignorarlo.

Se trabajó en torno a una Justicia que nunca logró serlo del todo, pero que no estaba (ni está) vencida, copada por una guerra eterna e imparable en su interior. Pero se envió una especie de "vatayón militante" (SIC) a su interior, de modo de incluir en el rito jurídico el "Todo pasa", dándole más legitimidad al reclamo del pueblo al que los gobernantes estaban dispuestos a escuchar (y no al resto) ante presuntos hechos delictivos, y no a las procedimientos impuestos en los códigos. 

Romero contó a MDZ que lo contrataron para escribir la historia de la "patria contratista" o el "Club de la Obra Pública", ahora también fusilado conceptualmente como el "Club de la Corrupción", a raíz de las anotaciones en un cuaderno del chofer de un exfuncionario al servicio del pontífice mayor del "Todo pasa", Julio de Vido, hasta ahora, responsable de coordinar qué se hacía, quién lo hacía y con qué montos para qué y quiénes en la ejecución del presupuesto de la República. Y que, por supuesto, se dio cuenta de que no debía hacerlo.

¿Cuál fue el asunto que le produjo un "clic" al notable historiador para no aceptar la tarea? Precisamente la pronunciación, en voz alta y por parte de quienes lo querían en sus filas, del Padrenuestro que funcionó, en este caso, como un decodificador de las verdaderas intenciones. Los nombres propios de la maquinaria de la obra pública, como los empresarios Carlos Wagner y Juan Chediack, le dijeron algo que ya, inclusive, estaba resultando una apostasía grosera, una defección inconsciente al canon del latrocinio: le dijeron "todo pasa, la obra queda". Pero en lugar de resultar un código de acceso solo para los escogidos, accionó como el detonante del descubrimiento de una gran estafa, que aún hoy desencadena consecuencias de efecto incanculable. Cuando Romero se puso a revisar, a los fines de su contratación, la información bajo el concepto englobador que le habían indicado, resultó que habían cometido un error no calculado: la obra no estaba quedando: no la estaban haciendo, entonces, "la obra ni siquiera queda". Roban pero no hacen.

A partir de allí, fueron varios los otros "clics" que se fueron produciendo, de la misma manera en que les sucede a los acólitos de sectas que lavan el cerebro y hacen creer en falsos goces. Hasta ese momento "todo pasaba", pero no estaban, siquiera, haciendo la obra. Y ahora sabemos que la obra se hacía a varias veces su valor real.

Entonces, Luis Aberto Romero -y ojalá luego, todos los argentinos- dejó de pronunciar, despabilado ya, una frase que habíamos visto en el anillo de uno de los cardenales de la corrupción que, de vivir aun, probablemente estaría sentado en algún estrado internacional a raíz de sus tejes y manejes en la FIFA, y aquí, con prisión domiciliaria por su edad por lo mismo en la AFA, en la política y en todo lo que tocó con esa mano con esa sortija que lo dijo todo tan solo rezando una consigna, un leitmotiv, una oración que -como siempre- es un deseo íntimo sublimado: "Todo pasa".

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