"Podemos vivir mejor", una disputa por el sentido

El "cambio", estandarte de la izquierda y anclaje de sentido de revueltas y revoluciones, ha sido capturado por una derecha afilada por el marketing político y las nuevas tecnologías. Es nuestro deber recuperarlo.
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Gonzalo Llanes

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"Podemos vivir mejor", una disputa por el sentido(Pachy Reynoso / MDZ)

"Podemos vivir mejor", una disputa por el sentido | Pachy Reynoso / MDZ

"Podemos vivir mejor", una disputa por el sentido(Pachy Reynoso / MDZ)

"Podemos vivir mejor", una disputa por el sentido | Pachy Reynoso / MDZ

En política, las palabras no son de nadie, son en todo caso un territorio de disputa. Los nombres que le damos a las cosas, las ideas desde las que formamos los conceptos, los conceptos mismos, están atravesadas por el poder y la historia, mal que le pese a la Real Academia y a las fuerzas conservadoras que han buscado siempre imponerlas como universales o neutras, convencernos de que son edificaciones fijas, elementos estáticos sin margen de movimiento.

Las palabras, más aún cuando de política se trata, son expresión de las hegemonías y las resistencias en cada momento histórico. Aquellas que en ciertas circunstancias han logrado imponerse con una carga específica de sentido para anclar y propagar ciertas ideologías y filosofías, son las mismas que en otros contextos históricos, con juegos y relaciones de fuerzas diferentes, han pasado a estar al servicio de sentidos e ideologías incluso contrarias.

Términos tan pronunciados como amor, niño, mujer, trabajador, esclavo, libertad, belleza, justicia, no fueron cargados con el mismo sentido por las civilizaciones griega o egipcia, por las sociedades precolombinas en América, por los feudos medievales, por la burguesía moderna o por las sociedades dinásticas orientales. Han modificado incluso su carga y superficie semántica dentro de los mismos grupos sociales en diferentes momentos de su historia. Los sentidos de las palabras se mueven, y se mueven en el sentido del poder que es capaz de ejercer quien las profiere.

Podemos ver un ejemplo cercano y reciente de lo antedicho con lo ocurrido en el uso político de la palabra "cambio", vinculada históricamente a las fuerzas progresistas. El cambio-que fue durante más de dos siglos estandarte de la izquierda, combustible y anclaje semántico de revueltas y revoluciones- ha sido capturado en las últimas décadas por una derecha afilada por el marketing político, las nuevas tecnologías y las más sofisticadas técnicas publicitarias.

Hábil y sistemáticamente, con frialdad y efectividad, vaciaron la palabra de su contenido revolucionario, quedándose con el gesto, con su atractivo kinético, con la fuerza del concepto transmutada en slogan y producto: cambiar es lo que importa, no la reflexión de por qué y hacia dónde, cambiar entusiasma, no si ese cambio emancipa al sujeto que lo declama, no si lo empobrece, lo endeuda o lo esclaviza.

Así, el cambio comenzó a ser cabecera de playa de slogans de campaña de la derecha, que comprendió que podía disputar y apropiarse de una palabra bandera de la transformación emancipadora, para usarla al servicio de sus prácticas hegemónicas. Nos pasó en la Argentina hace muy poco, y nos sigue pasando a quienes nos sentimos parte del campo nacional y popular: todavía no reaccionamos frente a la derrota, a la virtual apropiación y la distorsión de estas ideas fuerza. Vemos cómo el cambio y la alegría fueron utilizados como insignia del proyecto meritocrático y conservador que hoy suma el poder del gobierno elegido por los votos, al poder económico y de influencia que han construido desde los inicios de la Nación.

Algo similar sucedió recientemente con la consigna "Podemos", voz emergente de la rebelión de los indignados españoles en La Puerta del Sol contra las corporaciones políticas y financieras hace menos de una década. Del "sí se puede" de los indignados de la plaza, surgió "Podemos", una fuerza política ciudadana comprometida con el progresismo y el campo popular, que llegó a terminar con el bipartidismo en España, y juega hoy un papel fundamental en el debate político y el gobierno de ese país.

Sólo unos años después, de este lado del Atlántico terminaba de conformarse una fuerza de derecha barnizada de entusiasmo y cercanía, que invertía millones en redes sociales y estudios de públicos y segmentos sociales, que rechazaba a la política tradicional y se enmascaraba en una suerte de nueva política bajo la consigna "Sí se puede" y "Cambiemos". "Sí se puede" terminar con la corrupción y el autoritarismo. "Cambiemos" populismo por mérito personal, trabajo en equipo y espíritu emprendedor. La derecha actuó sin permiso sobre palabras caras a la militancia popular, las resignificó y las utilizó para su propia instalación.

Como decíamos, las consignas, los slogans, las palabras de la política son ese territorio de disputa desde donde se construyen los relatos, y aún con la mala fama que hoy por hoy sufren, son criaturas indispensables para la materialización de todo proyecto, así como el vehículo fundamental del debate público. Se impone, entonces, cargar de sentido popular y emancipatorio los territorios semánticos que nos fueron arrebatados por quienes hoy gobiernan y llevan al país y la provincia al atraso, la desindustrialización y la exclusión.

Por eso "Podemos Vivir Mejor" tiene sentido y tiene un sentido: porque seguimos construyendo un peronismo abierto al debate de ideas de cara a la sociedad. Porque somos la fuerza política que se opone a las políticas neoliberales del gobierno nacional y provincial. Porque tenemos una agenda política y legislativa para defender a los sectores sociales y productivos agredidos por el actual modelo económico. Porque nos resistimos a naturalizar el vaciamiento cultural de la política y por ende, peleamos en todos los territorios. Porque estamos junto a las minorías que ganaron derechos y junto a las mayorías que los están perdiendo. Porque los slogans vencen al tiempo sólo si los sostienen las prácticas. Sabemos que "Podemos Vivir Mejor" en Mendoza, y que la lucha por el sentido, tiene sentido. Porque no debería esperarse menos que uno o mil contraataques, por sorpresa y sin permiso, por el sentido de las palabras que nos fueron arrebatadas. Ojalá se multipliquen.

Gonzalo Llanes