Te asesinaré, si opinás lo contrario

Es este un país de poderosos cínicos gritones y ciegos mudos golpeadores, en una pelea de epilépticos: no hay un solo inocente en esta cantinela. Felices Fiestas y cicuta para todos, la casa invita.
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Ulises Naranjo

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Te asesinaré, si opinás lo contrario

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Te asesinaré, si opinás lo contrario

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Te asesinaré, si opinás lo contrario

Te asesinaré, si opinás lo contrario

Te asesinaré, si opinás lo contrario

Te asesinaré, si opinás lo contrario

Te asesinaré, si opinás lo contrario

Te asesinaré, si opinás lo contrario

"Las cosas iguales parecen desiguales algunas veces, pero la igualdad en sí, ¿te parece desigualdad? La igualdad y lo que es igual, ¿no son, pues, la misma cosa? Sin embargo, de estas cosas iguales, que son diferentes de la igualdad, es de donde han sacado la idea de la igualdad", Platón, "Fedón", según un análisis de Sócrates.

Siempre me costó hacer traducciones de textos originales del griego antiguo. Bueno, a todos siempre nos costó traducir textos del griego antiguo, allá en la Facultad de Filosofía y Letras, de la UNCuyo. De hecho, hay toda una mítica al respecto, sobre la dificultad y, ciertamente Glaucón, sobre la utilidad de exhibir pericia en esas faenas. Enfrentar esos arduos textos era como entrar a una caverna en penumbras, a palpar paredes frías, escritas por hombres geniales que bien sabían -los muy cabrones- que estaban fundando un concepto inédito hasta entonces: la posteridad. 

Si bien la dificultad era cierta y la utilidad, dudosa, recuerdo una vez, hace quizás 25 años, sentir que mi cuerpo temblaba, como si, en lugar de un texto de 2500 años, mis manos tocaran la infinita espalda de una señorita de 25 años y se detuviera en cada poro, con la dedicación de un alfarero, pero no: era un texto de Platón en su lengua original, el "Fedón" o "Sobre el alma" o bien Φαίδων ἢ περὶ ψυχῆς, si resulta que alguien que lee esta columna es un afanoso de las lenguas clásicas. 

El libro repasa, con exquisita pluma, sobre regios papiros tal vez llegados desde Egipto, las últimas horas de Sócrates, condenado a muerte por Atenas, por ejercer un discurso considerado afrenta por las autoridades democráticas de su época. O sea: lo mataron por decir, ni siquiera por escribir -algo que jamás hizo el feo filósofo-, lo condenaron por no pensar igual que el oficialismo de su época.

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Siempre recordaré, les decía, mi juvenil estupor al ir descubriendo -diccionario y gramática en mano-, entre sustantivos, verbos irregulares y complementos, la forma en que Platón describió los instantes finales del enorme e injustamente condenado Sócrates.

Aquel texto del momento en que el pensador bebe la cicuta, y que traduje junto a mi amigo Juan Montilla, en su vieja y hermosa casa, de la calle Colón, de Godoy Cruz, es un poco extenso quizás, pero vale repasarlo:

"Hasta entonces habíamos tenido casi todos fuerza de voluntad para contener nuestras lágrimas, pero al verle beber, y después que hubo bebido, nos echamos a llorar como los otros. Yo, a pesar de mis esfuerzos, lloré tanto, que no tuve más remedio que cubrirme con mi manto para desahogarme llorando, porque no lloraba por la desventura de Sócrates, sino por mi desgracia al pensar en el amigo que iba a perder. Critón empezó a llorar antes que yo y salió fuera, y Apolodoros, que desde el principio no había hecho más que llorar, empezó a gritar, lamentarse y sollozar de tal manera, que nos partía a todos el corazón, menos a Sócrates. Pero ¿qué es esto, amigos míos?, nos dijo. ¿A qué vienen esos llantos? Para no oír llorar a las mujeres y tener que reñirlas las mandé retirar, porque he oído decir que al morir sólo se deben pronunciar las palabras amables. 

Callad, pues, y demostrad más firmeza. Estas palabras nos avergonzaron tanto, que contuvimos nuestros lloros. Sócrates, que continuaba paseándose, dijo al cabo de algún rato que notaba ya un gran peso en las piernas y se echó de espaldas en el lecho, como se le había ordenado. Al mismo tiempo se le acercó el hombre que le había dado el tóxico, y después de haberle examinado un momento los pies y las piernas, le apretó con fuerza el pie y le preguntó si lo sentía; Sócrates contestó que no. En seguida le oprimió las piernas, y subiendo más las manos nos hizo ver que el cuerpo se helaba y tornaba rígido. Y tocándolo nos dijo que cuando el frío llegara al corazón nos abandonaría Sócrates. Ya tenía el abdomen helado; entonces se descubrió Sócrates, que se había cubierto el rostro, y dijo a Critón: Debemos un gallo a Esculapio; no te olvides de pagar esta deuda. Fueron sus últimas palabras.

Lo haré, respondió Critón; pero piensa si no tienes nada más que decirme.

Nada, contestó; un momento después se estremeció ligeramente. El hombre entonces le descubrió del todo; Sócrates tenía la mirada fija, y Critón al verlo le cerró piadosamente los ojos y la boca. Ya sabes, Echecrates, cuál fue el fin del hombre de quien podemos decir que ha sido el mejor de los mortales que hemos conocido en nuestro tiempo, y además el más sabio y el más justo de los hombres".

Viene al caso que expliquemos la frase "Debemos un gallo a Esculapio; no te olvides de pagar esta deuda", sobre todo ahora, entiendo, en que insólitamente hay por ahí una telenovela que lleva por título "Un gallo para Esculapio": Esculapio o Asclepio era el dios de la Medicina, al cual, según Sócrates debía agradecerle la muerte, pues no es más que la cura definitiva de nuestros males.

La muerte de aquel inocente estuvo a la altura de su vida: fue valiente, serena y noble; jamás se mostró triste ni doblegado, incluso, sus discípulos lo hallaron feliz, ante su confianza en la trascendencia del alma, a través de las ideas.

¿A qué voy con todo esto? Pues, a nada, seguramente. Es que vivimos un país que libra una batalla que va más allá de las circunstancias políticas, económicas, partidarias y sociales: se lucha, básicamente, por la anulación de los discursos: el poder, en sí mismo manifestado, no es justamente la acumulación de objetos, galones, títulos o cuentas bancarias legales e ilegales; el poder es el poder de decir y de impedir de variados modos que otro lo diga, algo que ya vieron analistas como Foucault, y que, en su bajeza más marcada, supone la posibilidad de -como a Sócrates- eliminar al que dice algo distinto a lo que dice el poder establecido, matándolo, prohibiéndolo, silenciándolo, deslegitimándolo, despreciándolo, culpándolo. Por esto mismo, la concentración de poder en nuestra época, sí o sí, pasa también por tener de tu lado o estar al servicio de los medios masivos de comunicación, porque -en ellos y al menos por ahora, hasta nuevo aviso- se dice (se despliega, se ejecuta, se grava, se impone, se manifiesta, se ordena, se determina), como una revelación pragmáticamente divina, la construcción que, de la realidad, hace el discurso del poder constituido.

No caeré en la tentación de referenciar a alguien en esta estrategia, porque, bueno, será tarea que le competa a cada lector (si, dedicado, llegó hasta esta altura de la columna) poner nombre a quienes ejecutan las mecánicas desoladoras del discurso único, quizás empezando por uno mismo, cosa que asumo. 

Apenas algo diré, al respecto, de las visiones coyunturales de este país de poderosos cínicos gritones y ciegos mudos golpeadores, en una formidable pelea de epilépticos: no hay inocentes, no hay un solo inocente en esta cantinela y, si los hay, están fuera de agenda, silenciosos silenciados. El único inocente, bueno, fue Sócrates y terminó condenado a muerte por decir algo distinto de lo que se esperaba. Felices Fiestas y cicuta para todos, la casa invita.

Ulises Naranjo