Parrilli, no tan "pelotudo"

Fue Cristina Kirchner quien calificó a Oscar Parrilli de "pelotudo". Las acepciones y el backstage de una situación que representa una tragedia argentina.
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Gabriel Conte

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Parrilli, no tan "pelotudo"

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Parrilli, no tan "pelotudo"

Parrilli, no tan "pelotudo"

El calificativo "pelotudo" es una vulgaridad de uso extendido en Argentina, como saludo o insulto. Tiene diversas acepciones, más allá del literal: "de pelotas grandes", y pasan por dos centrales: o califica a una persona de incapaz (un imbécil), o lo corre directamente del círculo de seres que debe merecer atención, lo descalifica como vínculo hábil.

No es lo mismo decir "pelotudo" en Buenos Aires que en Córdoba. Allí, el uso y costumbre hace que el término reemplace a la muletilla "boludo" que usan generalmente los porteños para acompañar un saludo que puede ser amistoso y compinche, y no necesariamente un descalificativo: "¿Qué hacés, boludo?".

También hay una acepción histórica. Los "pelotudos" eran una fila de gauchos que portaban pelotas de piedra grandes amarradas, que en las batallas golpeaban a los caballos derribando al jinete. Algunas referencias sostienen que la primera vez que se usó como calificativo despectivo fue en el Congreso, en el siglo XIX, cuando un legislador, a voz pelada, pidió en relación a algún tema en debate que "no hay que ser tan pelotudo", en referencia a que no siempre hay que ir al frente, como lo hacían los gauchos.

Dicho esto, recordemos que estamos hablando de ello para traer a la memoria la grabación realizada a Cristina Kirchner y su exjefe de Inteligencia, Oscar Parrilli, que difundió la prensa, se supone, a instancias de la venganza prometida del espía (no cabe la calificación de "ex" porque siempre lo será) Antonio Horacio "Jaime" Stiuso: "Soy yo, pelotudo", se escuchó decirle a la exmandataria a su todavía fiel compañero de militancia.

Parrilli hoy se queja de que es espiado por el sistema de espionaje que él intentó desarticular recién sobre el final de más de una década de usarlos como recurso al servicio de la gestión. La situación podría ser una comedia de enredos en la que un victimario prueba de su propia medicina y, luego de saborear su amargura, se queja a los gritos. Pero es bastante más grave que eso. Si tuviésemos que encasillarlo en la dramaturgia representaría, en todo caso, una tragedia.

Es que en la Argentina no solo el sistema de espionaje ha sobrevivido a todas las épocas y dictaduras, sino que se ha potenciado a sí misma por encima del sistema político que debería ser el rector de los destinos del país. Es un poder detrás del poder, un "poder fáctico", tanto como el que ostentan otros sectores vinculados a las finanzas o a las empresas, pero aun con capacidad de igualarlos o superarlos en ocasiones en función de la información sensible (también para los grandes empresarios) que manejan en un descontrol basado en el pánico que le tienen los que deberían controlarlos.

¿La queja de Parrilli es atendible? Claro que sí. Lo que se infiere en algunos ámbitos es que sobre el coletazo final del kirchnerismo no se intentó "democratizar" la red estatal de espionaje, ya duplicada con el ascenso y el brutal insuflo de dinero y protección a César Milani desde el Ejército, sino que se buscó generar un sistema propio. Pasando la idea en limpio, se infiere que la misión de Parrilli era, en realidad, la de reclutar, capacitar y conformar un ejército propio de espías, al servicio político y también económico del grupo de poder que se consolidó hasta su debacle electoral reciente, en los últimos 12 años.

A Parrilli, entonces, ¿qué uso del término "pelotudo" le cabe? Hoy está acusado judicialmente por haber encubierto al narcotraficante Ibar Pérez Corradi, un aportante (vaya detalle) a los fondos políticos del peronismo que los llevó a la Casa Rosada. Y la respuesta que dio Parrilli al hablar con el periodista Marcelo Arce en MDZ Radio no fue tanto por negarlo desde lo práctico, sino que lo hizo desde lo jurídico: "Le dictaron falta de mérito" al narco, por lo tanto si él encubrió a alguien, no fue a un delincuente condenado. Algo similar al discurso utilizado por Cristina Kirchner ante las acusaciones, frente a las cuales jamás se ha mostrado como inocente, sino que intenta exhibirse como víctima de un inmenso complot universal en su contra.

En todo esto no hay que descartar que haya un poco de cada cosa. La venganza de los que fueron usados y desechados en el aparato de Inteligencia puede estar detrás de todo. Causas judiciales armadas por unos contra otros y viceversa en función de la supervivencia mutua.

Nadie es inocente. El gran peligro es que los espectadores quedemos atrapados por el amor u odio por algunos de los protagonistas en escena. Pero no se trata de una película. Esto pasa en una Argentina en donde lo que se conoce como "el servicio secreto" en otros países hace lo que quiere; se reproduce y multiplica y parece no haber nacido, todavía, aquel que tenga la capacidad de ser el verdadero "pelotudo" de las tropas gauchas: que vaya al frente, apedree al caballo y baje al jinete que todavía hoy cabalga sobre los campos como amo y señor.